Ricardo García Muñoz - Nadie vendrá a vernos

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Nadie vendrá a vernos: краткое содержание, описание и аннотация

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"Inventé la libertad al anochecer de la Epifanía. Viajaba en el circuito camionero Justo Sierra y parque de Armas, escoltado por el desfile anual del Día de Reyes. La jauría de niños, los regalos, las bocinas, el estruendo, la dejaron frente a mí, en el asiento de minusválidos del autobús. De inmediato clavé mi mirada en ella. Quedé deslumbrado por ese rostro. Desconozco qué me atraía más en él: la nariz diminuta o los labios abultados". Este párrafo inicial del cuento «Confesionario», incluido en el presente volumen escrito por Ricardo García Muñoz, contiene una imagen recurrente en estas historias: la de una mujer irremediablemente atractiva, pero inasible. Pero esa no es la única búsqueda que emprenden los personajes que aquí se presentan, también tratan de encontrar el sentido de sus vidas entre las calles profundas de una ciudad enrevesada, pero cuyo rostro es simple y diáfano. Como todo cuentista, el autor entiende la vida a partir de historias. El lector encontrará aquí, además de sucesos, una manera personal de comprender, quizá no la comparta, pero seguramente ganará al mirar su entorno desde el punto de vista de otro. Después de todo, ese es el propósito de la literatura.

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Después de todos los prólogos y las felicitaciones, Clementina fue al punto. “Mira, me dijo Jacobo que andabas concursando en lo de las becas. No fuiste beneficiado, según me dijo el flaco. ¿Qué vas a hacer?” Un coleteo de lágrimas barnizó los ojos de Valerio. “No lo he pensado. Hoy me informaron que no había presupuesto”.

Un destello codicioso en las pupilas de Clementina lo hicieron titubear un momento.

“No sé. En San Pancho desarrollaba algunas cosas. Investigar, por ejemplo. Ahora ando limitado. No me alcanza el tiempo por un asunto familiar”. Valerio echó los dados para redondear el azar.

“Puedes pedir más clases en la secundaria”, reviró en un tanteo. Como Clementina no se preocupaba por los títulos académicos, no reparó en destrozar con pullas irrevocables el orgullo del letrado. Valerio no era un profe, era un maestro en sociología. “Profe, Cantinflas”, susurró rencoroso en sus pensamientos. Y después de retozar a su aire en San Pancho, pagado por la tía Armenia, le costaba ser un achichincle de un instituto. “Prefiero hacer otra cosa. Cualquier trabajo de investigación social”.

Clementina se levantó de su asiento y caminó hasta un viejo archivero. Con estupor misterioso abrió un legajo con varios sobres y los llevó hasta el escritorio. En una mano cargaba un documento. La mujer los lanzó a la mesa de cristal y uno de ellos voló al suelo.

“Por tu perfil, tengo algo que te puede interesar”, dijo emulando una serpiente. Clementina tomó de un estante el legajo con los documentos de Valerio. “Esta mesa es donde están los que se quedan con la beca. Los que se caen, ni modo. Se despiden de cinco años de cheques, oficina y toda la cosa. Tú dirás”.

La carcoma moral de Valerio comenzó a rasparle la bragueta. “Me pones nervioso”. Clementina lamió el folder con sus documentos. “Hoy en la noche. Me dices sin nervios. Estaré después de las nueve en la Dama de las Caléndulas. ¿Me pasas esa carpeta?”

Valerio recogió el fólder y leyó al costado el nombre de Jacobo Ortiz Pacheco. Clementina se lo arrebató de la mano y juntó los dos legajos. Abrió el cajón de su escritorio y los echó juntos. Recogió el resto de las carpetas contoneando los pechos operados y advirtiendo la mirada de Valerio. “Estos, se van a su lugar”.

Valerio se despidió de beso y salió por la puerta. Las siete y cuarto. Había perdido mucho tiempo en la oficina de Clementina jugando al pilguanejo. Un escozor en la entrepierna le anticipó que en el fondo aprobaba la sugerencia de la nueva directora.

Según sus cálculos, tardaría en llegar ocho minutos hasta la casa. Asustado, salió hasta donde había dejado su motocicleta. La arrancó de un solo tirón. Un sonido monocorde hizo roncar la maquinaria y de pronto, con nostalgia se encomendó a San Benito. Miró la hora. Aceleró la motocicleta y arrancó con rumbo a la casa. Subió la pendiente de la Calzada de Guadalupe y se enfiló al serpenteo de la carretera panorámica. El casco afectó la sordina artificial y acto seguido, revivió la noche en que le llamaron del hospital. Llamada a deshoras, hospital, noche, tormenta, carretera, anciana moribunda. Colapso de salud. Mezcla artificial de sus deseos profundos en una llamada hospitalaria. Sintió una alegría culpable. Arrancó su motocicleta y en veinte minutos estaba en la clínica. Después de todo quería despedirse de Armenia.

