—Naturalmente, Christian. Y te lo agradezco, de veras. Aquellas charlas me vinieron bien. Había gente sencilla que había perdido a seres queridos. Había señoras mayores que se habían quedado viudas después de… varias décadas conviviendo con sus maridos, que además llevaban años jubilados, en muchos casos, y se habían acostumbrado a hacer las cosas juntos. Gente joven también que habían perdido a sus parejas, padres y madres que habían perdido a sus hijos…
—Vaya, Tom —musitó Christian—. Debe de ser… muy triste.
Hoult asintió.
—Sí que lo es —susurró—, pero… cuando vas a esos sitios, en realidad ya has hecho casi todo el trabajo. Es toda una declaración de intenciones, ¿sabes? Es como… «Estoy aquí, enfrentándome a esto, y no quiero seguir estando aquí, donde vive la tristeza y el no saber». Cuando vas a esos sitios, lo que en realidad estás diciendo es «Quiero salir de aquí. Quiero pasar página», así que, al final, lo haces, claro.
—Lo entiendo —dijo Christian—. Tiene sentido.
—Las charlas las ofrecían un grupo de voluntarios en un pequeño centro social en Newham. Casi siempre escuchaban y moderaban en el grupo, y eso… bueno, eso era lo que importaba, el dejar que la gente se desahogase mientras los escuchaban. Yo solía ir los martes y los jueves, pero por cosas de trabajo, una vez tuve que ir el sábado, y allí conocí… a la doctora Lalasa Kapoor.
—¿Ella… moderaba esos grupos? —preguntó Christian—. No sabía que hicieran esas cosas de psicología en Ciencias Humanas.
Tom sonrió, curvando mucho la boca.
—No hacen eso en… Ciencias Humanas, Christian. Pero es como lo del artículo de la revista: tampoco es fotógrafa. La doctora Kapoor tiene su actividad profesional y luego hace ese tipo de cosas, como ayudar a otros. Siempre para ayudar a otros. La doctora Kapoor fue un antes y un después. Escucharla hablar era conectar con algo, una parte importante de las cosas a la que normalmente no escuchamos. Es muy pequeña, una mujer muy pequeña, y tiene ese tono de piel aceitunado de la gente de la India que remarca el blanco de sus ojos…
—Vaya, Tom —exclamó Christian en voz baja, algo sorprendido—. No estarás…
—¿Enamorándome? —preguntó Tom—. No, Christian. Estaba hablando y… sabía que llegarías a esa conclusión, pero… No, en absoluto.
—Comprendo… Por tu manera de hablar parecía que…
—Sí. De eso va precisamente —dijo Hoult, pensativo, mientras movía el único hielo en su vaso—. Esa mujer pequeña, con el pelo negro que lleva como… como si creciera en su cabeza y, simplemente, cayera hacia los hombros, sin ninguna forma especial ni ningún toque de refinamiento, que viste como una europea y junta las manos al hablar mientras sonríe.
—¿Tiene ese… —Christian hizo un gesto con el dedo, moviéndolo cerca de su frente— punto rojo en la cabeza?
—Es india, no hinduista. Ni está casada. El bindi lo llevan los que pertenecen a la religión hindú.
—Vamos —dijo Christian, afable—. Tú tampoco lo sabías hasta que la has investigado.
Hoult sonrió.
—Es puro amor —siguió diciendo—. Su discurso es sencillo, es honesto. Te quedas embobado escuchándola hablar porque sus palabras fluyen.
—Dios mío, Tom —exclamó Christian con una sonrisa suave—. ¿Quieres que una mujer honesta trabaje con nosotros? ¿Te has vuelto loco?
Hoult rio con ganas.
—Exacto —comentó—. De eso se trata, me parece. Necesitamos a alguien de fuera que no sepa nada de lo que hacemos aquí.
—Eso lo entiendo —exclamó Christian.
—Además, ella tiene sus propias ideas sobre… lo que pasa cuando la vida termina aquí, ¿sabes?
—Budista, imagino…
Hoult negó con la cabeza.
—Tiene sus propias ideas, como te he dicho. Pero cree que hay fuerzas, cosas… operando en este mundo, y que no sabemos todavía medirlas, reconocerlas ni verlas. Bueno, al menos hasta hace poco.
