— No estás de humor— sentenció Dick, lo cual encendió una ira desconocida dentro de Johanna, y desapareció al pie de la escalera roja de furia.
Dick tomó su saco, se colocó los anteojos de sol y salió de la casa contento a realizar su labor, él sabía que ella había enfurecido, pero no se molestó en preocuparse por cómo estaría o si podría ayudarla, ese no era su problema, la vida que a él le gustaba lo esperaba afuera y no estaba dispuesto a no disfrutarla perdiendo el tiempo.
Ella sabía muy bien que él no la interrogaría para obtener explicaciones, quizá eso afirmó el cambio repentino y determinante en ella, sabía que para él ella no valía ese esfuerzo. Ambos en cierto modo eran muy jóvenes y orgullosos.
Johanna se cambió de ropa y hurgó entre sus prendas lo más feo que tenía para luego colocárselas. Recolectó todas sus finas ropas y las puso en grandes bolsas de basura. Salió luego de la casa y depositó todo en el container de basura.
En el jardín de al lado estaba Lidia intrigada mirando lo que hacía su joven vecina mientras les cambiaba las piedras a las cajas de sus gatos. Cuando cerró el container Johanna se sintió aliviada de tirar todo su hermoso vestuario, cuando se miró con las viejas calzas y remera desgastada se sonrió.
— Quiero ver tu cara Dick— se dijo mientras sonreía levantando la mano para saludar a su vecina.
Lidia se quedó pensando qué fue esa gran cantidad de bolsas que su vecina lanzó al container e ingresó luego a la casa con sus gatos.
Las dos sabían que algo iba a suceder, aunque no cuándo ni cómo. Pero lo que les esperaba ahora era mucho más de lo que jamás pudieron creer.
3
Lidia se encontraba en la habitación preparando una maleta con gran prolijidad, se dirigió al armario y con gran paciencia seleccionó cuidadosamente cada ropa, planchó obsesiva las prendas que se ajustaban como un papel a otro en la valija.
Caminaba de salida en su casa cuando sonó el teléfono, dudaba si atender o no ya que tenía temor en demorarse, por la madrugada despertó y había comprado un pasaje a Escocia, si nadie la apoyaba en la investigación y la hacían a un lado, pues sería ella misma la que se arriesgaría a tomar las riendas por su propia cuenta, sabía por dónde debía encarar aquella exploración y de lo que se sintió segura era de que nadie la detendría, investigaría en aquel viejo continente sin que nada se interponga entre esa hoja y ella. Se sintió aliviada de que había fotografiado y filmado todo lo que estaba en el papel. Mientras sonaba el teléfono de la casa se preguntó si sería importante y sobre todo quién la llamaría, ella no tenía familia ni amigos, su difícil y exigente trabajo nunca le permitió establecer vínculos que perduren en el tiempo, eso era lo que ella no tenía en ese preciso momento, tiempo.
La intriga pudo más con ella.
— Hola— dijo Lidia con curiosidad quedando en ese preciso momento en alerta al oír la voz de Rafael al otro lado de la línea.
— Hola, Lidia, soy Rafael, necesitamos que se acerque a la sede, es importante.
Ella se quedó en silencio y miró la maleta que llevaba en la otra mano asombrada por lo que oía.
— ¿Qué pasa?, en realidad... lo siento, señor, en este mismo momento estoy por tomar un vuelo al exterior— dijo Lidia.
— Se trata sobre su hallazgo, hay algo que debe saber— le respondió Rafael.
— Entonces voy a tener que pedirle que me lo diga ahora, realmente tengo que irme o perderé el vuelo, lo siento— dijo Lidia preocupada por el llamado.
— Eso no va poder ser posible debido al tipo de clasificación de la cual se trata. Esto podría cambiar la historia, es una oportunidad que le estoy brindando si desea ser parte de este acontecimiento, si no, señorita Rodríguez, la oportunidad termina acá y continuamos por nuestro lado. Esta llamada solo es a modo de cortesía para invitarla, entenderá que tampoco es necesaria para continuar y se lo digo con mucho respeto, este es un gesto por traer a nuestras manos la carta, si no lo toma no diga después que no se le avisó— dijo Rafael en tono amistoso, pero con advertencia a modo de informe.
