Josep Pla afirmó que Santiago Rusiñol había sido un satírico de la burguesía absolutamente burgués. Fue un bohemio para singularizarse, porque el hecho de ser especial formaba parte de su temperamento, para que no le tomasen por un hombre como los demás y no lo confundiesen con la mediocridad establecida. Dice Pla que éste fue el deseo constante de su vida y que también es la característica diabólica y pueril del artista romántico. Creer que el arte es una cosa excepcional situada al margen de la actividad social en general, algo casi sagrado. Ante una concepción excepcional del arte tenía que corresponder una inflación del artista, una tendencia a considerar al artista como alguien al que han de conceder ciertos privilegios para que pueda hacer lo que quiera. La época mostraba esta inclinación. Lo más cómodo era seguirla y aprovechar lo que tenía de beneficioso. Sin embargo, Rusiñol no compartió ese egoísmo y acabó abandonando la bohemia. Atrás quedaba el tiempo en París con Enric Clarasó, Ramon Casas, Ignacio Zuloaga... Allí conoció también a Ramon Canudas, que fue el primer artista catalán interesado por el mundo artístico parisino y por la vida bohemia. En París, Canudas contrajo la tuberculosis. Rusiñol estuvo muy pendiente de la enfermedad de su amigo y apenas salía de la casa del Moulin de la Galette para pintar. Le hizo dos retratos que nunca quiso vender y habló de él en las crónicas que seguía escribiendo para el periódico La Vanguardia , donde contaba la vida artística de la capital francesa en diversos artículos que se publicaron con el título Desde mi molino . Gracias a esos artículos se le reconoció en Cataluña la fama que Ramon Canudas fue a buscar a París.
En un artículo publicado también en el periódico La Vanguardia el 2 de noviembre de 2006, el periodista Eugenio Madueño daba la noticia de que el día anterior se había celebrado un homenaje a Santiago Rusiñol en el cementerio de Montjuïch y que en el acto se evocaron los días del artista en París. Se recordó cuando Rusiñol y otros amigos de Canudas bailaban flamenco frente a su cama para paliar el dolor que le producían las quemaduras a hierro candente que le practicaba el médico. También Ramon Casas cayó enfermo de tuberculosis y ambos artistas pasaron la convalecencia juntos en el mismo cuarto. Los dos hacían un brindis tristísimo por su mutua salud con tazas llenas del mismo medicamento. Al fin Canudas consiguió el deseo de volver a Sitges para emborracharse de luz antes de morir y Casas logró recuperarse de la enfermedad. La muerte de Ramon Canudas afectó profundamente a Rusiñol y le hizo descubrir la fragilidad de la vida de una manera íntima y cercana. También conoció en París al escritor Alphonse Daudet y al controvertido músico Eric Satie. La enorme influencia de París se habría de instalar para siempre en su memoria. Después Rusiñol, Clarasó y Casas acabarían esculpiendo y pintando para exponer en la Sala Parés y vender su obra a la burguesía catalana.
Santiago Rusiñol murió en Aranjuez el 13 de junio de 1931. Cuando trasladaban su cadáver en ferrocarril a Barcelona, el tren se detuvo al pasar por Sitges. Los vecinos del pueblo habían cubierto la estación con cuadros, objetos y recuerdos del Cau Ferrat. El museo que Santiago Rusiñol había creado en Sitges y que encerraba entre sus paredes un viaje sentimental a través del tiempo. La madriguera de hierro. Aquella poderosa iniciativa artística que comenzó un día del año 1881 en el bajo primera de calle Muntaner 38. El tren se demoró algunos minutos en la estación y las mujeres, de manera espontánea, cubrieron de flores el vagón en el que viajaba el cuerpo sin vida del Príncipe de Barcelona.
