—Qué lástima que el señor Stemphelton tenga a cargo del departamento a alguien tan incompetente y tirano.
Se escuchan unos uuuhuuu por lo bajini en la sala.
Clark se pone rojo como una manzana madura, pero no dice nada, solo mira alrededor, sabe que muchos están de mi parte.
—Lárguese, cuanto antes mejor.
Se da media vuelta y se marcha de nuevo, pero no a su despacho acristalado donde todo el mundo puede verlo, sino a la sala de descanso, seguramente a por un maldito mocaccino .
—Joder…
No voy a darme por vencida.
—¿Qué vas a hacer? —me dice Claudia.
Me encojo de hombros al borde de las lágrimas.
—No lo sé. —Recojo la carpeta y tengo muy claro que ningún gilipollas me va a decir que no tengo talento—. Pero esto no va a quedar así.
Salgo de la sala con los ojos de todo el departamento puestos en mí. Claro, al hacerlo no soy nada consciente de que a Claudia le falta tiempo para coger el teléfono y llamar a donde llama cuando hay problemas.
—Tina… No te lo vas a creer.
Me dirijo a recepción del edificio. Ahí estoy desubicada, con el bolso colgando de mi hombro y sin saber muy bien qué hacer.
Me paro en medio de todo y respiro hondo. No sé cuánto tiempo ha pasado hasta que miro mi reloj de pulsera. ¡Veinte minutos! Menuda ida de olla.
Suspiro, tomo aire, carraspeo, suspiro de nuevo…
Hay dos opciones, salir de allí con el rabo entre las piernas, y con mi portafolios, que seguramente sí es objeto de demanda. O… Tu tronco se gira y miras el ascensor.
El triángulo rojo que baja, luego se apaga y se abren las puertas.
Janna, escucha la voz de su abuela , me digo, en esta vida solo hay dos direcciones: o subes o bajas.
—Pues subo.
Pero antes de poder poner un pie dentro ves que alguien intenta salir.
El hombre más guapo e increíble del mundo. Lo reconoces enseguida: James Stemphelton.
—Señor Stemphelton.
Suspira simple mortal. Es como un dios bajado del Olimpo.
Él te mira y sonríe. Pero, no una sonrisa de suficiencia, ni una de esas que quieren intimidar o despreciar. Nooo… es de esas que buscan ser encantador. De esas que tu abuela aprobaría. Oyes su voz de nuevo en tu cabeza: A eso se le llama un buen mozo, a por él, pequeña Janna Bannana.
Carraspeo.
—Joder, sí lo es.
—¿Perdón?
Sí, yo y mi manía de hablar en voz alta.
—Disculpe, ¿qué? —le digo totalmente intimidada por su altura y la espesura de su mata de pelo rubio.
—Ese joder… ¿ha salido de algo que he dicho? —me pregunta él inocente.
—Pero si no ha dicho nada.
Sonrío como una idiota, porque eso es lo que soy. Una idiota que suele hablar en voz alta en los momentos más apropiados.
—Señorita Roberts…
Me congelo y James Stemphelton deja de hablar con un movimiento de cabeza, que deja claro que no quiere que salga huyendo, algo que sin duda quiero hacer.
¿He escuchado bien?
—¿Sí? —vacilo.
¿Cómo demonios el CEO de la empresa donde trabajo sabe mi nombre?
Él pone una mano en la puerta del ascensor cuando este está a punto de cerrarse, James la mantiene abierta y por primera vez en mi vida no sé qué hacer.
—¿Subes o bajas?
Pues joder… la abuela me mataría si no subiera.
Aprietas la carpeta contra el pecho con tu proyecto.
Necesitas que él, el verdadero jefe, te diga a la cara que son una mierda, un descarte que no vale nada. Necesitas saber del jefe y no del incompetente de Clark, que necesitas mejorar mucho.
—Solo subía para… hablar con usted.
Oigo los aplausos de mi abuela en la cabeza. Estaría orgullosa.
—Bien… —dice él con unos ojos cálidos y una sonrisa perenne en la boca—, que casualidad… yo solo bajaba para hablar con usted.
