Jūza Unno - El secreto del alma número diez

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Ichihata Takao es un radioaficionado como cualquiera. Ha aprendido la diferencia entre la onda larga y la onda corta y cuenta con su propio laboratorio experimental:
el Ondulario.Takao trabaja en un gran comunicador que le permitirá comunicarse con la vida extraterrestre; pero su vida dará un giro inesperado cuando en lugar de comunicarse con marcianos, logre escuchar y comunicarse con una figura siniestra: el alma Número Diez.

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Ninomiya y Miki se turnaron frente al panel de control. Seguían las instrucciones de Takao para intentar sintonizar algo. Tampoco tuvieron éxito, pues el receptor no captaba las señales deseadas.

—El ruido se oye en todas las longitudes de onda, pero es más fuerte entre 5 y 70; y se suaviza al salir de ese rango —dijo Ninomiya.

—Es verdad. Creo que fuera de ese rango la resistencia del circuito aumenta bruscamente. Eso hace que allí baje el ruido —replicó Takao.

—¿Seguro? Tengo la impresión de que no se trata de un ruido común. En este caso hay una señal, pero no está en una sola longitud. Me parece que se están emitiendo señales en un rango amplio de longitudes. —Ninomiya miraba extrañado.

—Sí, pero igual es ruido.

—Creo lo mismo. —Miki concordaba con Takao.

Esa vez los tres jóvenes se separaron con ideas divididas. Esta era una discusión que no podrían resolver fácilmente con sus conocimientos y habilidades.

Cuando se fueron sus dos amigos, Takao se quedó solo en la caseta, intranquilo. Se puso a escuchar el ruido una vez más. Aunque no cabía duda de que era ruido, por alguna razón no podía sacarse de la cabeza la teoría de Ninomiya de que se trataba de una transmisión en un amplio rango de longitudes. Así que, resuelto, dejó la caseta, le avisó a su madre y salió de casa. Se dirigía a la casa del doctor Kōno, quien trabajaba como investigador en un laboratorio de electromagnetismo. El joven doctor Kōno era especialista en ondas de radio y Takao le debía su conversión a la radioafición. Eran como familia.

Las críticas del especialista

Takao consiguió que el doctor Kōno pasara por su casa ese mismo día, de regreso del laboratorio. Cuando se acercaba la hora de salida, Takao lo esperó un rato y luego partieron juntos a su casa.

Pasaron por el portón y cuando caminaban por el patio delantero, la madre de Takao abrió la puerta de vidrio del cuarto de tatami y asomó su rostro. Saludó de prisa al doctor.

—Oye, Takao. Tengo malas noticias —dijo palideciendo.

—¡¿Qué pasó?!

—En tu estudio. Hace un rato. Se oyó un alboroto y fui a mirar, y entonces…

Se quedó en ese punto, titubeando.

—¿Qué fue? Ya dímelo, rápido.

—Está todo desordenado. Habrá sido un gato vagabundo del vecindario que se descontroló dentro de la jaula metálica y lo estropeó todo.

—¡¿Cómo?! ¿Dentro de la jaula de metal?

Atónito, corrió hacia la caseta. El doctor y la madre lo siguieron lentamente.

El interior de la caseta era un verdadero desastre. Aunque era solamente en el interior de la jaula metálica, el receptor que Takao había construido con tanta dedicación estaba completamente arruinado. También la válvula termoiónica, que era tan importante, estaba prácticamente destruida. No había ningún gato, aunque la puerta sí estaba entreabierta.

«Maldita sea», pensó. Sí, había sido culpa de él no haber cerrado bien la puerta. Ante su irresponsabilidad no soltó una sola lágrima. Cuando abrió la puerta de malla y entró, encontró una cola de ratón en un rincón.

—Quizá había un nido de ratas aquí. Eso pudo haber atraído a algún gato. —Dio el problema por resuelto.

Entonces llegaron el doctor y la madre.

Takao le contó todo a Kōno; incluso lo de la violenta incursión del gato.

—Hmm, no se puede descartar del todo que la causa del ruido haya sido el nido de ratas, pero no puedo concluir nada sin haber podido echar a andar la instalación —dijo el doctor con su seriedad de académico, tras haberlo meditado un tanto.

—¡No quiero ni intentarlo! Mira como ha quedado. No creo poder rehacerlo.