Tres años después de la muerte de Rusiñol, en agosto de 1934, Picasso viajó a Barcelona con Olga y su hijo Paulo. Un día por la mañana temprano, el artista salió a pasear por el centro de la ciudad. Visitó el Mercado de La Boquería. Luego fue Ramblas arriba y subió por calle Pelayo hasta la Plaza de la Universidad, anduvo por la Gran Vía y al llegar a calle Muntaner se detuvo delante del número 38. Vio los postigos del bajo primera abiertos y no dudó en preguntar a la portera por el nombre del inquilino que habitaba ese piso. “El sastre don José Garriga”, respondió Carmen Astorga. Pablo Picasso golpeó el picaporte esculpido por Clarasó, un pez que volaba hacia lo hondo y que sostenía en la boca una bola de hierro. Mi padre abrió la puerta. Lo primero que vio Picasso fue a un hombre joven, de su misma estatura, con una cinta métrica de color amarillo colgada del cuello. Mi padre había visto a Picasso en las fotografías de prensa y lo reconoció de inmediato, pero la timidez le impidió reaccionar y se limitó a saludarlo y preguntarle qué era lo que deseaba. “Un anorak”, respondió Picasso.
Mi padre tenía el taller al final del pasillo. Era necesario atravesar todo el piso hasta llegar al patio cubierto de claraboyas. Los clientes de mi padre se colaban en nuestro hogar e irrumpían en la vida doméstica sin el más mínimo pudor. El probador estaba en el mismo cuarto que yo ocuparía veinte años después, a partir de noviembre de 1954. Picasso espiaba la casa como si tuviera que grabarla en la memoria para luego entrar a robar. A fin de cuentas, él era un ladrón de ideas, de volúmenes, de sombras y de colores. Al cabo de los años le oí decir a mi padre, durante una de aquellas largas y animadas sobremesas, que Picasso no parpadeó ni una sola vez durante el rato que estuvo en casa. Luego añadió: “Yo creo que no pestañeaba para no perder detalle de todo lo que le rodeaba, pero sigo sin entender qué era lo que podía interesarle tanto”. Mi padre murió sin saber quiénes habían sido los anteriores y célebres inquilinos del piso en el que vivíamos.
Mi padre le tomó las medidas con la cinta amarilla que se colgaba del cuello, igual que si fuera el estetoscopio de los médicos. Él auscultaba la forma y los médicos el fondo. Picasso no prestó demasiada atención a las preguntas de mi padre. Miraba fijamente la atmósfera que permanecía quieta y condensada entre aquellas paredes, como si la estuviera radiografiando y a través de ella pudiera vislumbrar lo que ocurrió en ese lugar cincuenta años antes. Como si sus ojos tuvieran la facultad de penetrar a través de la niebla del tiempo. Cuando mi padre acabó de anotar las medidas, Picasso insistió en pagarle por adelantado. Antes de irse le pidió permiso para asomarse al taller. Aquel sótano, aquel agujero de hierro, aquella madriguera de la bohemia, aquel nido de artistas, se había convertido en una sastrería. Las esculturas habían sido sustituidas por máquinas de coser, las pinturas por jaboncillos con los que mi padre marcaba las telas, los lienzos por patrones. Picasso estuvo bastantes minutos curioseando el taller. Miró las pisadas de los gatos sobre las claraboyas. Los miembros de tela diseccionados. Aquellas mangas, piernas y espaldas eran iguales que cuadros. Se fijó en el suelo cubierto de retales y vio las piezas de un puzzle. Las personas somos puzzles, pensó. Desde aquel mismo taller, treinta años después, yo vería la sombra de los pies desnudos de Cristina Moslares sobre las claraboyas. Picasso abandonó el taller con la nostalgia de quien visita el territorio donde se asentó una gloriosa civilización de la cual ya no queda ni el más mínimo vestigio. Tampoco quedaba ningún rastro de gloria en ese taller en el que durante una época se reunieron los mejores artistas de aquella generación deslumbrante. Hoy no queda ni la huella de Cristina Moslares. Ni las pisadas de los gatos. Ni siquiera los actuales inquilinos del edificio saben que allí mismo, en ese agujero oscuro y húmedo, se congregaron los artistas más célebres de la ciudad y del mundo entero.
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