A Marina no le gustaba recordar su infancia. No creía en la nostalgia de esos tiempos. Agradeció tener veintidós años y poder vivir todo lo que estaba viviendo. Relacionaba la infancia con el no comprender lo que ocurre, con el tener que depender de los demás, con todos los terrores que la habían acosado. La adultez era para ella lo más parecido al paraíso que se podía concebir: todos y cada uno de los placeres comenzaron una vez que fue desarrollando su cuerpo tan admirado y envidiado.
En el estudio solo estaban Vicky, sus asistentes y el equipo de producción de Moschino en Buenos Aires. Todavía no habían llegado ni el peinador ni los otros modelos. Junto con la productora y la vestuarista revisaron la ropa y en menos de quince minutos ya tenían decidido qué iba a usar en la primera tanda de fotos. No era mucho realmente: unas bermudas y una remera ajustada Moschino, unas medias bucaneras Dim, unos zapatitos J. M. Weston, y un juego de ropa interior Scandal. Cuando ya estaba vestida para la foto aparecieron los otros tres modelos: dos adolescentes de no más de quince años (un chico y una chica que entraron riéndose a carcajadas) y Gonzalo.
Ella sabía cómo iban a ser las fotos pero nunca imaginó que su compañero sería Gonzalo. Vicky y la productora le habían explicado que la idea de Moschino era que ella y el modelo aparecieran abrazados. Él solo con un jean y ella solo con sus bermudas. ¡Sus tetas contra el pecho enorme de Gonzalo! Por suerte, Marina estaba sentada. La sola idea le producía mareos y pensó que si Vicky los dejaba demasiado tiempo en esa pose, ella iba a empezar a refregarse contra el cuerpo de Gonzalo y que no tardaría en acabar.
Se saludaron con la indiferencia que indicaba la ocasión. Gonzalo llevaba un jean negro Versace, una remera negra Versace, un cinturón negro Versace (por lo visto le gustaba la ropa negra y Gianni Versace), zapatos desconocidos para ella, olía a Carolina Herrera pour homme (un punto en contra, pensó, era el mismo perfume que usaba Max) y con particular interés esperó a que se cambiara para descubrir que llevaba un bóxer de..., no, imposible concentrarse en la marca del bóxer de algodón blanco que quedó al descubierto cuando se sacó el jean para ponerse el Moschino. Palpitaciones. Marina sintió palpitaciones.
Decidió concentrarse en el maquillaje y la maquilladora. Una manera bastante efectiva para volver a ser la modelo profesional que todos conocían y respetaban. Ella sabía que llegado el momento se iba a comportar a la altura de las circunstancias.
Ante todo la base y el polvo, luego el necesario toque de rubor para resaltar los pómulos y darle un aporte mínimo de iluminación. El paso siguiente era delinear y darle color a los ojos; la maquilladora eligió un tono natural para los párpados de Marina. Casi lista. Le agregó un toque de polvo translúcido; solo faltaban los labios. Marina reconoció, como una gourmet de lápices labiales, el sabor del Revlon Outrageous, en tono beige; el favorito de Claudia Schiffer. Finalmente, la maquilladora le quitó los excesos de artificio con un hisopo. Su rostro ya estaba preparado para la lente de Vicky Levín.
—Vos no necesitás maquillaje, estás preciosa —le dijo la maquilladora cuando terminó su trabajo. Se conocían desde hacía un par de años y siempre se habían llevado bien. Se llamaba Liliana y era cordobesa como ella. Los años en Buenos Aires no le habían quitado la tonada provinciana que ella había perdido (o transformado) en México. Marina sonreía mientras se observaba en el espejo. Realmente, por unos segundos, había conseguido olvidarse de Gonzalo.
Ahora era el turno del peinador. Liliana, mientras tanto, luchaba para que la adolescente se quedara quieta y se dejara maquillar. La chica parecía más interesada en llamar la atención del otro adolescente y no paraban de molestarse mutuamente mientras reían. Niños, pensó Marina con algo de fastidio. Gonzalo, ya vestido, esperó su turno para ser maquillado. El peinador le desenredó el pelo lacio y le aplicó un fijador para dar un efecto mojado.
