Pasó Eurovisión, mataron a un estudiante americano por su homosexualidad y en alguna parte del mundo alguien decía que estaba bien. Siguen juicios en espera y casos abiertos de niños desaparecidos que jamás fueron encontrados, amores reventados en accidentes de coche que alcanzaron cifras históricas en los telediarios. Época de libertad en la que beber y conducir conducía a la muerte. Todavía no vivíamos en el siglo dorado, seguíamos soñando con que el planeta era nuestro y las alarmas ya nos avisaban de que no era así. Ahora nos cuesta aceptar el calentamiento global, el cambio climático.
Mi nacimiento casi supuso la muerte a mi madre y quizás eso es la maternidad, entregarle hasta la vida a tu hijo, aunque no la haya pedido.
Recuerda que nadie te quiere hacer daño.
Aquel año murieron soldados por guerras absurdas, pero esta paradoja lleva sucediendo durante toda la historia. No sorprende a la ventana rota por el hombre que se ha tirado por ella. Britney Spears sacó la canción más comercial posible y el resto le hicieron los coros mientras los políticos seguían robando y el dinero iba de mano en mano, desde aquí hasta el más allá, pasando por allí, de paraíso fiscal a artificial, de engaño en engaño, corrupción que continúa supurando en la memoria de antaño y en la del paro. Aquel año fue una fracción de segundo en el universo.
Ha vuelto aquella época sinuosa de heridas. Perduran esquirlas en la piel, cicatrices en las muñecas. Arquitecta quiere diseñar ventanas por las que la gente mire hacia el futuro. Sin embargo, se sigue encontrando con el mismo vacío de siempre. Hoy abismo y ella se han saludado.
Tengo todo el vacío del mundo. Puedo morir. La mortalidad de mi cuerpo que mira a través de la ventana de este décimo piso y sabe que la caída sería fatal. Poder también es conocer los límites de tu propia vida. Tomar la decisión o esperar a un reloj de arena más. No espero nada de las nubes que pasan. El sol es otro astro de un firmamento del que no puedo comprobar su veracidad. Sé que está lloviendo dentro y fuera, pero jamás he sabido apreciar la diferencia entre el agua de lluvia y el de una manguera.
Me siento aquí, en esta esquina en el último lugar de la tierra y observo en silencio. Me gusta escuchar y no oír. El ruido me molesta muchas veces y llego a la soledad para consolarme con la velocidad. Así entendí cómo funcionaba el tiempo. Han sido tantas tardes en este rincón abandonado; no sé si estoy esperando a que suceda algo que cambie la dirección del movimiento que toma la gente cuando sale a la calle. Miro a las personas yendo hacia los mismos lados siempre y me pregunto sobre los instintos animales y la costumbre. No comprendo el mecanismo interno de la comodidad, de las burbujas de cristal. He vivido en ciudadelas y fortalezas, muros sin fin que han construido el espíritu que soy y me convierten en humana, pero jamás viví con tanta hipocresía, con tantas mentiras y falsas cúpulas que sustituyen el cielo.
¿Qué sentido tiene vivir si no se puede mirar al cielo?
Quizás me equivoco y el espacio es lo único importante. Pocos piensan ya en alcanzar una estrella, casi los mismos soñadores que conservan un copo de nieve en una placa de cristal. Vamos a la caza de lo efímero y qué mejor propósito de vida que dedicarse a perseguir aquello que no se puede alcanzar.
Por eso yo prefiero tener todo el vacío del mundo como pertenencia, inalcanzable y libre.
Un vacío que solo vive y existe para mí.
Las vidrieras de este piso son eso, solamente vitrales con colores. Óculos por los que traspasa la luz, dejando la oscuridad dentro. Pasa las tardes dibujando y desdibujando líneas y círculos que la acompañan en las horas muertas del reloj. Arquitecta se prepara café, espera a que Marido vuelva, a que Hija regrese. Se queda sola, esperando tiempo y sombras.
Mírame a los ojos y dime qué ves.
Un vacío enorme ocupa mi globo ocular.