No estaba preparado para lo que encontraría en el hospital. Preguntó en la recepción por la habitación de la señorita Armenia Helberg. La recepcionista, con cofia y mueca somnolienta, le indicó el camino que lo llevaría rumbo al 234.

Todo empezó a quebrarse. Lo enviaron con internos de piso y no a la morgue. Al acercarse a la habitación 234 un médico de bigote escaso y mentón afilado cerraba la puerta. Se encontraron las miradas. “¿Valerio Esparza?”, preguntó el hombre. “Doctor Valerio Esparza, a sus órdenes”, dijo para contrariar al médico. “La señorita Helberg se encuentra muy bien. Salió hace unos minutos de terapia intensiva y el pronóstico es inmejorable. Va a necesitar terapia física para rehabilitar sus movimientos. Pero eso es lo de menos. Su estado mental está en perfectas condiciones, mejor que cualquier persona de su edad. Con cuidados normales su abuelita. Vivirá por muchos años. Pásele”. Valerio entró a la habitación y el rostro estriado de Armenia se opacó al mirarlo. Imaginó otro panorama apocalíptico. La vieja no iba a durar. Estos subidones de vida son las pruebas inequívocas de la debacle. Allí, con las vísceras le dijo a la tía que no se preocupara, que él la iba a cuidar.

Sus palabras fueron una declaración de muerte. Una marea de un tiempo que iba y venía sin moral. Calculó, según las condiciones de salud, que el futuro era un dispendio, la peor inversión. Gastaría en unos meses una fortuna para un suspiro vital de 83 años. Y Valerio, en cambio condenado a la condición de cuidador prángana. “Oye, hijo, tú eres el único pariente que tengo. Mira. Esto va a ser tuyo. Acaba tus estudios que eso será lo más importante que te pueda dejar cuando me muera”.

Después del ictus apopléjico de Armenia, la claridad mental recobró un lugar privilegiado. La vida quedó reglamentada hasta la asfixia. Gastos, viajes, rentas, ingresos pasaban por notarios y contadores.

La tía le racionó desde entonces una beca frondosa y una casa en San Pancho a cambio de sus resultados académicos. Valerio alargó todo lo que pudo las inscripciones en diversos cursos: química orgánica, física, relaciones públicas. El truco era comprobar la matrícula. Después de la embolia, su presencia con Armenia fue ineludible.

Comenzó a cuidar a la anciana con la esperanza en su pronóstico de vida, que calculaba de no más de ocho meses en el planeta. Armenia fumó cuatro cajetillas diarias durante cuarenta años. El pronóstico más alentador era un chiste malo. Sospechaba que pronto estaría convertida en un vegetal.

Un mosco que se estrelló en la visera del casco lo trajo de vuelta. Sintió que sus manos temblaban, pero en realidad era la vibración del motor. Otra vez las órdenes del cerebro no eran acatadas por sus articulaciones. Cedió ante la luz amarillenta de una farola que lo dejó hipnotizado por un momento. Estacionó la motocicleta en la cochera y vio una luz encendida en la planta alta. Eran las siete y media, lo que significaban sólo doce minutos de retraso.

Subió a todo galope los diecinueve escalones. Escuchó una voz salitrosa retumbar en el papel tapiz. Se detuvo para escuchar la conversación. De lejos, vio, para su sorpresa, una Armenia renovada, erguida en un sillón. De frente, Ignacio Reyna, el abogado de la familia.

Armenia chapoteaba palabras con dificultad. “Ya llegó Valerio. Mira la hora. Así sufro, Nacho, con mi sobrino. Cree que no me fijo. No me hace caso. Es un bueno para nada. Profesorcillo, tú dirás. Si no fuera por el cariño que le tuve a su madre, desde cuando lo hubiera echado. Ya mínimo este me hace compañía”.

Valerio tosió. “¿Ya llegaste mijito?” Entró en la alcoba cuando Armenia se rascaba la pantorrilla. Pensó que el abogado le había inyectado vida. “Mira. Es un milagro. Ya me pude sentar”. El abogado saludó con propiedad. Valerio corrió al baño. Vomitó. La víscera le reclamaba a horcajadas salvajes. “Pero eres un pendejo. Un pobre pendejo. Valerio. Mira nomás.”

El abogado levantó el maletín del suelo. Alzó la mano y brindó una reverencia. Salió entre la penumbra amarillenta de la casa con el adiós alargado de Armenia vibrando hasta la salida. Valerio dejó una sonrisa como una cicatriz de navaja dentada en la escena. Llegó hasta donde estaba la tía y la besó. La mujer, aunque vital, tenía el lado derecho del cuerpo inmóvil. La alzó en vilo y la acomodó de costado en la cama. Retiró el pañal. Aseó los genitales, la piel estriada. Entalcó el cuerpo y la cubrió con sábanas frescas. “Ya estoy vieja Valerio”. Él actuaba con los pasos exactos de un montaje de teatro. Disimulaba la puñalada verbal. Armenia le enfrió la pasión por regresar a San Pancho.

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