—Sí —me río—, ya he visto mi sueldo.
—Estoy seguro de que valdrá cada centavo.
Bien, no es un pervertido, porque esa frase no ha llevado ninguna carga erótica, así que no piensa ofrecerme semejante contrato laboral para que me acueste con él.
Vamos, Janna… como si no fuera suficiente con pedírtelo, perra. Seguro que, si te dijera arrodíllate, estarías sacando la lengua a por el hueso.
Me aclaro la garganta y me abanico con la mano. Mi voz interior hoy tiene la lengua muy suelta. De pronto creo que James Stemphelton está demasiado cerca.
—¿No hace calor aquí?
—¿Tú crees?
Lo miro con incertidumbre y me encojo de hombros.
—Bueno, exactamente… ¿a qué voy a acostumbrarme? ¿Trabajaré en esta planta?
Él me mira enigmático y aunque su mirada azul no ha perdido brillo, sí que noto algo diferente.
—Te buscaremos un despacho… cerca del mío.
Eso hace que me acalore todavía más, pero qué le vamos a hacer, no voy a largarme de ese sofá, ni a separarme de mi jefe, ni muerta.
—Eso será fantástico.
—Y tengo una oferta para ti que no podrás rechazar…
¡Problemas! ¡Problemas! ¿A qué viene esa mirada? ¿Es mirada de sexo o a bizqueado?
Me acerco un poco y… ¡Altoooo! El tipo huele demasiado bien.
—Joder…
—¿Que?
—Nada. —Rio nerviosa e intento levantarme del sofá, pero entonces una de sus perfectas manos me toma de la mía.
—¿Te sientes incómoda? ¿Te has pensado mejor lo de trabajar en el proyecto de Cadwell?
¡Dios! ¡El proyecto de Cadwell… Sí, hablemos de eso. Desde luego es lo único que puede distraerme de lo bueno que está mi jefe y de todas las cosas que le haría.
—El proyecto de Cadwell.
Él asiente, pero veo claramente que no está muy hablador.
—¿Qué problema hay con el proyecto?
Es solo una milésima de segundo, pero se da cuenta de que Tina no me ha contado nada, y claramente no sabe si reír o enfadarse. Ladea la cabeza y se siente francamente agotado.
Opta por las dos opciones.
—Tina es de lo que no hay. Si no fuera la mejor…
Otro gallo le cantaría, eso seguro.
De pronto se pone en pie, mira la carpeta, la que lleva el contrato con mi firma, y él también estampa la suya.
Se queda de pie observándome, justo frente a mí.
No te sientes incómoda ni nada por el estilo. Los tipos que te intimidan o suelen pasarse de la raya, los manejas con mucha destreza, pero este no es el caso. Porque darías todo el helado de chocolate que guardas en el congelador para que él no se alejara ni un milímetro.
Entonces ves su expresión.
Quiere decirte algo.
Otra vez suenan las alarmas en tu cabeza.
Tragas saliva.
—¿Tan malo es? —pregunto un tanto acojonada.
Con un sueño cumplido como el de tener un supertrabajo en la empresa Stemphelton y ese sueldazo, algo malo tiene que pasarme, quizás me caiga por el hueco del ascensor o algo así. Pero él no parece darle mucha importancia a mi preocupación.
—¿El qué?
—Lo que vas a pedirme. El problema con el proyecto. ¿Hay cadáveres en el solar? ¿Tengo que esconderlos en un pozo ciego?
James se ríe y el ambiente se relaja.
—No, no es eso, nada tan grave —carraspea—. Pero…
Ahí está.
Algo está pasando, lo veo en su cara. Claramente ha perdido valor, así que retrocede un paso, dos…
¿Qué hace?, ¿huye?
Veo cómo se acerca a la mesa de Tina y alarga la mano para apretar un botón del teléfono.
—Tina.
Tiene puesto el altavoz. No parece haber respuesta al otro lado de la línea, pero oigo su respiración.
—¿Ya se lo has dicho?
Me pongo tensa, pero él me mira con su arrebatadora sonrisa y menea la cabeza. ¡Le está quitando importancia al tema!