Lidia cerró los ojos con frustración sin comprender por qué justo en el momento en que iba a partir se presentó ese asunto. Realmente estaba convencida de que las palabras de Rafael cuando la despidió la última vez eran reales, no bromeaba cuando la invitó a retirarse. «Pero claro que eran reales», pensó Lidia, ese hombre mayor que parecía ser el más grande del planeta no daría lugar a ningún tipo de chiste a esa altura de su vida. Sin duda también le surgió la idea de que el descubrimiento al cual la invitaba a participar era más grande de lo que ella misma pensó, si no jamás la hubiese invitado a formar parte de él.
Ahora la encrucijada de Lidia estaba en dos lugares y muy diferentes cada uno de ellos, pero sobre lo mismo. Uno en Escocia, donde ella estaba a punto de ir hasta que atendió el teléfono, y el otro en Buenos Aires, junto a la honorable junta directiva de la Asociación de Antropología, a la cual ella siempre admiró, sin saber el motivo, aunque tenía en claro en la mente que era importante y tenía que ver con su carta.
El dilema la invadió, sabía que debía responder de inmediato. Se preguntó por dentro «¿debía tomar el vuelo que la llevaría a Escocia?, ¿o debía quedarse en Buenos Aires para saber de qué se trataba la información tan celosamente guardada?».
Salió del pensamiento que la teñía de ansiedad cuando Rafael interrumpió con su quebrada y vieja voz el silencio de la conversación que habían iniciado un momento atrás.
— Señorita, ¿me oye?— insistió Rafael aguardando la respuesta. Lidia sabía que debía responder de inmediato, la intriga pudo más que la pesada maleta que sostenía de manera fuerte entre sus manos.
— Sí, doctor, muchas gracias por permitirme ser parte de esto, ahora mismo voy para allí.
Caminaba de un lado a otro tensa, sin saber si lo que hizo fue lo correcto. Tenía todo preparado para viajar a Escocia en un vuelo que en esos momentos sabía que perdería, al igual que el lugar donde hospedarse sin mencionar al escocés guía que había contratado y pagado para que la acompañara en su recorrido en aquel país.
— Todo echado a perder— dijo Lidia a punto de largarse a llorar—. ¿Y si la información no vale la pena o me vuelven a hacer a un lado?— se preguntó, pero algo en su interior la movilizó a decidir quedarse. Confiaba en ese sabio y viejo hombre, sabía que no se hubiese tomado la molestia de investigar la hoja, menos de llamarla si no era algo realmente grande—Hice lo correcto— se autoconvenció Lidia dirigiéndose a paso firme, pero nerviosa, a buscar su auto.
Mantenía en una mano las llaves del auto, en la otra la valija, por algún motivo no podía soltarla, la cargó en el baúl, quizá el instinto de supervivencia la obligó a mantenerla junto a ella hasta el final.
Se marchaba para reunirse con Rafael a la velocidad que se le permitía circular en aquel barrio privado, un barrio elegante pero aburrido, adinerado pero rebalsado de roedores bien sabía ella, salvo por su vecina Johanna; si bien la jovencita era molesta con los ruidos parecía ser la única que sabía o parecía disfrutar de la vida, al menos eso le parecía a Lidia, la sonrisa de la pequeña vecina era auténtica, así como cada estupidez que salía de vez en cuando de su boca.
Cuando estaba por salir del portal que separaba el barrio de la calle vio salir a pie del lugar a Johanna vestida muy desdichada, casi no la reconoció, no llevaba maquillaje y el gris de su vieja ropa nada tenía que ver con los colores pasteles que ella solía usar. «¿Qué le habría sucedido a su vecina?, ¿estaría de luto?», pasó por su mente. Pero la idea se marchó de prisa porque ya había visto a Johanna en el velorio de un vecino a dos manzanas de su casa y el atuendo que llevó en aquella ocasión era tan majestuoso como una duquesa vestida de negro brillando entre la multitud.
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