Rowan du Louvre - Cadena de mentiras

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Rowan es una mujer marcada por la muerte de su madre; una pianista de éxito, que fue brutamente atropellada, y cuyo autor se dio a la fuga. Este hecho, además, ha complica-do las relaciones con su padre; juez del supremo, engreído y mujeriego.
Su mundo está conformado por sus amigos, su trabajo en el Hospital y su novio Julien, inspector de policía, quien además investiga el fallecimiento de la madre.
Su vida da un giro de ciento ochenta grados cuando conoce a un hombre del que queda prendada inmediatamente: Derek. Delante de una cafetería, él es tiroteado, y ella, gra-cias a sus conocimientos médicos, le salvará la vida. Este hecho hará que se establezca un estrecho vínculo entre ellos.
Mientras Derek está ingresado en el Hospital, Julien le comunica a Rowan que su ADN estaba en el lugar del accidente de su madre, y que por tanto, pasa a ser el principal sos-pechoso. Tras este dato, decide no separarse de Derek para descubrir por ella misma si es él realmente la persona que cometió el crimen.
Así Rowan irá introduciéndose en la vida de un personaje atractivo y seductor, pero que al mismo tiempo, oculta grandes misterios.

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—¿Qué ha pasado? —pregunté.

—¡Fibrilación ventricular! —respondió Bastien.

Sonaba muy lejana en mi cabeza. Parecían susurros provocados por delirios en mi cerebro. Debía dejar de torturarme y sacudir de una vez las fluctuaciones de mi cabeza.

—¡Acerca el carro de paradas! —ordenó Ethan a Mae, adelantándose a mis movimientos.

Sin embargo, no la miraba a ella. Sus ojos estaban clavados en mí. Parecía reprocharme la falta de reflejos. Se había dado cuenta de que me había quedado paralizada, y si no quería tener que enfrentarme a su malhumor en adelante, tendría que esforzarme.

Cuando Ethan fue a coger las palas del desfibrilador, en un gesto audaz me adelanté, puse gel conductor en las mismas, me cercioré de que el aparato no estuviera en modo sincronizado, puesto que de ser así, el mismo se acompasaría con la actividad eléctrica del corazón y la descarga tan solo se produciría cuando detectase un QRS, y lo puse en modo asincrónico para seguir con el procedimiento.

—¡Carga a trescientos! —le ordené a mi compañero, consciente de las repercusiones que me traería. Antes de proceder a la descarga, desvié la mirada hacia Lorraine para indicarle—: Sujeta la cabeza al paciente. No conviene que se mueva durante la reanimación. Podríamos agravarle las lesiones.

Coloqué las palas del desfibrilador en el pecho de Derek, con cuidado de no alcanzar la herida del tórax, y procedí a someterle a la primera descarga. Tras la misma, su cuerpo saltó sobre la mesa de quirófano, pero su corazón no reaccionó.

—¡Mae, un miligramo de epinefrina! —exclamé ahora—. ¡Ethan, vuelve a cargar!

Nuevamente solté una descarga sobre el pecho de Derek, con la mirada fija en el monitor que registraba sus constantes, buscando un halo de vida. Sin embargo, tras la segunda sacudida, la línea que marcaba el latido de su corazón continuó plana.

—¡Carga a trescientos sesenta!

—Su pulmón no lo aguantará, Rowan —intentó detenerme Ethan. Sin embargo, yo no estaba dispuesta a dar nada por sentado.

—¡Carga!

Tras mi última orden, me obedeció sin mirarme a la cara siquiera. Una vez estuvieron cargadas las palas, procedí a efectuar la tercera descarga, con el mismo resultado que las veces anteriores. Ahora sí comenzaba a desesperarme.

—¡Vuelve a cargar! —ordené con la voz rota por la conmoción.

—¿Qué estás haciendo? —me cuestionó entonces Bastien—. ¡Déjalo ya! ¡Le freirás el pulmón!

No puedo negar que su elocuencia me molestó, por lo que ignoré su advertencia y busqué en la mirada de Ethan un poco de complicidad, pero él respondió quedando cabizbajo, como si quisiera darme a entender que se daba por vencido.

—Por favor… —insistí, tratando de apelar a su compasión como último recurso.

—Déjalo, Rowan… —susurró en apenas un murmullo—. Bastien tiene razón. No lo aguantará…

—Deberíamos certificar la hora de la muerte —nos interrumpió aquel cretino.

Apenas acababa de conocerle y, sin embargo, ya había pasado a formar parte de mi lista de los más odiados. Mis amigas Mae y Lorraine tampoco estaban por la labor de apoyarme en estos cruciales momentos, razón por la que tuve que revelarme contra todos ellos, aunque me pesara hacerlo.