—¿Lo que te he dicho que le dijeras? No, no. Lo haremos en la reunión.
—No me parece una buena idea.
—A mí empieza a no parecerme buena idea tenerte como secretaria.
—No soy secretaria y si lo fuera… Eso es una mentira como un templo, pero lo pasaré por alto. Sé que no quieres bajarme la autoestima.
—Como si eso fuera posible, pelirroja.
Me quedo con la boca abierta por su total confianza.
—Antes de hablar de Cadwell, hablaremos con Clark. Dile a ese cretino que venga inmediatamente a tu despacho.
—¿Quieres reunirte en el tuyo? Yo estaba leyendo una primera edición de…
—¡Cállate ya y tráemelo a tu despacho!
—A la orden jefe.
El tono autoritario no engaña a nadie. Esos dos se adoran.
Después de apretar un botón, James Stemphelton se sienta sobre una de las esquinas de la mesa y se me queda mirando con su traje de cinco mil dólares, parece querer hablarme de algo, pero una vez más se arrepiente.
Se hace un silencio, pero no es demasiado incómodo, porque apenas soy consciente de ello. Estoy demasiado ocupada observando sus anchos hombros, su cintura estrecha y cómo la tela de sus pantalones se tensa sobre sus muslos y deja entrever claramente que está bien dotado…
Genial, Janna, sigue mirando el paquete al jefe, a ver cómo termina el día.
Pero imaginarte el jefe desnudo al menos ha hecho que te olvides de Clark por unos minutos. Al recordar que está a punto de entrar por esa puerta, se te muda la expresión.
Se escuchan unos golpes sobre la puerta de vidrio.
Es Tina, la abre un poquito y le sonríe a James.
—El imbécil ya está aquí —le susurra bajito.
Al parecer, Tina está encantada con la tarea encomendada de traer a Clark.
Te muerdes el labio inferior, de pronto preocupada ante la inminente llegada de tu antiguo jefe de área.
—¿Quería verme, señor Stemphelton?
—Así es.
Cuando Clark entra, ves que no tienes de qué preocuparte. Te das cuenta de dos cosas: la voz de James ha bajado gravemente y Clark está más sorprendido que tú de verte.
Como una buena chica me mantengo en mi sitio y dejo que el tiburón haga su trabajo y se coma al pez pequeño.
Clark suda.
Diooos… esto es como una peli. Solo me faltan las palomitas.
Es evidente que Clark intenta averiguar qué está pasando.
—¿Janna?
Me encojo de hombros. No seré yo quien le explique qué hago aquí.
Por el rabillo del ojo veo cómo Tina saca la cabeza, unos centímetros para ver mejor. ¡Está espiando!¡Madre mía!, pelirroja.
Bien, tú también lo harías , dice mi voz interior. Y tiene razón.
Clark no está muy animado al ver el informe sobre la mesa de James.
¡Sorpresa, capullo!
—¡Oh!
James no pierde la compostura, pero se aparta de la mesa y se acerca a Clark, alisándose la americana de su traje italiano.
—Sí, oh. —La desgana con que James habla me agrada, hasta me saca una sonrisa.
Tina, por su parte, ríe y al segundo se tapa la boca y desaparece de la puerta, volviéndose a esconder.
—Señor Stemph…
—¿Es este el informe que esta misma mañana has intentado colarme como tuyo?
Toma ya, ese es mi chico… digo jefe. ¡Bien por el señor Stemphelton! ¡Ponlo en su sitio cariño!
Me emociono y tengo que hacer un gran esfuerzo para no frotarme las manos por la anticipación.
—No contestes —le dice James—, creo que sé la respuesta. Al igual que sé que me intentaste colar el de hace dos meses… ¿cómo se llamaba al tipo que despediste? ¿Robert?
Dios mío, entonces me doy cuenta.
Ha despedido a los técnicos que han estado trabajando para él para apoderarse de todas sus buenas ideas.
Me pongo de pie y lo miro con desprecio.
—Eres un cabrón. —Le señalo con el dedo y veo cómo ambos hombres me miran sin decir nada, pero fuera, tras la puerta de cristal, Tina aplaude y asiente con la cabeza.
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