La fecundidad de la pareja así expresada no se restringe a la mera concepción de una nueva vida, pues pueden tenerse vidas perfectamente estériles con hijos. No podemos dar por supuestas las vidas fecundas de todos los que tienen hijos, como tampoco podemos afirmar la esterilidad de vida de quienes no los tienen. Es necesaria la acogida incondicional desde el principio hasta el final, la entrega desinteresada, el cuidado del hijo que ha sido regalado como un don para el mundo y no como un premio personal.
2) Dejar huella en la sociedad (AL 181). Ser parejas que, en el ámbito privado y en el público, apuesten por la vida con responsabilidad social y solidaria hacia los más vulnerables. Solo así podremos participar de algún modo de la fecundidad de Dios, siendo fieles a la vocación que nos ha dado para poder prolongar su amor allí donde nos encontremos. Hay familias cristianas que engendran vida allá donde se encuentran: en los trabajos de los padres, en las escuelas de los hijos, en los vecinos del barrio. Todos sabemos reconocerlas porque nos han dejado huella. No se trata de ser extrañamente «demasiado diferentes» (AL 182), sino más bien misericordiosamente semejantes a todos. Esa es la fecundidad que también estamos llamados a vivir, en la que tenemos que ejercitar a los chicos a los que queremos educar.
3) Sanar heridas de los abandonados (AL 183). En línea con lo anterior se nos invita a instaurar la cultura del encuentro con quienes son excluidos de la sociedad y prácticamente de la vida. Podemos educar a nuestros chicos en esta fecundidad desde bien pequeños, luchando por la justicia de Dios, que nos quiere a todos sus hijos por igual. Quienes aprenden a hacerse cargo de las vidas de los lejanos como sus propios hermanos fácilmente serán en su momento grandes padres de aquellos que nacen de la expresión de su amor. Aprender a ser hermano de todos es la mejor lección para, algún día, poder ser padre o madre de los suyos. También desde el compromiso con los más desfavorecidos podemos estar educando el amor cristiano de pareja.
4) Dar testimonio de la fe con la propia vida y con las palabras (AL 184). Como lo hiciera Jesús, como lo han hecho tantos cristianos desde los primeros siglos hasta nuestros días, podemos dar vida dando testimonio de nuestra fe con gestos y palabras. En nuestras cada vez más secularizadas sociedades, hablar de Jesús o tomar determinadas opciones explícitamente cristianas puede resultar algo extraño, comprometido o incluso arriesgado. Solo decir que perteneces a grupos de Iglesia o parroquiales, que estudias en un colegio religioso, que vas a misa los domingos o, simplemente, que estás esperando tu tercer o cuarto hijo te puede convertir en ese momento en el centro de miradas, prejuicios, especulaciones que a cualquiera incomoda, porque puede tener consecuencias, y no precisamente positivas.
Aún es posible despertar en los demás el deseo de Dios con nuestros gestos y palabras, atizar un poco los rescoldos de la búsqueda de sentido que tanto expresa nuestra sociedad, para, desde ahí, mostrar el mensaje de profunda libertad y amor sin fronteras que hemos descubierto en Jesús de Nazaret. Hoy, mucho más que en los primeros siglos, tenemos testimonios de miles de cristianos cuyas vidas han llegado a ser eternamente fecundas, no tanto por dar vida, sino por entregar sus vidas por su fe, mártires del siglo XXI. Quizá a nosotros solo se nos pida el martirio diario de nuestra cotidianidad entregada, pero también tenemos que educar para serlo en otros contextos, los que el devenir de los tiempos nos depare.
