Carlos Martín - Las alas de las hormigas
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UN CUENTO DE HADAS
Para entender lo irrelevante que resultó la supuesta "fuerza del impacto de los aviones" en la caída de las Torres Gemelas basta con una sencilla descripción de su fabulosa estructura. El elemento más destacable de su moderno diseño estaba en su corazón, un compacto endoesqueleto de 47 fabulosas columnas de acero con paredes de cinco pulgadas de espesor, una columna vertebral de impresionante fortaleza que ejercía de eje principal del edificio. Los pisos de 65 por 65 metros eran prefabricados de metal y hormigón, soldados en largueros que se conectaban a los marcos de acero por medio de sólidas soldaduras y pernos. Entre estos pisos cientos de pilares se extendían en una tupida malla vertical que reforzaba el conjunto. Y por último un exoesqueleto de 236 columnas de acero excepcionalmente robusto rodeaba el exterior. Creer que dos aviones Boeing 767 de aluminio fueron capaces de herir de muerte a dos monstruos de acero como las Torres Gemelas es como creer que las leyes de la física se tomaron un descanso el 11 de septiembre del 2001. Los daños reales del impacto de los aviones se asemejarían al efecto que causaría un huevo lanzado contra una malla metálica enrollada sobre una barra de acero. Aunque los restos del avión y la deflagración del combustible se expandieran por el espacio interior del edificio creando un efecto visualmente espectacular lo cierto es que el aluminio con que estan construidos los aviones apenas podría dañar la estructura exterior del edificio y mucho menos el endoesqueleto situado en el centro. Algunas personas podrían plantearse este interrogante: los aviones, pese a estar hechos de aluminio, volaban a casi 500 millas por hora, entonces, dadas su tremenda masa y velocidad tenían suficiente energía cinética como para dañar las torres a pesar de que estas fueran de acero. Este enfoque es incorrecto. ¿Qué piensas que podría suceder, hipotéticamente, si con el avión detenido en el aire alguien tomase una de las enormes torres del WTC, la sacudiera violentamente y golpeara dicho avión con una velocidad de impacto de 500 millas por hora? Piensa un poco acerca de esta pregunta hipotética porque ya sea que el avión impacte una torre detenida o que la torre impacte a un avión detenido la física de la situación es la misma. La respuesta intuitiva al daño ocasionado por un "veloz avión en movimiento" es solo eso: intuitiva. Existen algunas investigaciones como September Clues o Foxed Out, disponibles en Youtube, que incluyen análisis de todas las filmaciones existentes del impacto de los aviones donde parece probarse satisfactoriamente que los aviones son construcciones digitales. Visualízalas si quieres, están muy bien, pero yo prefiero ir directamente a la evidencia: el aluminio no puede penetrar al acero, punto. En cuanto al "fuego intenso que ocasionó el combustible" podemos apreciar en las filmaciones como al poco tiempo ya no se observaban llamas, solo humo. Si alguna vez has tratado de quemar madera sabrás que si la madera humea es porque no se está quemando bien, el humo indica que al fuego le falta oxígeno. Fuera cual fuera el combustible que alimentó la explosión, un 80 % de este se volatilizó durante la deflagración inicial y en cuestión de minutos el fuego siguió alimentándose, con menor intensidad, del contenido de las torres pero en ningún caso del acero de su estructura. Si revisamos la historia de la arquitectura veremos que nunca ha colapsado la estructura de acero de un edificio a causa de un incendio. En ningún lugar del mundo. Sin ir más lejos, en el año 1975 la Torre Norte del World Trade Center sufrió un grave incendio nocturno y ardió durante tres horas en un fuego que se esparció verticalmente desde el piso once hasta el diecisiete. Ardió en llamas por el doble de tiempo que los incendios del 11-S sin insinuar un riesgo de colapso. En febrero del 2005 la Torre Windsor de Madrid, un rascacielos en proceso de reconstrucción, sufrió un incendio infernal de veinte horas ardiendo como una antorcha. La estructura del edificio se mantuvo en pie soportando el sobrepeso de una gran grúa de obra. Compara un infierno de veinte horas de pura llama con noventa minutos de humo. Expertos en la fabricación de acero han realizado estudios donde demuestran que un fuego provocado por combustible de aviones no puede debilitar el acero hasta el punto de torcerlo, quebrantarlo o fundirlo y provocar un colapso. El acero se funde a 1350 °C o temperaturas superiores, dependiendo de la aleación. Estas temperaturas solo son asumibles en hornos de fundición especializados o mediante explosivos muy específicos. El fuego de un combustible como el que llevan los aviones podría alcanzar un máximo de 600 °C en una combustión controlada, añadiendo combustible a medida que se consumiera y manteniendo el espacio en ciertas condiciones. Y suponiendo que se hubieran dado esas condiciones imposibles, gracias a un milagro, ambas torres deberían haber ardido durante un tiempo similar o por lo menos