Lourdes Mendez - El escocés dorado

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El escocés dorado: краткое содержание, описание и аннотация

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Lidia, una antropóloga de 47 años, desentierra una carta antigua dirigida al General San Martín que le cambiará la vida. A partir de ahí emprende una aventura donde descubrirá el deseo del Gral. San Martín de liberar Escocia junto a su amigo Lord James Duff, Conde de Fiffe. Atravesará la aventura junto a un apetecible galán escocés y una bella joven, transitando un tormentoso escenario de guerra, que cambiará la vida de los tres provocando un giro para todos, donde no solo estará en juego sus vidas, sino su libertad, amor y familia. Así se verán obligados a llevar a cabo lo que los antiguos próceres no pudieron concluir, liberar Escocia.

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— ¿Por qué está tolerable el frío? ¿No se supone que deberíamos morir de frío?— preguntó desconcertada Johan.

— A decir verdad, Johan, este es un día atípico, no suele verse el cielo despejado ni tan soleado en invierno, parece que su llegada trajo los buenos tiempos— dijo Duncan mientras le clavaba la mirada a Johanna con respeto, pero como hombre—. Casi estamos llegando, ¿trajiste algo para tomar notas?, mira que Heilin no es muy conversador, cada palabra que apuntes puede significar algo más, por lo cual pensándolo con calma puede servirte después.

— Sí, claro que traje, ¿acaso crees que soy una novata?— dijo Johanna lanzando así su segunda mentira.

A lo lejos se veía una pequeña casa, en realidad no era pequeña, pero al encontrarse en el inmenso verde que la rodeaba se perdía pareciendo más chica de lo que en verdad era. En su cercanía no se distinguía ninguna otra vivienda, como si esa fuese la única casa del prado, al menos así lo era hasta unos cuantos kilómetros.

No bien estuvieron a unos pasos de llegar a la antigua casa de madera blanca, salió de su interior el dueño del lugar para reunirse con ellos. El Sr. Heilin era un hombre robusto, su contextura física infundía temor a pesar de que su altura era diminuta; Duncan extendió la mano para saludarlo, ambos se tomaron de sus antebrazos con fuerzas para acercarse y chocar sus torsos en un saludo amistoso que lindaba con lo épico.

El hombre llevaba su kilt con los colores azules y pequeñas rayas amarillas, aparentaba unos setenta años, se preguntó cuál de los personajes de sus novelas tendría aquel tartán, sintió un profundo deseo de telefonear a sus amigas del club de lectura para que fueran a revisar los libros y pasar esa información.

Recordar el teléfono la alertó que no había llamado a Lidia no bien llegó, pensó que estaría preocupada o quizá hasta enojada, pero al visualizar la imagen de su regordeta vecina se enterneció restándole importancia, al fin y al cabo, esa adorable mujer no parecía tener el tipo de carácter para temer si se molestaba. Johan estaba convencida de que Lidia estaría en tranquilidad aguardando el llamado, entendería que lleva un tiempo acomodarse, conocer el lugar... aunque también acudió a la mente de Johan el momento en que Lidia le había recordado, en el aeropuerto antes de embarcar, al menos unos cientos de veces, que la llamara apenas la recogiera el escocés, así podía guiarla con su investigación, indicarle qué preguntar, qué detalles buscar.

Johanna, recordando todo eso, levantó los hombros respondiendo a sus propios pensamientos, restando importancia, «podrá esperar otro poco más», se dijo por dentro con segura armonía y terminando así su pensamiento en Lidia. Se acercó a Heilin que la observó sin disimulo de arriba abajo inspeccionándola con algo de duda en la mirada, mientras ella paseaba la mirada algo indiscreta en el gran porte de Duncan.

Se sirvió en la mesa un delicioso haggis7, los aromas de los condimentos se esparcían en el aire abriendo de manera rápida y voraz el apetito de todos, Johanna probó por primera vez aquel plato típico, el sabor intenso invadió su paladar, por un momento la joven que hasta hacía unas horas era muy refinada olvidó sus modales y se encontró comiendo a la par de los dos hombres que la acompañaban de manera ávida mientras hablaban de manera rústica con sus bocas llenas.

— ¿Esto lo hizo usted?— preguntó Johanna al viejo hombre.

— Como hace más de sesenta años.