—¡Todavía no está muerto!

Lorraine continuó sujetando la cabeza de Derek mientras me observaba compungida. Mae, por su parte, intentaba mantenerse al margen de la discusión. Supongo que me conocía lo suficiente como para saber que no me rendiría fácilmente. Ethan colocó su mano sobre mi hombro en señal de duelo, tratando de concienciarme de que lo mejor era abandonar la maniobra de resucitar al paciente.

—Has hecho todo lo posible… —habló resignado.

—Asúmelo, doctora —le corroboró Bastien sin miramientos—. No hay nada que hacer. Ha muerto.

—¡No en mi mesa! —le grité indignada, apartando a Ethan bruscamente para cargar las palas personalmente.

En aquel instante Mae se hizo a un lado junto con él, mientras Lorraine presenciaba toda aquella escena totalmente incrédula. Bastien, por su parte, lo hacía con desdén. Ni siquiera se molestó en disimular la antipatía que sentía por mí. Me dio la sensación de que lo que más le importunaba era no poder hacerse cargo de aquella situación como médico al mando y que, por encima de él, yo estuviese asumiendo ese papel.

Me sabía mal por mi amigo, pues además de restarle autoridad le había tratado de cualquier manera, pero, aunque no me justificase, la crisis vascular de Derek me importaba. Igual sí había sido un error entrar en el quirófano.

Cargué las palas del desfibrilador, las coloqué sobre su pecho y descargué. La sacudida fue violenta. Pese a eso, Lorraine no permitió que la cabeza del paciente hiciese movimiento alguno. Acto seguido, su cuerpo se desplomó de nuevo sobre la sábana azul de la camilla.

Bastien proseguía mirándome con rabia contenida, mientras Ethan y Mae no le quitaban el ojo de encima a Derek. Lorraine no había dejado de cuestionarme en ningún momento, mientras que yo, simplemente, no podía despegar la vista del monitor, deseando por encima de cualquier otra cosa que el ritmo cardíaco de aquel hombre sufriera alguna alteración.

Esperé sintiendo con angustia cómo transcurrían los segundos. Fueron instantes de mucha tensión, hasta que por fin la señal acústica del monitor le devolvió el aire a mis pulmones en el preciso instante en que el corazón de Derek comenzó a latir de nuevo.

En la pantalla aparecieron primero unas pequeñas arritmias que entraban dentro de lo normal y después el ritmo cardíaco fue estabilizándose por sí solo, poco a poco, hasta lograr ser débil pero constante.

—Por fin… —susurré aliviada en mi fuero interno.

Comenzaba a sentirme exhausta. Estaba sudorosa y cansada. Resentida sería el término exacto. Tras exhalar con fuerza toda la tensión que había acumulado durante la maniobra de reanimación, Ethan se acercó nuevamente para colocar su mano sobre mi hombro. Quizás trataba de felicitarme por el esfuerzo, pese a que su mirada era severa. Mae y Lorraine, por su parte, parecían reprocharme las maneras. Y Bastien, se contentó simplemente con volverme la cara.

Llegados a ese extremo se reanudaron las dos intervenciones en el punto exacto en que habían quedado. Ethan prosiguió con el tórax, apoyado por Mae. Bastien se centró nuevamente en la anestesia. Y yo, respaldada por Lorraine y más agotada que al principio, regresé al traumatismo craneal del paciente.

Comenzaba a oscurecer en Toulouse. La denominaban la Ciudad Rosa puesto que ese era el color que predominaba en los edificios antiguos, pues estaban construidos mayormente con ladrillos vistos. También se la considera ciudad histórico-artística de Francia por contar con un abundante patrimonio arquitectónico.

En el hospital reinaba la calma. Los pasillos, que durante el día nos tenían acostumbrados a una gran afluencia de personas, permanecían ahora sin colapsos y prácticamente desiertos. Tan solo quedaba alguna auxiliar y las enfermeras de planta, que terminaban de pasar la medicación y revisar que todo estuviese correcto con los pacientes que permanecían ingresados.

En estos momentos yo también deambulaba por esos pasillos con el alma en vilo. Me conocía lo suficiente como para saber que, de por sí, le daba demasiadas vueltas a las cosas más triviales; aunque esta vez el tema que me dejaba en jaque en mi trabajo era la salud del recién aparecido en mi vida. Por alguna razón, pensar en él me hacía sentir desdichada. Era como si encajar de alguna manera en su mundo resultase para mí una meta inalcanzable. Pero, ¿por qué iba a albergar yo la necesidad de tener algo que ver con él?

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