Siento cómo mi mandíbula se desencaja y espero que no haya llegado al suelo.
¡Joder! ¿Por qué?
—¿Y bien? —Sus ojos azules me nublan el entendimiento—. ¿Subes?
—¿Yo? — Sí, tú ¡Idiota! Sube con el jefe buenorro me ordena mi voz interior—. Sí, sí, ya voy.
Doy un paso hacia delante.
Aún faltan un par de horas para que la avalancha de gente salga de la oficina para almorzar, quizás es por eso por lo que estemos solos en el ascensor.
Uno bastante grande, aunque su tamaño parece reducirse cuando las puertas metálicas se cierran.
Siento algo de vértigo cuando se pone en marcha.
Estoy a su lado, uno junto al otro. Es inevitable. Lo miro de reojo y él sonríe mirando al frente.
¡Me ha pillado!
—Son los hombros —me explico, porque el tamaño de esa caja metálica parece haberse reducido a la mitad.
—¿Mis hombros? —pregunta él volteando la cabeza hacia mí.
Lo hace sin perder la sonrisa y siento que me tiemblan las piernas.
¡Otra vez hablando cuando no toca! Dios mío, nunca aprenderé.
—Pensaba que el ascensor es grande, pero se ve pequeño…
—¿Por mis hombros?
Por los míos seguro que no es.
—Es posible.
Él se mira el traje caro, menea la cabeza y se mira el hombro izquierdo con detenimiento. El que está más cerca de mí. Luego sus ojazos azules vuelan a mi rostro.
¡Peeeerfecto! Estoy roja como un tomate. ¿Puede ser todo más humillante?
—Jamás me paré a pensar en el tamaño de mis hombros.
Pues fijo que no entras por la puerta de mi apartamento.
—Suele ocurrir —contesto educada.
—No suelen tomarme por un gigante.
A saber lo que tienes gigante.
¡Bastaaaaaa!
—No, no lo es. Es que parece grande.
Intento excusarme, de nuevo he metido la pata. Esas palabras son fácilmente malinterpretables, de hecho seguro que eso ha sonado fatal porque se está riendo.
—Quizás estás demasiado cerca.
¿Estoy demasiado cerca? Pues quizás sí.
Puedo oler su colonia… Dios, huele tan bien, y sus cabellos rubios, tienen unos matices que de lejos no se aprecian, pero de cerca… sí un dios del monte Olimpo seguro que envidiaría ese pelazo. Pero sí. Definitivamente el olor es lo mejor.
Entonces abro los ojos y me veo muy cerca de su traje de chaqueta.
¡Le estás oliendo el hombro! ¿Le estás oliendo el hombro puta loca?
—Estoy… demasiado cerca.
El jefazo del edificio de sesenta plantas tiene razón. Estoy muy cerca.
—Muy cerca.
Trago saliva cuando su sonrisa se vuelve juguetona.
¿Está coqueteando conmigo?
Meneo la cabeza y miro al frente. ¿Qué coño va a estar coqueteando contigo un billonario buenorro?
Carraspeo. Pero el perfume sigue flotando en el ambiente, y juro y perjuro, que no es de ningún otro tío que haya estado antes en el ascensor. Cierro los ojos por un instante y su aroma me afecta. Ese olor masculino hace que se me doblen las rodillas.
Retrocedo. Más lejos, Janna, ponte más lejos.
Me apoyo en la otra parte del ascensor, ahora nos separan más de dos metros, y a pesar de mis tonterías él no deja de sonreír. No sé si es una buena señal.
—¿Se marea?
Meneo la cabeza, pero paro enseguida. Si le digo que no pensará que quiero estar lo más lejos posible de él. Y señor… no quiero estar muy lejos. De hecho, me gustaría estar muy cerquita… lo más cerquita que puedas, cariño . Escucho la voz de mi abuela dándome consejos para ligar y sé que estoy perdiendo la chaveta.
Necesito distraerme.
—¿Cómo sabe mi nombre?
Él vuelve la vista al frente, pero no pierde su buen humor cuando casi hemos llegado a la última planta.
—Podría decir que me sé todos los nombres de los empleados de la empresa.
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