Ojos de cristal sustituyen mi antiguo modo de mirar. Ahora veo limpio y mi mirada es cristalina. Mi piel se halla en un castillo de arena que la corriente arrolla. Espero a solas a que suceda algo que me caliente el alma. Tengo frío en el pecho y no consigo ver un mundo mejor cada vez que abro los ojos para enfrentarme a otros. Me encantaría cartografiar a la soledad y así encontrar algunas respuestas en el fondo del abismo, que me mira tanto y me llama con silencio nefasto, pero nunca hallamos la ocasión para encararnos. Serán los monstruos de antaño y las estrellas del cielo que me retienen en este lado del charco cuando océanos de tiempo me distancian.
Aislamiento buscado entre árboles y polvo blanco, abandono del cuerpo y del espíritu para vaciarme en un vaso de lluvia que dejo en una choza en cualquier isla desierta. Me tumbo y miro sin mirar. Recordarme que fui feliz y olvidarme de ello para sobrevivir.
A la soledad solamente le hago una petición, que me entierre entre las olas y el salitre, que me arranquen los ojos las gaviotas. Una llaga abierta que supura verdad y dolor al no admitir la cura volviendo atrás, al punto exacto donde la separación se hizo realidad y vino la soledad a ocupar espacio en el centro de mi triángulo de latidos.
Mírame aunque no esté delante como en las fotografías a través del espejo, intentando cazar el reflejo de aquella mirada con la mía y vencer por fin a la soledad más triste e infinita de un náufrago en mitad de su deriva.
Noches eternas transfiguran la vieja memoria. La juventud de una vida pasada. Arquitecta piensa en los hijos de los vecinos colindantes, en los niños adolescentes que pasarán madrugadas enteras por la ciudad, bebiendo, fumando, en esquinas insospechadas estrechando manos ajenas. Dibuja balcones conectados entre sí por barandillas infinitas, escaleras de caracol y ascensores que harán más fáciles las vueltas a casa, las resacas y las preocupaciones de los padres por los hijos que no regresan y no quieren regresar.
Ayer vi el rostro de la historia más breve del mundo. Ojos negros, abrigo de invierno. Hoy son los Goya y anoche esperaba en la misma estación de metro la llegada de la nada. Qué vacío tan amargo me regalan las despedidas. Ella se va. Él tampoco se queda. Con el tiempo he ido entendiendo que la urbe del mañana puede ser una ciudad sorprendentemente grande y una ciudad sorprendentemente pequeña. Ahora estoy en mi habitación, escribiendo estas palabras de ausencia que no sé explicar. No sabría decir por qué siento que me falta algo cuando los trenes pasan de largo y ninguno lleva mi nombre.
El lunes volveré a la universidad, a desperdiciar el tiempo. Tal vez por eso elegí estudiar aquello que no tiene futuro. Es extraño verse desde fuera después de haber tomado una copa de más. Al menos, hoy sigo sobria. El otro día despierta en mí recuerdos de vergüenza, pero sonrío con la mirada inmersa en las paredes rojas. Me sigo sonriendo aún más y los noctámbulos de la estación de autobuses me miran curiosos.
¿Cómo podría razonarles el significado de todo en un minuto?
Finjo seguir mandando mensajes por mi teléfono. Mensajes que se caen por los resquicios de la pantalla, que no serán leídos porque tener mil contactos no significa tener mil amigos. Estoy nostálgica. Todavía saboreo los restos de un buen concierto entre los labios junto a un dolor minúsculo que se vuelve agudo dentro del calor del bus nocturno que me llevará hasta allí, mi casa, mi hogar, siempre lejos de donde se halla mi corazón.
Estoy bien.
Lo repito una y otra vez en mi cabeza. No tengo derecho a estar mal. Pero hoy, con hueco, compruebo la realidad de la distancia en mis propios huesos, en las líneas de metro, no sabiendo dónde estaré el año que viene, no sabiendo expresar con un abrazo la pena que me causan las partidas que no acaban en el bar.
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