Erna Alvarado Poblete - Pinceladas del amor divino

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La mujer contemporánea vive agobiada con cientos de actividades, por lo que muchas veces se le dificulta prestar atención a la voz de Dios. De ahí que muchas damas crean que están solas ante los desafíos que la vida les depara. Pero es ahí donde hay que darse un tiempo para contemplar cada mañana las expresiones del afecto celestial. A lo largo de este año, vamos a contemplar cada mañana diversas pinceladas del amor divino a través de estas maravillosas lecturas devocionales.

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20 de enero 20 de enero Los tres poderes de la mujer cristiana “Ama a la sabiduría, no la abandones y ella te dará su protección” (Prov. 4:6). Ayer hablamos de la búsqueda del “poder femenino”. En realidad, no podemos estar ajenas a este movimiento social; porque vivimos en sociedad y porque la mujer es un agente de cambio en todos los campos de su desempeño, sea madre, esposa, abuela, soltera o casada. Pero, no nos confundamos, el hecho de que una mujer pueda pilotear un avión, di­rigir una empresa o subirse a un ring de boxeo no es lo que la hace pode­rosa. El verdadero poder es el que emana de Dios. Necesitamos, pues, saber quiénes somos; la respuesta a esta pregunta abre ante nosotras una gama increíble de posibilidades. Somos creación de Dios, dotadas de inteligencia, voluntad y libertad, virtudes comunes en los hombres y las mujeres; sin embargo, el uso que hagamos de ellas determi­nará la clase de personas que seremos. Las escalas que miden la inteligencia son muchas, como también lo son los expertos que se han dado a la tarea de clasificarla en categorías. Alguien dijo algo muy simple que viene al caso para esta reflexión: “La persona in­teligente no es aquella que sabe mucho, sino aquella que sabe qué hacer con lo que sabe”. Es a esta clase de inteligencia a la que quiero hacer referencia, y que algunos llaman inteligencia emocional. La inteligencia emocional nos lleva a ser asertivas para aprender y conser­var en la memoria el conocimiento útil para vivir bien. Tiene que ver con el discernimiento, el desarrollo de autoconciencia, el control de las emocio­nes y, por ende, el de la conducta. Es la clase de inteligencia a la que hace referencia el sabio cuando dice: “Sabiduría ante todo, ¡adquiere sabiduría! Sobre todo lo que posees, ¡adquiere inteligencia!” (Prov. 4:7, RVR 95). Equi­vale a tener una percepción adecuada de una misma, y una actitud de tole­rancia y solidaridad hacia los demás. Aun así, algo que parece tan simple no siempre lo es; a veces se torna complicado, sobre todo, en una sociedad donde tantas mujeres prefieren hacer lo que dice y hace la mayoría, sin filtrar la información que reciben. Las mujeres de Dios no son figuras decorativas como maniquíes en un esca­parate; son “hacedoras” de vida. Amiga, comienza tu día agradeciendo al Señor por la forma maravillosa como te creó; no permitas que tu condición de mujer te impida reconocer lo que realmente eres y puedes hacer para el fiel desempeño de tus tareas do­quiera que estés.

21 de enero 21 de enero ¿Con voluntad o voluntariosa? “Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová, tu Dios, estará contigo dondequiera que vayas” (Jos. 1:9, RVR 95). No es lo mismo una mujer con voluntad que una mujer voluntario­sa. Tener voluntad es ser capaz de hacer lo contrario a nuestra ten­dencia inmediata, porque sabemos que es lo correcto. Es sinónimo de determinación para llevar a cabo aspiraciones y anhelos. Es poner a prueba nuestras capacidades para alcanzar un fin o un bien. En cambio, ser voluntariosa es encapricharse con hacer siempre la voluntad de una. La mujer voluntariosa hace gala de su testarudez; siempre quiere tener la razón en todo y, si no lo logra, se vuelve intolerante y rencillosa. La Biblia se refiere a las tales, así: “Gotera continua [son] las contiendas de la mujer” (Prov. 19:13, RVR 95). He conocido a mujeres de ambos grupos y, para qué negarlo, algunas ve­ces yo he sido voluntariosa. Si la mujer con voluntad se “empuja” a sí misma para el logro de sus objetivos, la voluntariosa “aplasta” a los demás hasta lo­grar lo que desea. La voluntad como virtud ha llevado a muchas personas al logro de objeti­vos que, a la vista de todos, parecían inalcanzables. No se basa en la arrogan­cia; por el contrario, quien tiene voluntad reconoce sus limitaciones y sus habilidades y va hacia adelante sin falsas expectativas, como Adriana Macías. Adriana Macías llegó a este mundo sin brazos. Muchos pensaron que eso era una desgracia; para ella, la vida fue un regalo que había que abrir poco a poco. Con gran voluntad, fe en Dios y confianza, se atrevió a soñar en grande y trabajó con entereza hasta hacer sus sueños realidad. Hoy es una reconocida escritora, abogada y conferencista. Sus pies son sus manos y no hay actividad que no pueda hacer. Una mujer con voluntad: Somete su voluntad a la voluntad de Dios. Cuando inicia una tarea, la termina. Asume riesgos sin ponerse en peligro. Se atreve a ir a contracorriente para defender sus valores. Toma decisiones en consulta con la Palabra de Dios. Busca el sentido de su vida en el Creador. Amiga, descúbrete y apréciate como Dios lo hace; desafiando el desánimo, atrévete a cumplir el plan de Dios para tu vida.