Christian carraspeó y cogió el vaso vacío; luego, hizo un amago de ir a beber hasta que se dio cuenta que estaba vacío. Volvió a dejarlo sobre la mesa.
—Por el amor de Dios, Tom… —exclamó, pasándose una mano por la cara—. Todas estas cosas… ¿Estás diciéndome que crees en ellas?
Hoult inclinó la cabeza con suavidad.
—No lo sé, Christian. Es complicado. Estamos en los setenta ya, y el mundo ha cambiado mucho y muy rápidamente. Ahora tenemos esos cerebros electrónicos. ¿Has visto a Oliver intentando manejarse con esos Datapoint que nos han instalado en la oficina? Casi puedo verle poniéndole ojitos a la máquina de escribir porque no se ajusta a los cambios. Y todo cambia. En la radio suena Maggie May de Rod Stewart y te prometo que… suena tan diferente que a veces me pregunto en qué época vivimos; Rolls-Royce ha quebrado, hemos llegado a la Luna y lanzado una sonda a Marte y las mujeres celebran convenciones a favor de su liberación. ¡Ahora incluso nos divorciamos, Christian, con solo dos años de separación, y los carteros hacen huelgas! Si Miguel Strogoff levantara la cabeza…
—Sí —admitió Christian—. Todo cambia muy rápidamente…
—Los cerebros electrónicos, Christian. Los americanos han inventado una manera de enviar cartas a través de una máquina y llegarán al instante. ¿Te imaginas cómo cambiará eso el mundo?
—No me extraña que los carteros hagan huelga.
Hoult soltó una carcajada.
—Lo que quiero decir es que estamos ante una nueva frontera. Lo ves en la calle. En los jóvenes. Ya no son como nosotros, Christian. Tu hija Rose escribirá cartas a su novio usando un Datapoint, y leerá la respuesta al cabo de un par de horas.
—Jesús, Tom —protestó Christian—. Qué cosas tienes.
—Lo de estos fenómenos puede ser algo parecido, Christian. La doctora Lalasa Kapoor dijo algo así cuando hablaba de… de fantasmas, sí. ¡Digámoslo ya!
—Por el amor de Dios, Tom.
—Fantasmas. Kapoor dijo que la ciencia y la tecnología actuales no pueden medirlos, eso es todo, pero eso no significa que no existan. Hasta principios de siglo no sabíamos nada de los rayos gamma, pero ahí estaban.
Christian soltó una pequeña carcajada socarrona.
—Los rayos gamma… —repitió en voz baja.
—Que la ciencia y los fantasmas casen solo es cuestión de tiempo. No hay nada inexplicable, solo inexplicado. Y esa comunión ocurrirá algún día. Maldita sea, Christian… El conocimiento que ello conllevará provocará un cambio social sin precedentes.
—¿Estamos hablando de religión?
—Los que son religiosos se reafirmarán en sus creencias, y los que no… harán lo mismo también. En temas de religión, no creo que nada cambie.
—Oh, está bien —dijo Christian, y apartó el vaso vacío para recuperar sus papeles sobre la mesa—. Haz lo que creas. Estamos divagando. ¡Adelante, ve a por tu doctora! Busca tus fantasmas. Pídele a Susan un volante para la operación. No me importa tener varios enfoques sobre esto, la verdad, siempre que los tengamos todos. Yo seguiré organizando grupos. Quiero saber si todo este lío no es… alguna maniobra de nuestros amigos los rusos, o de Honecker. El maldito Honecker. Quién demonios sabe. ¡Hasta podrían ser los marcianos!
Hoult asintió con una sonrisa indescifrable.
—No lo descartemos, Christian. No lo descartemos.
***
La doctora Lalasa Kapoor era en verdad una mujer menuda. Tenía veinticinco años, pero parecía que tenía aún menos; veintidós tal vez, y alguien que la viera salir del edificio a esas horas podría preguntarse a dónde iba una adolescente como aquella. Pero bastaba asomarse un momento a sus ojos, a un algo indeterminado en su expresión, para comprender que aquella mujer había vivido cosas.
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