¿Cómo no gritarles a las paredes vacías?
Ayer fue otra fecha marcada en el calendario. Hoy he despertado con menos ganas que nunca y el ahora es una mota de polvo entre mis ojos y el futuro del que todos me han hablado. Creo que alguien se equivocó escribiendo mi nombre entre la lista de los elegidos porque ni mi sombra me apoya ya. Estas son las verdades que nadie escucha, las historias de una piel marchita que luce joven y se esconde detrás de los párpados. Grito desde una habitación sin salida, no hay quien escuche el manifiesto de mi vida.
Las heridas se visten de porvenir.
Solo perdura la victoria pírrica. Prefiero morir joven que siendo un espectro de lo que fui, el pellejo de una vida no vivida que se conserva en botes de salmuera y enfermedades venéreas. Las ventanas se van cerrando al paso de los golpes y el tiempo se aleja. No hay pomos ni persianas ni segundas oportunidades. Chillo cada noche cuando siento en mi propio cuerpo el daño ajeno, pero hermano. Violencia que se ceba con las calles a oscuras y las farolas que se apagan porque el Ayuntamiento no paga, carreras apresuradas para volver a casa y el miedo. Siempre con un terror forzoso.
Necesitamos más manifestaciones sobre las avenidas abiertas como venas a la ciudad y al país que se derrama entre lluvias que no sirven para agotar la sequía de los corazones desesperados. Más gritos y más chillidos, caceroladas y huelgas generales que paralicen por un segundo el móvil perpetuo.
Me manifiesto para poder mejorar y cambiar.
Me declaro en contra de todos por pelear por el mañana y no sentir el dolor de la tristeza cuando mi generación se queda parada y no lucha.
Solamente calla.
Hubo una vez una infancia. Ya no la recuerda apenas. Sabe, o intuye dentro de su cabeza, que había una chica con escoliosis en la escuela. Llevaba corsé y le costaba moverse. No podía agacharse sin ayuda. Arquitecta y los demás chicos se reían de ella.
Me he rascado la espalda y han brotado las heridas como flores de invierno sobre la nieve.
No es fácil ser feliz.
Consigo serlo cuando encuentro mi suerte en monedas de dos céntimos. Mi mirada se clava al suelo. Entiendo que mis ojos han sido así durante todos estos años, que nunca supe ver la salida, pero mi verdad son mis sentimientos y hoy han cambiado. Alguien ha abierto una ventana dentro del cuarto.
La ciudad llora a veces y se olvida de perdonar. Me escudo en este lugar que es casa y hogar. Me visto de hojas marchitas y camino sin pensar. Lucho y los huesos de esta jaula se rebelan porque no hallan espacio para las hélices que salen abruptas de mi pecho. La rabia acumulada se libera por fin y la vida mana como agua divina que inunda la piedra desde la columna vertebral.
Creo que he empezado a descubrir razones por las que quedarme a pasar el rato.
Una vez fui un ser raquítico. Eso me hizo querer andar diferente. Las sombras cambian de forma y me observan. He resistido y quizás muera en el intento y lo que quede de mí sea un esqueleto ahogado en el océano pero me gustaría que mi último deseo fuera alcanzar la atmósfera.
Se mira el anillo de casada. Antes de Marido existieron otros amores, otros cuerpos, noches muy lejanas que se pierden. Y estuvo ella. Hacía tiempo que no pensaba en ella, quizás es este dibujo sobre un balcón vacío con dos maniquíes que serán amantes, jóvenes parejas, inexpertos en la vida que habitarán en sus apartamentos creados por su mano. Una mano que tocó su piel y hoy luce la cruz del matrimonio. Arquitecta la echa de menos.
Ella dijo adiós. Quedó una historia rota. Vivía con el mar y seguía el ritmo de la vida desde la distancia. Se fue. Sin remedio ni excusas. Para siempre.
Ella se fue para siempre.
Sin hacer ruido, sin decir apenas nada, cerrando la puerta a su paso, con la mirada cansada y el pecho roto. Me rompo por dentro, de forma irremediable, causando estragos en mi cuerpo porque no puedo ni quiero, no consigo cerrar las costuras, pasar página, ponerle parches a la memoria.