22 de enero 22 de enero ¿Libertad o libertinaje? “Cristo nos dio libertad para que seamos libres. Por lo tanto, manténganse ustedes firmes en esa libertad y no se sometan otra vez al yugo de la esclavitud” (Gál. 5:1). Desde el punto de vista bíblico, la libertad es un legado de Dios a sus criaturas. Fuimos hechos para ser libres, derecho al que renun­ciamos cuando el pecado nos hizo esclavos. La libertad implica elec­ción, decisión y responsabilidad. Sin embargo, la libertad es entendida hoy como el derecho de toda persona a hacer lo que desee, como dueña de su vida que es. Esto no es bíblico. Este nuevo y extendido concepto de libertad implica decidir aunque no se esté dispuesto a hacerse cargo de las consecuencias. Lamentablemente, en una sociedad hedonista, la libertad se mira como sinó­nimo de excesos y búsqueda desenfrenada del placer inmediato. Esto, en reali­dad, es libertinaje. Mucho se habla hoy de la “liberación femenina”, insinuando con ello que siempre hemos vivido en opresión, sin auténtica libertad. Esta forma de pen­sar puede resultar fascinante, si no tenemos cuidado. Por supuesto que, de acuerdo a la voluntad de Dios, debemos pensar, actuar y vivir en libertad. La felicidad de la vida se encuentra a través de la autodeterminación para ser lo que deseo ser. Pero la mujer libre no desestima lo masculino; al contrario, lo aprecia y lo necesita. Tampoco es libre al atribuirse los roles masculinos. La libertad se encuentra en la concordia, el respeto mutuo y el rescate de nuestra esencia personal. La libertad se origina en el ser interno, y permite obrar según la propia voluntad puesta en sujeción a la voluntad de Dios. Dios te hizo libre y desea verte libre; pero con la verdadera libertad. Levan­ta la cabeza y sacúdete las cadenas del miedo. No permitas que un sentido in­fundado de incapacidad te gobierne. En la Escritura leemos: “Conocerán la ver dad, y la verdad los hará libres” (Juan 8:32). Busca tu libertad en la verdad. El desenfreno, los placeres ilícitos y el desprecio por las normas no te ha­rán libre; solo lograrán encadenarte a la culpa, al desprecio por ti misma y a no comprender el significado de tu existencia. Confía en tu Creador y cumple sus propósitos en tu vida. Pregúntale en oración: ¿quién soy?, ¿a dónde voy? y ¿cuáles son los planes que tienes para mí? Es así como tu rumbo en la senda de la vida te llevará en libertad al cumplimiento de la promesa: “Porque yo Jehová soy tu Dios, quien te sostiene de tu mano derecha y te dice: ‘No temas, yo te ayudo’ ” (Isa. 41:13, RVR 95).

23 de enero 23 de enero ¿Quieres ser libre? Ámate “Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno” (Rom. 12:3, RVR 95). Algunos piensan que amarse a uno mismo es de egoístas; otros aseguran que el amor a los demás es una extensión del amor que ten­gamos por nosotros mismos. Yo opto por citar a Jesús: “Ama a tu pró­jimo como a ti mismo” (Mat. 22:39). Puedo entender que el parámetro de comparación tiene que ver con el concepto que tengo de mí misma; es decir, podré amar a los demás cuando tenga aprecio y amor por mí. Lo que falta definir con precisión es qué significa el amor propio, y cómo se sustenta y se manifiesta en la vida de las hijas de Dios. Quien desprecia algún aspecto de su vida será incapaz de apreciar y aceptar a los demás en su to­talidad. El amor a una misma implica un reconocimiento de las cualidades perso­nales, de las fortalezas y debilidades, y una aceptación humilde de la disciplina de Dios y del consejo del otro hasta alcanzar la madurez. Recordemos que nuestro valor fue estimado en la cruz del Calvario. Si Dios te amó tanto, tú de­bes amarte también; lo contrario sería ingratitud. Muchas mujeres desearían haber nacido hombres. Muchas se desgastan in­tentando parecerse a otras, o tratando de cambiar lo que son. Todo esto es in fructuoso y conduce a la insatisfacción personal. Nadie es más ni menos im­portante ante nuestro Creador. Amiga, si has caído en la trampa de la auto­compasión, sal a la luz de Dios y toma la senda de la renovación personal. Trabaja contigo y para ti, con la ayuda de Dios. Toma en cuenta que: Las diferencias nos hacen únicas y especiales. Apreciar lo que eres te dará estabilidad emocional, y desarrollarás mejores relaciones con los demás. Concéntrate más en tus aciertos que en tus errores. Siéntete cómoda con lo que eres y con lo que tienes. No busques siempre la aprobación de los demás; busca la aprobación de Dios. No eres perfecta, pero hay mucho en ti que es un tesoro; descúbrelo. Tener una opinión pobre de ti no es modestia, es autodestrucción. Tener una adecuada apreciación de lo que eres no es egoísta, es algo que necesitas para amar a los demás.

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