parecido. La torre sur se derrumbó cincuenta y nueve minutos después del supuesto impacto del segundo avión mientras que la torre norte, que recibió el supuesto primer impacto, se derrumbó una hora y cuarenta y cinco minutos después de recibirlo. Mucha diferencia de tiempo para compartir dos escenarios prácticamente idénticos. Todo resulta rarísimo. ¿Cómo es posible que se debilitaran las 47 columnas principales de acero que formaban el durísimo corazón de los edificios, 236 columnas exteriores y miles de pilares de acero, todos al mismo tiempo? ¿En los 110 pisos? Y aunque así sucediera por una prodigiosa manifestación simultánea de situaciones imposibles, ¿cómo pudo no quedar absolutamente nada de la estructura en pie? ¿Por qué no se veían montañas de pisos en la zona cero? En el peor de los casos, en que los pisos cedieran realmente en un efecto "torta contra torta", el corazón extremadamente duro debería haber permanecido en pie. Si analizas el vídeo de la caída de la Torre Sur, observarás que aproximadamente las 30 plantas superiores empiezan a rotar en bloque hacia el sudeste. Caen hacia un lado y el "efecto palanca" producido por la gravedad es enorme, como lo es su momento angular. Sin embargo este bloque se convierte en polvo durante su caída. ¿Cómo puede entenderse este comportamiento? Nada lo aplasta, es un sólido bloque de acero inclinándose en el aire, debería impactar en la inexistente montaña de pisos de la superficie para deteriorarse. Escapa a toda lógica. Y también escapa a todo entendimiento el tiempo en que cayeron los edificios. La Torre Norte cayó en unos ocho segundos y la Torre Sur en diez segundos. Un estudio demuestra que de haberse dejado caer una bola de billar desde la parte más alta del edificio tardaría nueve segundos en llegar al suelo. Un colapso tipo "torta contra torta" de 110 pisos como el que asegura el Gobierno que ocurrió debería haber tardado un mínimo de 96 segundos en suceder. La bola hubiera acelerado ayudada por la fuerza de la gravedad pero el derrumbe de los edificios hubiera decelerado debido a la resistencia ofrecida por la rotura de cada uno de los pisos, cada vez más lejos del incendio y más reforzados por la menor temperatura y mayor anchura de sus vigas, entre otros factores. Es inconcebible. Una tupida malla tridimensional de columnas de acero se pulverizó verticalmente tomando la trayectoria de mayor resistencia a un ritmo constante e imposible. ¿Qué hizo que estas gigantescas estructuras de acero y hormigón se convirtieran en polvo delante de nuestros ojos? Solo puede haber una respuesta, las Torres Gemelas no colapsaron, fueron demolidas.
PRUEBAS DE LA DEMOLICIÓN
Un bloque de acero de 270 toneladas, el doble de peso de un avión Boeing 707, fue expulsado a 120 metros y se enterró profundamente en el World Financial Center nº 3 en la calle Vesey. Se encontraron vigas incrustadas en todos los edificios circundantes y las ventanas de todos ellos reventaron. Montañas de papel que deberían haber sido atrapadas entre los escombros cubrieron gran parte de la ciudad como si de nieve se tratara. El 15 de julio de 2006, cinco años después del atentado, el diario The New York Times publicó un artículo donde se informaba que habían sido encontrados 700 fragmentos de hueso en el techo del edificio Deutsche Bank, y que algunos fragmentos tenían menos de un centímetro de longitud. ¿Qué molió los huesos de esa forma? ¿Qué los hizo tan pequeños y los impulsó tan lejos? No se ha dado una explicación oficial. Joe Casaliggi, uno de los ingenieros que participaron en la retirada de las ruinas declaró: "Tienes 2 edificios de oficinas de 110 pisos y no encuentras ni una mesa, ni una silla, ni un teléfono, ni una computadora. El pedazo de teléfono más grande que encontré fue la mitad de un teclado". Pese al gran número de personas desaparecidas, el trozo más grande de un cadáver que encontró Joe Casaliggi fue una pequeña parte de un pie. ¿Has visto fotos de cadáveres aplastados? Ni tú ni nadie, porque no se encontraron cuerpos enteros entre las escasas ruinas, solo en la periferia de la zona cero, y pocos. Tampoco se rescató una sola persona con vida durante los días siguientes. Diez años después de los atentados, se afirma haber identificado 1.628 víctimas mediante procesos de análisis de ADN efectuados en los pequeños restos encontrados. Aunque el proceso forense fue rápido y relativamente sencillo al principio, recurriendo a métodos tradicionales como huellas dactilares, registros dentales e incluso fotografías, se fue volviendo cada vez más difícil con el paso del tiempo. "Recolectamos un total de 21.817 restos, por lo que obviamente pueden imaginar que los cuerpos de muchas personas quedaron muy fragmentados", precisa Prinz, una bióloga alemana de 53 años que trabaja desde 1995 en el Departamento Forense de Nueva York. Más de diez años después de los ataques, cinco forenses tratan de identificar aún los últimos 6.314 fragmentos de huesos hallados en la zona. Los últimos seis años solo han logrado identificar a 31 personas. La cifra se reduce a apenas dos identificaciones en los