Nos quisimos y esa es la única verdad de aquel mirador al futuro que parecía real. Casi nos creímos nuestras propias mentiras, que no fueron otras que las promesas de dos personas que pensaban que podían vencer a las circunstancias.
Recordarla es esto.
Es volver al precipicio, abrazar a los espejos y esperar con anhelo que devuelvan el abrazo por la espalda, rozando el cuello, marcando caricias donde existen el duelo y el quebranto.
Pero no. Nada es como parece.
Ella era parte del todo y ahora está roto. Nada es lo que era entonces y quiero pensar que regresar al momento de ruptura total arreglaría los zurcidos y los pespuntes de la casaca de mi caja torácica. Pero no. Tampoco hallo una respuesta. Este seno no existe en esta estancia sin vanos al exterior. Ya no hay ventanas ni tragaluces ni portales con rumbo al ayer, quedan esquirlas y pedazos de una entraña rajada, apagada, alienada por el temporal que entró por aquella claraboya que fue una vez.
Ella se fue.
Se fue para sobrevivir lejos.
Se fue y ya no volvió.
Arquitecta piensa en el futuro, en cuando sea mayor, ¿quién cuidará de mí? Recuerda a las ancianas del parque. La agencia inmobiliaria le ha informado sobre unos abuelos interesados en uno de los pisos. Le gustaría ser inmortal. No tenerle miedo a las ventanas por las que se suicida la gente corriente.
Soy víctima inexorable del paso del tiempo. Me estoy muriendo en el mismo instante en el que respiro y mi vida se consume en un cenicero al ritmo de los cigarrillos. Sueño que vivo para no enfrentarme al destino y no ver la cara de algún dios enfrente de mí, ojo por ojo, reconociéndome en lo que no creo porque me da miedo saber qué hay más allá de esta frontera de la realidad. Levito sobre la lluvia caída, resbalo contra el suelo y caigo como un peso muerto. Solo poseo el ahora y ya se me escapa.
Necesito una razón que me ate a la tierra. Soy joven y mañana duerme todavía la siesta en la misma cama en la que mi cabeza posa sus esperanzas de vida. Siento una traición perenne e inevitable entre la biología y la metafísica. Me hallo en medio de un conflicto de fuerzas inertes que me mueven en direcciones contrarias y opuestas que no puedo controlar. Me debato y lucho por estar, aquí, en este momento, sin más, sin pensar en las horas que se caen del reloj a medida que las manecillas se van suicidando a causa de la gravedad.
La juventud se nos escapa, huye lejos, pesadillas de hierro y metal que trastocan el cerebro y que por fin vemos con los párpados abiertos a través de la mano. Me confunden la noche y el espacio perdido. No existe más arena para dar de comer al reloj y que nos dé una segunda ocasión para sobrepasar el estrecho.
¿Final? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Cómo?
No conozco las respuestas, pero está sucediendo, soñamos con el futuro y nos perdemos el presente que sí tenemos como un tesoro efímero de existencia que se va, se marcha, se fue. No hay más remedio que enfrentarse a la madurez de la edad.
Arquitecta tiene una hija. No quería tenerla, pero la tuvo porque a él le hacía feliz . En el nuevo edificio habrá muchas familias que querrán construir su vida desde ese punto en el mapa. A veces la observa, desde lejos, como si nada, intentando adivinar sus pensamientos de adolescente. Todos los jóvenes acaban creciendo y ella tiene miedo de que se vaya y la deje sola entre sus mundos imaginarios y sus puertas cerradas.
Aquel año casi cayeron las Torres Gemelas. Tuvieron que esperar tres años para lograr su objetivo, los mismos que me llevaron a mí a distinguir entre la maldad y la crueldad. Los niños son malos de nacimiento, la gente no cambia, el país probaba su primer misil nuclear y pensaba que la peor vergüenza es que te vean derramando rabia en forma de cascadas de pis y agua sobre los lavabos y las charcas.
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