— Es uno de los mejores sabores que probé en mi vida, ¿qué tiene?

— Se elabora a base de asaduras de cordero u oveja, mezcladas con cebollas picadas, harina de avena, hierbas y especias, todo ello embutido dentro de una bolsa hecha del estómago del animal.— Las mandíbulas de Johanna que no paraban de trabajar quedaron detenidas por un momento con el contenido en su boca.

— Pero cocido durante varias horas— replicó Heilin intentando retomar el incómodo momento que se reflejaba en la cara de Johanna.

— ¿Cuál es el problema, Johan?— le preguntó Duncan.

Johanna se percató de su cambio brusco y de cómo la estarían viendo los demás, por lo que, intentando simular que nada sucedía, hizo un gran esfuerzo por mascar el resto de comida que tenía en la boca y tragar.

— No hay problema alguno— respondió Johanna y miró de nuevo el plato y a los hombres que tenía en la mesa junto a ella, hizo una pausa pensativa y continuó—: Una tontería, me impresionó lo de... ¿una bolsa hecha del estómago del animal?— se oyó a sí misma y volvió a mirar el plato humeante, el aroma seguía siendo delicioso, rico, penetraba con tibieza las fosas nasales de la muchacha, nunca había tenido el placer de sentir que el sabor la acariciara con el aroma, de repente Johanna estalló en una carcajada—: Al demonio con los estómagos, después de un viaje tan largo... esto es mucho mejor que un asado— dijo mientras reía y continuó comiendo de la misma manera en que lo hacían los dos hombres antes de detenerse, olvidando completamente que hasta hacía un día atrás era vegetariana, y entregándose a la libertad.

— Dígame, Johan, ¿en qué puedo ayudarla? A decir verdad la esperaba ansioso desde que Duncan me pidió que la reciba por algo de una nota a mis antepasados.

En ese instante Johanna recordó para qué estaba allí, un temor copó su pecho como una descarga eléctrica, pensaba por dentro «¿qué digo? ¿Qué tenía que hacer?». Tomó el vaso que tenía al frente bebiendo de un sorbo todo su contenido e intentando apaciguar su nerviosismo, no tenía la remota idea de qué pretendía Lidia que le preguntara o hiciera en casa de ese hombre, pensaba que tendría más tiempo, que la comida sería tranquila, le mostraría el lugar y después de una larga charla de bienvenida con unos tragos ahí tendría oportunidad de llamar a Lidia, anotar en su móvil las preguntas, transmitirlas con un café de por medio para bajar la ensoñación que le producirían los anteriores tragos, pero no estaba sucediendo así y debía improvisar, rápido.

Maldijo por dentro mientras el silencio invadía la sala aguardando respuesta, una respuesta o pregunta que ella no tenía. Miró a Duncan y recordó cómo le mintió diciendo que era antropóloga, no quería quedar mal frente a ese hombre, pues le daba orgullo y algo más, no lo podía descifrar por qué, pero no quería quedar mal vista. Se sintió estúpida por no haber telefoneado a su debido momento a Lidia e informarse de su rol allí, que al fin y al cabo para eso estaba, para ayudar en la investigación a su vecina.

Vino como un destello fugaz una imagen de Lidia enviándole a su móvil algo sobre la investigación, si no hubiese estado pensando en ese momento en Dick le habría prestado más atención, pero en ese momento solo podía pensar en la reacción que tendría su marido cuando se enterara que se había ido a otro país, mejor dicho, a otro continente sola y sin haberle consultado.

— Permítame tomar mi cartera, allí tengo mi celular y puedo ser más concreta— dijo Johan para salir del paso.

Se volteó tomando la cartera que había dejado colgada en el respaldo de la silla; rebuscó entre sus pertenencias para hallar su móvil, cuando lo encontró, buscó entre sus mensajes a Lidia, solo había mandado unas fotos que nada le decían. Johanna se apretó los labios nerviosa, solo deseaba salir impune de esa situación, no quería quedar como idiota o farsante frente a Duncan. Intentó disparar una llamada, pero no tenía señal. No tuvo otra opción que volver a mirar las fotos que Lidia le pasó, a las que llamó por dentro furiosa «esta imbécil cosa», no tenía idea de qué decía, la rapidez mental de Johan la ayudó una vez más a dar otro paso. Acercó su móvil a Heilin y le enseñó la primera foto.

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