Sergio Olguin - Las griegas

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Nueve cuentos en los que las mujeres gravitan hacia el centro de atención. Mujeres que perturban como objeto de deseo, de hastío, de admiración, que no pasan desapercibidas ante la mirada masculina.
Sergio Olguín proyecta diversos escenarios: un fotógrafo malhumorado ante los caprichos de las modelos pasa un tortuoso fin de semana con ellas en una estancia. Un adolescente se instala en la casa de su novia (cuyos padres acaban de morir), y de a poco va tomando posesión del departamento. Un gran diseñador se vanagloria de crear mujeres invencibles, a fuerza de manipulación y sometimiento.
Las griegas trastoca las percepciones y descoloca por su intensidad y simpleza, al tiempo que muestra cómo, detrás de esas convenciones, operan los acuerdos sociales más injustos y encarnizados.
La novedad de esta edición es el cuento «Los trenes de la muerte», precuela de la célebre saga de Verónica Rosenthal.

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―Un toque Lagerfeld, ¿o no? ―y se ríe cruzando el estudio hasta el bar y toma de su copa. Ahora lo hace de a sorbitos, entre risa y risa.

Claudia tiene las piernas largas, tal vez un poco flacas, pero bien moldeadas por la naturaleza y no por el gimnasio. Puedo diferenciar a simple vista una belleza natural de una artificial. Detesto los gimnasios y mis modelos que hacen aparatos o gimnasia modeladora lo hacen a escondidas y sin mi autorización. Por suerte, Claudia aún no ha caído en las estúpidas garras del gimnasio. Falsamente preocupada me pregunta:

―¿No estoy muy blanca? Body blanco, piel pálida. Parezco un helado de crema.

―Parecés el fantasma del tercer piso.

―Horrible, ¿no?

―Inquietante. Sexualmente inquietante, mi chiquita. Ningún hombre va a poder no usar Photo. Y nadie va a olvidar este helado de crema.

Claudia lleva su Alaïa con la misma naturalidad que mostraba al posar con el Chanel. Maneja su cuerpo y las circunstancias. Era lógico que los fotógrafos se detuvieran en ese punto de perfección. Solo yo (tal vez por ese amor a la desmesura y muy seguramente por mi decidido trabajo de destrucción y creación), con mi cámara, o mejor, con mi mirada, solo yo soy capaz de desafiarla, de animarme a invadir esa zona oscura donde se esconde su genio, el germen de su perfección total.

Repetimos la rutina anterior. Primero le saco fotos a ella sola y luego con el perfume. El sillón nos permite probar nuevas situaciones aunque no me interesa la originalidad de la pose, sino la originalidad del gesto. Paramos cinco minutos, bebemos, volvemos a empezar, decenas de fotos, agotar situaciones, nuevo descanso, cambiar las luces, arrojar lejos los guantes, incorporar el perfume, otra botella de champagne, nuevas fotos. Claudia se arroja al piso, abre los brazos y queda como crucificada con el perfume sobre su vientre. El efecto es magnífico.

Ya he perdido el sentido del tiempo y no quiero mirar el reloj. Debemos llevar más de tres horas de trabajo continuo. Hacemos un nuevo descanso y le pido que se cambie el body por el juego de dos piezas de Dolce & Gabbana. Okay, dice, y ya borracha y cansada (más cansada que borracha) va al otro cuarto y se cambia. Vuelve al minuto. Disimula maravillosamente bien su estado.

―Sigo siendo un helado de crema.

―No solo de crema ―le digo señalándole los pezones que se dibujan en la semitransparencia del corpiño. Claudia se pone colorada. Es la primera vez que consigo intimidarla en esta sesión y no puedo dejar de sentirlo como una victoria.

Claudia parece querer resarcirse de su rubor y a pesar de las horas y el champagne posa con toda la energía. Si alguien pudiera verla en este momento pensaría que recién ha comenzado a trabajar.

Claudia vuelve a repetir su pose de crucificada en el piso. Yo fotografío. Tiene puesto el perfume por debajo de los pechos y por sobre el ombligo. Clic. Claudia está dispuesta a demostrar que la adrenalina invasora no era una muestra de vergüenza o timidez. Baja el perfume hasta que la argolla queda sobre el ombligo. Clic. Levanta un poco la pelvis, entreabre las piernas y el frasco comienza a deslizarse hacia abajo. Clic. Antes de que caiga al piso lo aprieta con los muslos. Clic. Sus piernas y su pelvis han sido más elocuentes que una mirada.

Toma el frasco y en un gesto inesperado lo pone dentro de la bombacha. Afuera queda la tapa rodeando justo el ombligo.

Apenas se reconocen las letras verde crema de Photo, pero no importa, sigo sacando fotos. Toma el perfume y se pone de pie. Tambalea apenas, pero enseguida se recupera. e sienta en el sillón, cruza las piernas y mira a cámara. Clic. Un par de fotos más. Nuevo descanso. Que beba otra copa o no, no cambia su estado. La toma, a medias, pero la toma. Más fotos. Se vuelve a sentar en el sillón. No está conforme. Se sienta en el piso en posición yoga. Esconde el perfume, lo vuelve a mostrar. Mira la lente como anunciando algo distinto. Y lo hace. Aproxima el frasco a un pecho y apoya la argolla contra el pezón como coronándolo. Clic. Se me ocurre una idea. Voy hacia la mesa de trabajo y tomo unas tijeras. Me acerco a ella, que no pregunta ni dice nada. “A ver” digo simplemente y corto un triángulo del corpiño, dejando en libertad ese pecho que se insinuaba detrás de la tela.

