A pesar del silencio de muchos y las críticas agudas de algunos, El Universal se jactaba del éxito de la publicación de Los de abajo, y menospreciaba las críticas esgrimidas en sus propias páginas:
[…] ha tenido una acogida muy favorable en el público. Realmente nos complace haber mostrado a la República un positivo valor desconocido (…) nos tiene absolutamente sin cuidado que ciertos venerables abuelos de nuestras letras (…), abuelos por el espíritu manchado de tacañería, hagan crítica a base de puntos y comas. El público está muy lejos de los cenáculos, de las asociaciones de elogios mutuos, y de las artimañas de los simuladores del talento y él ha ungido en su opinión sencilla, a Los de abajo.23
Estaba claro a quiénes deseaba halagar el periódico. No tenía pretensiones académicas. El clima empezaba a ser propicio para hablar de la importancia del pueblo bajo y del público-masa. Durante la década siguiente cobraría auge esta visión de lo popular y éste sería el terreno fértil para el éxito pleno de una obra como Los de abajo. Mientras tanto, también hubo quienes por amistad con Francisco Monterde acercaron a Azuela a los dominios universitarios y le dieron espacio en las publicaciones de la principal casa de estudios superiores del país. Con la reivindicación del pueblo bajo en todos los ámbitos de la cultura nacional, Los de abajo, la novela de Mariano Azuela, vino a ocupar un lugar destacado y a ser reconocida como la novela típica y primigenia de la Revolución mexicana.
Mariano Azuela eligió a la prensa cotidiana para difundir sus primeros escritos, porque las revistas literarias le parecían vetadas a los no iniciados, a los no eruditos. La crítica literaria de esa época era celosa de sus espacios, y Azuela expondría años más tarde sus desacuerdos con esa elite intelectual que cerraba el paso a los escritores que se salían de los cánones aceptados. Pero al mismo tiempo, al elegir un medio de difusión considerado más “ligero” en sus criterios selectivos, Azuela pensaba que se dirigía a un público heterogéneo, no tan culto, no tan exigente en sus gustos y mejor conectado con las batallas de la vida cotidiana. Porque mientras el país se desangraba en batallas entre hermanos —así pensaba el autor de Los de abajo—, los eruditos escribían sus obras con títulos como La hora de Ticiano, El libro del loco amor, Senderos Ocultos.24
Su vocación para el relato de lo cotidiano, lo evidencia a Azuela con lo que llamó su “primer éxito literario”, cuando se propuso contar a su familia, mediante una carta, el magno acontecimiento ocurrido en Guadalajara y del cual se enteró por casualidad en la calle, mientras estaba sentado en una banca cerca del teatro principal. Llegó a ver cuándo trasladaban con dificultad al general Ramón Corona, herido de muerte, entre un hombre y dos mujeres vestidas con elegancia. En su carta, dirigida a su madre, Azuela contaba el acontecimiento -dice él- seguramente con algunas exageraciones y mentiras quizá, que hicieron circular el escrito entre los vecinos de su pueblo. Más bien diríamos que fue su primer éxito periodístico y no literario. El gusto por lo novedoso y conmovedor, que rompe con la vida común, el acontecer que súbitamente llama la atención, la descripción de los detalles y los hechos, son características del estilo de Azuela y a su vez de lo noticioso de la época. El Universal Ilustrado anunciaría al desconocido autor como “La sensación literaria del momento”, cuando más bien la sensación fue el sobresalto que provocó su lenguaje y la visión terrible que daba de la Revolución, motivos de la gran polémica.
La prensa periódica significó para Azuela y para muchos otros escritores un espacio alternativo de difusión ante las elites literarias exclusivistas, ante los grupos cerrados de intelectuales de profesión. Al ser un espacio más abierto, con propósitos de llegar a un mayor número de personas, el periódico permitió la variedad de criterios, de niveles de conocimiento, de gustos y formas de expresión. Al realizar un repaso de sus memorias y de los obvios desaciertos en que incurrieron muchos críticos de la novela Los de abajo, su autor no dejó de emitir un juicio favorable y generoso hacia esa clase de escritores que, “sin dársela de mentores de la opinión pública, laboran modestamente en la prensa y que con su espíritu recatado, ecuánime, comprensivo, emiten los juicios más ponderados: oro molido sobre todo para los que están comenzando”.25 En este juicio, Azuela deja entrever una imagen más amable de la prensa al permitir su uso a gente no reconocida con cierto prestigio proveniente de las vías formales o del Estado. Le atribuye también a sus redactores una visión más prudente al no ubicarse desde las alturas de la academia.
Debemos considerar, sin embargo, que como señala Cosío Villegas, aquel momento se prestaba para hacer el papel de mediador y apagador de fuegos. La nueva prensa había demostrado sus posibilidades futuras y a los caudillos les convenía tenerla de su lado. En otro momento las cosas no serían lo mismo.
Los gustos cambian: literatura y
La aceptación del cambio
Años después de haber obtenido el éxito de Los de abajo, ante los reclamos de crudeza y barbarie que retrataba su obra, Azuela respondía que él sólo se apegó a la verdad vivida. La soledad de sus estancias en pueblos miserables del país le había abierto las puertas de la escritura, como única opción para expresar los sentimientos que le dejaban la frustración y la tristeza de la dura vida de los pobres. Insistió en que sus novelas sólo decían la verdad de una desgraciada existencia que en realidad era mucho más dura de lo que él describía. La realidad de la vida era lo que los diarios pretendían llevar a los lectores, con un poco de aderezo en los materiales de entretenimiento y de recreación. Antes, decía Azuela, las preferencias estaban del lado del Arcipreste de Hita, con su pesadez: “¡Y todavía hay quien afirme que debemos escribir así!”, se asombraba.26
Su obra era resultado de numerosas notas, hechas sobre las rodillas, a veces en su consultorio donde recibía a gente marginada del barrio de Tepito, en la capital del país. Azuela contaba que una vez huyó de la “servidumbre jurídica” al renunciar a su puesto de juez, que por azar le tocó en la ciudad de México; le molestaba ser jurado y, sin embargo, en sus obras juzgaba constantemente a través de sus personajes, quienes con frecuencia recurrían al discurso moralista. Su registro del momento era ya una disciplina para él. No sería extraño que pensara en la prensa para publicar sus textos.
Entre las cualidades que se le reconocen a la obra de Azuela están la de reproducir fielmente el lenguaje del pueblo bajo, la vitalidad de los personajes y el retrato de la vida miserable de los marginados. Como obra literaria prácticamente se evita elogiarla, más bien se intenta la justificación de su importancia como testimonio de la Revolución, de lo que verdaderamente vivieron los combatientes populares en la revuelta armada. Ni sus defensores explican la relevancia más allá de la descripción de los hechos, es decir, su valor literario, aun cuando se la ubique, no con certeza, entre las primeras novelas realistas o neorrealistas en América. Sin embargo, si la vemos en el contexto periodístico en el cual fue publicada, resulta coherente con los intereses amplios de la nueva prensa del siglo xx: su materia se genera y vuelve entre y hacia la masa amorfa de todas las clases sociales, e intenta ganarse precisamente a aquellos sectores hasta ese momento marginados de los escenarios tanto de la literatura como de las noticias prioritarias, y que la Revolución de 1910 vino a colocar de nuevo en primer plano, aunque sólo fuera para apoyar en ellas la lucha armada.
Читать дальше