Elena Sicre - Un ángel y un nazi

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Realidad y ficción se fusionan entre las tinieblas, el infierno y el horror del holocausto judío. Una novela que pretende profundizar en las razones por las que se oscurece el alma humana y hay redención para todas ellas, incluso para las más perversas.El hombre muere, su espíritu no. Gabriel, incombustible publicista, continúa en la brecha tras su muerte. Convertido en ángel tras duros años de esfuerzo y trabajo, se propone alcanzar el éxito supremo: ascender a arcángel. Para ello, la Corte Celestial le asigna una misión imposible: que el alma del nazi Reinhard Heydrich se arrepienta en el último instante de sus crímenes de guerra.Gabriel organiza su propio ejército, liderado por su peor enemigo, el también fallecido Bene, hombre tan perverso como inteligente y expresidente de la gran multinacional publicitaria donde ambos trabajaron durante años. Hasta en tres ocasiones bajan a la Tierra en plena Segunda Guerra Mundial, para entender qué esconde el corazón de un asesino, sus orígenes y motivos.Realidad y ficción se fusionan entre las tinieblas, el infierno y el horror del holocausto judío. Una novela rigurosamente documentada y escrita desde el máximo respeto.

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Llegados a este punto de nuestra agradable conversación, mi querido fallecido se había quedado trastornado y callado durante largo rato observando su antigua morada. La estancia se llenó de policías: a la mujer la cachearon a destajo, deteniéndose en sus pechos, pezones y nalgas; así eran algunos empleados públicos. Más tarde, llegaron los refuerzos que acordonaron la zona y se la llevaron esposada. Era sospechosa de asesinato, intencionado o no, porque una prostituta siempre lo es de casi cualquier cosa. El forense acudió apresuradamente a examinar el cuerpo de Benedetto y no le hizo falta mucho para confirmar el infarto y dar por concluida su tarea, firmando el acta de fallecimiento. «Estaría cansado —observé condescendiente—; al fin y al cabo, son cerca de las cuatro y media de la mañana».

Una mano anónima cubrió el cuerpo con una sábana y los camilleros que hacía tan solo tres cuartos de hora habían tratado de reanimarle, llamaron entre risas al tanatorio central para que vinieran a buscarle. Efímeras emociones, efímera vida… ¿Acaso no imaginaban que en más o menos años también ellos pasarían de la risa al llanto?

IV

Al velatorio acudió su hija pequeña, Patricia, envuelta en sollozos, recién llegada de la universidad de la mano de José, el chófer de Benedetto durante los últimos tres años, y de su tía Emma, hermana de su madre. Llevaba una falda corta de cuadros a juego con un jersey de lana de cachemira rosa y unos taconazos absolutamente impropios para un velatorio. Lloraba y moqueaba sobre un pañuelo de Hello Kitty. Eran los únicos en la estancia: su mujer no asistió por motivos obvios y sus otros hijos estaban de viaje fuera del país.

Benedetto reposaba con las manos en cruz sobre su pecho bien ataviado: traje de chaqueta negro, pañuelo rojo en la solapa y camisa blanca como su semblante. Tendida a sus pies, una corona de flores con un slogan: «Fuiste grande, tu agencia no te olvida. B. M. D. P. J. C. E & D.». Cuatro velones iluminaban el féretro de quien fue un hombre y ahora parecía el conde Drácula.

Al dar las ocho de la tarde, el chófer se llevó a Patricia y a la tía Emma de vuelta a casa, dejándole solo. Él observó la escena sin hacer alusión alguna a su nueva situación, como si el hecho de haberse muerto no le resultase ya sorprendente.

—Si hubieras vivido las cosas que yo no esperarías que me desmoronase, Gabriel. Porque eso deseas, ¿verdad?

Yo no le contesté y le transporté a su funeral directamente. A la iglesia del Pilar acudieron desde esos que solo asisten a entierros y bodas hasta todo el mundillo publicitario procedente de las agencias más exitosas del país. Procesionaron directores de arte, redactores, directores creativos, productores, responsables de producción gráfica, de los Departamentos de Cuentas y hasta de Administración, todos con un postureo tremendo: para ser vistos e intercambiar tarjetas de visita. Las conversaciones giraban en torno a los anuncios ganadores de los últimos premios EFI, cómo avanzaban las campañas del verano y si llegarían a tiempo para los rodajes de septiembre, porque por culpa de las vacaciones al final siempre iban «con el culo pegado». Ningún cliente asistió a la misa solemne; ni uno solo de los presentes rezó con cariño por el alma del difunto. En general, parecían todos más de fiesta que de luto.

Bene dio un respingo y se secó una lágrima disimuladamente. Patricia se sentaba en primera fila entre sus hermanos y su tía, y recibía los pésames pañuelo en mano, llorando desconsoladamente.