―Repetí la pose anterior.

Claudia vuelve a apoyar el frasco sobre el pezón. Clic.

Ella permanece totalmente en silencio. “Veamos” digo y con las tijeras voy a cortar la parte media del corpiño para dejar los dos pechos al desnudo.

―No.

Me detengo. La miro. Baja la vista. Corto el corpiño. Queda partido en dos y sus tetas me recuerdan absurdamente su risa. Son pequeñas, sin embargo es inevitable no pensar que están en constante crecimiento, tal vez sea su agitación producto de la fatiga o los latidos de su corazón los que consiguen este raro efecto. Claudia no se saca el corpiño roto que cuelga de sus hombros.

―Levantate y ponete el perfume entre los pechos.

Clic. Con un solo movimiento se desprende del pedazo de tela. Se tapa una teta con una mano y la otra con Photo. Perfecto. Clic. Toma el perfume por la tapa y el frasco cae al piso. El perfume estalla en miles de pedacitos de vidrio. Claudia grita. Un aroma a sándalo invade de golpe todo el estudio. Claudia se queda quieta. Sin soltar la tapa y sin bajar la vista, Claudia se pone a llorar.

―Creo que me corté la pierna.

Retrocede varios pasos y sin mirar se arroja sobre el sillón. Me acerco y le reviso la pierna derecha. En efecto: un pequeño corte producto de un vidrio que saltó hacia ella. Le limpio la sangre con mi pañuelo. Voy hacia el bar tratando de no pisar los vidrios.

―Para el susto.

Claudia bebe unos sorbos de la copa que le acerco. Sigue llorando. Mojo con champagne su herida.

―Evita infecciones emborrachando los virus.

La poca sangre que todavía mana se vuelve rosada cuando se mezcla con la bebida. No puedo resistir la tentación. Acerco mi boca a la herida y la limpio con la lengua. Una combinación perfecta para un nuevo perfume: el sándalo de Photo, champagne, sangre y la piel de Claudia.

Tomo la botella y tiro lo que queda sobre su bombacha. Claudia ahoga un grito por la sorpresa y el ardor. La sombra del pubis que se insinuaba en su Dolce & Gabbana es ahora un triángulo oscuro, húmedo y con una textura tan increíble como deseable. Tomo la cámara de fotos.

―Acostáte. No te preocupes que acá no llegaron los vidrios.

Claudia ―con sus catorce o quince años, con su fatiga y su borrachera― es, ante todo, una profesional. Se acuesta a lo largo y agita las piernas tratando de sacarse el champagne que corre por su piel. Clic. Y otra foto. Clic. Mira a cámara. Ya no llora. Clic. Su mirada, su rostro, su cuerpo cruzaron los límites de la belleza humana. Clic. Clic.

Pero de a poco, como una tormenta que vuelve sin nunca haberse ido, se pone de nuevo a llorar. Se tapa la cara con los brazos y sus pechos se ponen tensos. Clic. Sigue llorando. Dejo de fotografiar. Claudia no se saca los brazos de la cara. La siento balbucear en su idioma. La siento lloriquear. Ella siente mis manos bajándole la bombacha. Ella siente primero mi lengua entre sus piernas y después todo mi cuerpo sobre el suyo. Vuelve a gritar.

Claudia ya no llora. Se ha dormido. Mañana cuando despierte se va a sentir mal, va a volver a llorar, pedirá por su madre. Entonces yo le voy a mostrar las fotos, se va a ver hermosa como nunca. En una milésima de segundo va a vislumbrar todo lo que yo le voy a explicar mientras le acaricio el pelo y la abrazo como un padre protector: esa mujer que está ahí en las fotos es ella, esa mujer de las fotos se va a convertir en la mujer más deseada por todos los hombres del planeta, esa mujer de las fotos se convertirá en centro de atención de todo el mundo, esa mujer de las fotos es invencible. Ella dejará de llorar, desayunaremos, le volveré a sacar más fotos, tal vez la vuelva a violar o no. Otra vez llorará o no. Volverá a pedir por su madre, o tal vez no. Le contará todo, llorarán juntas, pero no va a pasar nada. Lo aceptarán como lo aceptaron todas. Como todas, esta Claudia se jurará abandonarme y despreciarme. Mientras tanto, todo seguirá igual: hará lo que yo le pida, seré todo para ella como lo fui de las demás. Ninguna nunca se quejó. Ni la otra Claudia, ni Cindy, ni Linda, ni siquiera Tatjana cuando hubo que internarla debido a algunos excesos, ni Naomi a pesar de la inesperada participación de Mark y sus amigos, ni Stephanie que aún llora cuando está sola (eso me escribe en sus cartas, pero no es un reproche, es solo la descripción minuciosa de su vida como quien cuenta las buenas y malas acciones a su Creador). Pero nadie se queja. Porque todo es un juego y estas son las reglas. Porque todo es un juego de apariencias y de olvidos. Hoy todas usan chaquetas ceñidas con lazos, mañana nadie se va a acordar de estas prendas y las femeninas pieles corruptas de sudores, olores y pelos en constante crecimiento se cubrirán con un palazzo superlargo en crepé de gasa que pasado mañana ya nadie recordará. La vida es como mis diseños y mi perfume: un fugaz engaño que pronto se convierte en desvanecimiento y olvido.

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