últimos dos años y más de 1.100 víctimas aún no han sido identificadas. Se esfumaron en el aire. El polvo resultante que cubrió Nueva York era mucho más que polvo, era cemento, vidrio y metales pulverizados, contenía plomo, mercurio, dioxinas, benceno y asbesto. Hoy día miles de rescatistas han sufrido cáncer pulmonar y enfermedades serias. Las espectaculares nubes de polvo que se formaron en la caída no se corresponden con las de un derrumbe natural, por muy formidables que fueran las torres. La forma de coliflor que obtuvieron las nubes es más característica de los flujos piroplásticos generados por explosiones típicas en erupciones volcánicas, detonaciones nucleares o en demoliciones controladas, una sólida nube de ceniza y gases a altas temperaturas. La pila de escombros vomitaba fuego al ser excavada. El ingeniero estructural Les Robinson, reportó que tres semanas después del colapso todavía había incendios y metal fundido bajo la superficie. Ocho semanas después, la temperatura de los escombros alcanzaba en algunos puntos los 1.000 grados y las botas de los trabajadores se derretían en pocas horas. En noviembre del 2005 el profesor de física Steve Jones de la Universidad Brigham Young tuvo tiempo de declarar en televisión, antes de ser interrumpido, que los enormes charcos de metal fundido que sembraban la zona eran la evidencia directa del uso de explosivos de alta temperatura, como por ejemplo el Thermite, un explosivo usado por los militares, compuesto de óxido de hierro y aluminio que al encenderse produce una reacción extrema de calor. En solo dos segundos el Thermite puede alcanzar temperaturas de hasta 2.500 ºC, el doble de lo necesario para derretir el acero. El apéndice C del reporte de la FEMA (Agencia Federal para el Manejo de Emergencias) describió un residuo de azufre en el acero del WTC. El periódico The New York Times catalogó este residuo como el misterio más profundo de todos, sin dar una explicación. La explicación es sencilla, el azufre reduce la temperatura de fusión del hierro. La mezcla de Thermite con azufre se conoce como THERMATE, una combinación que produce resultados aún más rápidos que los del Thermite. Si revisas en vídeo los minutos anteriores a la caída de los edificios, apreciarás pequeñas explosiones de humo y pequeñas cascadas de material candente surgiendo en diferentes puntos del edificio, lejos del incendio. En algunas de las fotografías efectuadas durante los días posteriores al atentado, se distinguen algunas vigas con pruebas concluyentes del trabajo efectuado por especialistas en demolición. En ellas puedes visualizar el típico corte que ocasionan los explosivos, un corte que recorre la sección de la viga en una diagonal perfecta de 45 grados. El acero chamuscado envuelve los cortes en un aspecto chorreoso, de un color negruzco diferente al del resto de la viga. Un corte de esas características no puede haberse realizado de forma accidental. Como estas, innumerables pruebas sugieren una demolición de las torres pero la mayor de las evidencias se encuentra en la escasez de restos que poblaban la Zona Cero. Aquellos que tuvieron la suerte de visitar las Torres Gemelas antes de su desaparición, dispondrán en su casa de la clásica fotografía tomada desde su base. En ella se puede apreciar el colosal tamaño de las torres, que obligaba al fotógrafo a arquear su cuello totalmente hacia atrás, con la esperanza de incluir en su fotografía una porción aceptable del descomunal volumen que formaban estas magníficas torres que, en un día nublado, podían desaparecer entre las nubes. Su altura y volumen eran impresionantes y el material que albergaban sus estructuras de 110 pisos hubiera ocupado, de ser comprimido, el equivalente al 40 % del volumen de sus pisos. La montaña de restos que debería haber aparecido al disiparse la espectacular polvareda tendría que haber sido igualmente colosal, invadiendo incluso las calles adyacentes al WTC, sin embargo, las fotografías tomadas antes de la retirada de los restos rebela una alarmante escasez de escombros en la Zona Cero. ¿Como es posible que desaparecieran en el colapso? Resulta imposible pensar que el material que contenían los más de quinientos metros de altitud de cada torre se comprimiera en el interior del espacio que ofrecían los escasos veintisiete metros de profundidad de sus sótanos. Sabemos que ese es el procedimiento habitual de los demoledores: enterrar el mayor porcentaje posible de los restos en el sótano del propio edificio. Pero este procedimiento resulta ridículo en el caso de un edificio cuyo volumen externo supone más del 90 % del volumen de obra. En el mundo hay apenas una docena de empresas dedicadas a las grandes demoliciones. Son negocios de familia respetados cuyo conocimiento se deriva de la experiencia y los materiales que usan son convencionales. Las demoliciones del WTC fueron altamente avanzadas y no convencionales. Los explosivos siempre han sido el dominio de militares y lo sucedido en la Zona Cero no es entendido completamente por demoledores civiles.
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