—Me hubiese gustado mantener con ella una última conversación, de esas que se prolongan hasta el amanecer —dijo de pronto Benedetto.

Por lo demás, la falta de respeto y afecto de sus congéneres no pareció contrariarle. Se mantenía calmado, como si supiera lo ególatras, egoístas y falsos que habían sido siempre. Decidí no dilatarme en el tiempo y cumplir con mi propósito:

—¿Se arrepiente de algo en su vida o no? —pregunté airado y deseando terminar de una vez con el asunto.

Pero nada, me miró como si fuese una cucaracha aplastada. Tal y como había previsto, Benedetto se estaba convirtiendo en una de mis peores pesadillas, sacando lo peor de mí, muy lejos de ser un ángel bendito. ¿Ascenso? ¡Ja! Ni él iba a arrepentirse ni yo iba a conseguir más que el peor disgusto de mi existencia. Le di un tirón del alma del cuerpo celestial con tal vigorosidad que, rompiendo la barrera del sonido, recorrimos la distancia de la Tierra al Otro Mundo en segundos escasos. Atravesé las nubes impulsado por mis alas y mi mala leche, resultando un trayecto más movido que el Viaje al centro de la Tierra de Julio Verne. Conseguí aplacarlo: hizo el viaje callado, increíblemente en silencio; solo se escuchaba su respiración agitada y el bamboleo de los pies que batía con energía a falta de unas buenas alas como las mías. Me preocupaba cómo sería su incorporación al Otro Mundo, si lo aceptaría o si, como me temía, aullaría pidiendo su vuelta al trabajo.

La torre de control de las ánimas nos dio permiso para tomar tierra en la pista catorce y así lo hicimos. El tráfico de almas era muy intenso en esas fechas. Tras el aterrizaje, tuvimos que esperar más de una hora en el hangar para que me pusieran las alas a punto. Era un paso ineludible, le expliqué una y mil veces a Ben.

—¡No nos iremos y punto! Si no fuera por la exigente normativa aérea celestial en este otro mundo se habrían producido multitud de accidentes.

—Pero ¿qué pasa, que en esta especie de aeropuerto aún no han entrado en Chapter Eleven?

—¡Por supuesto que no! —le respondí airado—. Aquí las cosas funcionan a la perfección. Para Dios no hay suspensión de pagos.

Benedetto se mostró entusiasmado por lo que calificó como magnífica gestión. Analizó exhaustivamente el lugar, examinó a fondo los hangares, a los ángeles allí presentes y hasta echó un vistazo rápido a la multitud de almas errantes que pasaban por su lado; se fijó también en las pistas de aterrizaje y los edificios situados al fondo, incluso me rogó que le enseñase los bares y entramos en un cuarto de baño. Al ver mi rostro etéreo reflejado en el espejo de pronto exclamó:

—¿Eres tú? ¡Hijo de tu madre! ¡Si pareces otro! No sé qué es, pero hay algo en ti que me resulta tan familiar como desconcertante. —Se quedó parado mirándome ensimismado, tratando de descifrar mi aspecto como lo haría un ciego con sus manos—. Esos ojos negros me parecen aún más negros hoy y tu escasísimo pelo de entonces es ahora una mata de pelo negro suavemente ondulado y brillante, con un resplandor azulado en absoluto injustificado. Y-y… —continuó tartamudeando y señalando con el dedo la figura del espejo—. ¡No eres tú, pero sí lo eres! ¡Tú te has hecho algo, pero no lo admitirás! ¿Verdad, Gabriel? Maldita sea, también yo debí de hacerme la cirugía estética: tendría un aspecto envidiable, como el tuyo, con tez de porcelana, cuello y alas de cisne, cuerpo delicado, estilizado…

—Anda, Benedetto, déjate de tonterías; estás perdiendo el juicio. Tan solo tenías que mirarme con el corazón, te lo venía diciendo por el camino. Claro que soy yo, Gabriel, aquel que fue consejero delegado en tu agencia y puteaste hasta la saciedad. Ya ves… —Mi condición de ángel me hizo callar de inmediato.

—¡Bobadas, bobadas! —contestó sin perder ni un detalle de lo que ante sus ojos se le presentaba—. Si casi no hemos tenido trato, no vas a ponerte en plan rencoroso. Sería indigno de un ángel, ¿no?

Esperaba oír de mí algo agradable que calmase su ansiedad, pero mantuve la boca cerrada, aguantando, para que no brotase el odio que me seguía inspirando. Le pedí que me siguiese y nos dirigimos hacia los almacenes. Mientras caminábamos yo pensaba: «Increíble, este tío pretende que lo olvide todo. Mi Dios me está probando, está claro. Agua pasada, déjalo estar», me repetía una y otra vez para no cagarla.

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