—Ya, no te pongas así. Tienes que animarte y volver a intentarlo. Una investigación es como una prueba de resistencia. Si no tienes la paciencia, el éxito será siempre esquivo. De todos modos, invítame de nuevo cuando hayas logrado reinstalar todo. Veo que te has metido en terreno difícil. Si tienes planos de los circuitos o del diseño, puedo echarles un vistazo.

Mirando los planos, el especialista dio a Takao toda clase de indicaciones útiles.

—Bien, bien… Estás tratando de hacer un receptor con un método que nadie ha intentado antes. Precisamente por eso me parece interesante. Aunque no se sabe si lograrás manejarlo tú solo. Si sale algún ruido extraño deberías grabarlo. Así podrás analizarlo con detenimiento después. Puedo ayudarte con eso. Así que no te desanimes.

Habiendo dicho eso, salió de la caseta. Takao se fue a dormir, exhausto.

Al otro día Takao había recuperado completamente el ánimo. Como era domingo, estuvo desde temprano sin salir de su Ondulario. También llegaron Ninomiya y Miki, y entre los tres comenzaron a restaurar los aparatos que se habían arruinado en la escaramuza del gato con los ratones. Como pasó el día y no habían terminado, estimaron que el trabajo tomaría cuatro o cinco días.

Cuando sus amigos se hubieron retirado, Takao se quedó en el interior de la jaula metálica, ensimismado. Sin embargo, sintió de pronto un impulso irrefrenable de intentar explorar aún más el mundo de las ondas de radio. Con prisa armó circuitos provisorios con las partes sueltas que quedaban y luego salió de la jaula para activar —esta vez, tímidamente— el interruptor del panel.

No sabía qué señal sintonizaría porque no había hecho ningún ajuste en el receptor. O, más bien, ya ni siquiera sabía si el aparato iba a funcionar.

Se encendió la luz. “Ahora viene el ruido”, pensó. Esta vez, sin embargo, lo que salió del altavoz fue una voz humana. No era una voz cualquiera. Era imposible saber si se trataba de un hombre o de una mujer; era, en todo caso, una voz desagradable, como de lamentos o maldiciones.

¿Qué diablos era esa voz? Fue entonces cuando Takao descubrió las transmisiones de radio misteriosas.

Cavilaciones sobre un ruido

No había duda de que lo que salía del altavoz era una voz. No se sabía qué decía, pero sí que era una voz. «Un sonido extraño… ¡No! Una voz extraña».

Takao estaba contento. Movía los diales mientras escuchaba extasiado esos sonidos extraños. Lo que le satisfacía no eran las extrañas voces, sino su nuevo receptor que le había llevado tanto tiempo armar.

—Excelente, ¡excelente! ¡Por fin funciona!

Mientras se felicitaba a sí mismo con una sonrisa, pensaba en por qué funcionaba la instalación con cableado provisorio y no el circuito cuidadosamente diseñado.

—Qué extraño. Cuando hice el circuito original lo revisé tantas veces que no debería haber habido problemas con los cables.

No lograba entenderlo. Después revisaría con cuidado el circuito provisorio. Quería que quedase tal como el anterior, pero quizá había alguna diferencia. Le hubiera gustado revisarlo en ese momento, pero no tenía tiempo. Como sea, el transmisor ya estaba captando señales.

—Veamos… ¿Qué estará diciendo?

Fue solo entonces cuando Takao prestó atención a lo que salía por el altavoz, un fenómeno de señal misteriosa.

—Algo está diciendo. La entonación parece japonesa, pero no se entiende nada. ¡Ah! Además de distorsión, hay ruido mezclado. Intentaré eliminar el ruido.

Era la clase de ruido que se mezcla en las propias ondas. Takao conocía la técnica para deshacerse de él, así que trajo e instaló inmediatamente los dispositivos necesarios.

Al hacerlo, el sonido captado por el receptor se hizo más nítido. El desagradable ruido había desaparecido, pero lo que quedó fue una voz desarticulada. No era claro lo que decía.

No había manera de corregir la distorsión. Aunque la hubiese, el problema podría estar relacionado con defectos de las partes del aparato o de la válvula termoiónica. Takao ya los había examinado bien, por lo que estaba seguro de que la distorsión no se debía a su receptor. Se trataba entonces de un problema previo a la recepción.

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