La maquilladora terminó con la adolescente y comenzó a trabajar con Gonzalo, que se sentó al lado de Marina. Ella lo miró por el espejo. Pensó: está fuerte, muy fuerte.
Los adolescentes ya resultaban insoportables. Liliana, fastidiada con el bullicio de los chicos, los retó un par de veces pero no le hacían mucho caso. Estaba empolvando el rostro de Gonzalo cuando los volvió a retar.
—Quietos, chicos, parecen bebés. Compórtense como adultos. ¿O hay que estar retándolos a cada rato? Hay que ser Videla con ustedes.
Los adolescentes hicieron como si no la hubieran escuchado, pero igual se tranquilizaron y se quedaron hablando en un rincón de las publicidades que ya habían hecho. Gonzalo miró a Liliana por el espejo.
—¿Qué tenés en contra de Videla? —le preguntó.
La maquilladora hizo un gesto de indiferencia, restándole importancia a sus palabras. Sin dejar de maquillarlo le contestó:
—Nada. Dije Videla como pude decir Galtieri. Qué sé yo.
—Pero lo dijiste como con asco.
Liliana parecía no entender. Marina tampoco entendía. Los miraba a uno y a otra y trataba de descubrir hacia dónde iba Gonzalo.
—No sé qué querés decir; estoy enojada pero con estos mocosos, nada más. Dije Videla, pude haber dicho Franco, Mussolini...
—Porque yo soy hijo del General Videla y no me gusta que insulten a mi padre.
Ni los adolescentes ni el peluquero parecían escuchar la conversación de Gonzalo y Liliana. Solo Marina estaba atenta.
—Me estás cargando —le dijo Liliana.
—Yo soy hijo del General Videla.
—Vos me estás cargando.
—No, Liliana —intervino Marina—. No ves que no te está cargando.
Los dos adolescentes miraban la ropa que les había tocado para la sesión de fotos. El peinador seguía con los cabellos de Marina, ajeno a todo. Liliana no había atinado a nada, salvo a seguir trabajando en el rostro de Gonzalo, que se había callado y mantenía una mirada de arrogancia e indignación. Marina hubiera querido seguir hablando pero no pudo continuar. Sentía como si un rayo le hubiera partido el alma.
No podía seguir hablando. No podía mantenerle la mirada a Gonzalo a través del espejo. Cerró los ojos y temió que la estuviera observando, que en su rostro (tan expresivo según todos los fotógrafos con los que había trabajado) se reflejara el terror que se había apoderado de ella. Un terror descontrolado, ilógico, desubicado. Sintió cómo se ponía colorada de vergüenza y de miedo. Trataba de calmarse concentrándose en el peine y en las manos del peluquero. Trataba de imaginar que esas manos eran las manos de su madre tranquilizándola; las manos de su padre acomodándole las trenzas en la siesta cordobesa, en aquellos días, cuando lo vio por última vez.
Era estúpido tener miedo. Tener miedo de un muchacho que vivía para seducir y sonreír frente a una cámara de fotos. Era estúpido tener miedo de alguien que solo había defendido el honor de su familia de la ocurrencia de una maquilladora. ¿Habría sido capaz de enojarse con Max, que era tan grandote y musculoso como él? La ventaja de Gonzalo era que a Max nunca se le iba a ocurrir hacer un comentario como el de Liliana. Gonzalo podía estar tranquilo. Pero ella no, ella estaba aterrada.
Era estúpido tener miedo del hijo de un asesino. Un hijo no es un padre. Una hija tampoco es un padre. O sí. Por qué no pensar que sí. Que Gonzalo cargaba con su padre como quien hereda los ojos claros o la aversión por las matemáticas. Gonzalo no era su padre, pero en ese instante banal e intranscendente, Gonzalo significaba su padre. De la misma manera que ese miedo que sentía ella no era exclusivamente suyo.
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