5) Vivir una castidad fecunda «que engendre hijos espirituales a la Iglesia» 7. Se trata, como dice Francisco, de engrandecer con la castidad la libertad de entregarse a Dios y al mundo, «con la ternura, la misericordia y la cercanía de Cristo». Será mejor dejar a hablar al papa jesuita con la claridad de sus expresiones:
Pero, por favor, una castidad «fecunda», una castidad que engendre hijos espirituales en la Iglesia. La consagrada es madre, debe ser madre y no «solterona». Perdonadme si hablo así, pero es importante esta maternidad en la vida consagrada, esta fecundidad. Que esta alegría de la fecundidad espiritual anime vuestra existencia: sed madres, como figura de María Madre y de la Iglesia Madre.
Cuando, a lo largo de estas páginas, hablemos de defender la vida, no podremos ya decir legítimamente que estemos hablando solo de la vida biológica, de los hijos. Como vemos, la fecundidad para los cristianos es algo mucho más grande, más profundo, más eterno.
4. La verdad
Pocas cosas molestan tanto a los adolescentes y jóvenes como la mentira. Es una especie de resorte común a todos que les hace saltar y por el que se puede perder definitivamente toda la confianza o la amistad ganada durante mucho tiempo, con esfuerzo y tesón. Pareciera que, con los años, vamos aprendiendo a convivir con la mentira; no solo eso, esta puede llegar a formar parte indispensable de la construcción social.
La verdad en el amor es el mejor proyecto educativo que podemos ofrecer a nuestros chicos: conocer y reconocer la verdad de lo que somos y amamos para, en un segundo momento, expresar con el lenguaje verbal y erótico la verdad de lo que sentimos y a lo que nos comprometemos. Esa es la clave de comprensión de las infinitas expresiones de amor que caben en una pareja, con desbordante creatividad y libertad entregada.
La verdad del amor adolescente es precisamente esa: un amor que «adolece» de entrega, definitividad y compromiso. No puede ni debe ser un amor definitivamente entregado y generosamente gratuito, porque no están preparados ni física ni psicológicamente para ello. La verdad del amor joven tiene también sus peculiaridades, como las tiene el amor en períodos de enfermedad física, vivido en la ancianidad o expresado en la discapacidad.
Descubrir la verdad del propio amor es una tarea que nos llevará toda la vida y que requiere un esfuerzo redoblado: por un lado, conocernos y reconocernos en la verdad que soy y que amo, y, por otro, conocer y reconocer la verdad del amor de la pareja. Un mismo canto de amor a dos voces, afinadas, armónicas, acordes, preparadas para expresar –también eróticamente– el amor que les une.
Para trabajar
Es bueno poner experiencia, vida, carne a algunos conceptos que difícilmente pueden comprenderse de otro modo. Hemos visto cómo algo tan maravilloso como es el amor puede presentarse a otros como algo tan desencarnado que contradice en su esencia a aquello que pretende definir 8. Curiosamente, ocurriría lo mismo si recurrimos al Diccionario de la Real Academia para conocer qué es el amor, la vida, la verdad, el tú.
Pongamos como ejemplo a Leola, protagonista de una preciosa novela de Rosa Montero, Historia del rey transparente 9. Esta campesina adolescente del siglo XII, cuando aprende a leer y escribir, decide escribir lo que ella llama el «Libro de todas las palabras», donde va anotando, a modo de estribillo que atraviesa todo el libro, las definiciones de las grandes palabras. Pero, eso sí, unas definiciones diferentes, nacidas de la experiencia y de los afectos. Veamos algunas:
El amor: sueño que se sueña con los ojos abiertos. Dios en las entrañas (y que Dios me perdone). Vivir desterrado de ti, instalado en la cabeza, en la respiración, en la piel del otro; y que ese lugar sea el paraíso.
La vida: un relámpago de luz en la eternidad de las tinieblas.
Quizá invitar a escribir el propio «libro de todas las palabras» pueda ser un buen ejercicio para reconocer quiénes somos, qué deseamos fervientemente y qué experiencias nos han marcado el sentido de todas las cosas. Hemos de ser modestos; quizá podemos comenzar con estas que aquí hemos desarrollado –tú, amor, vida, verdad– y, quién sabe, continuar regalando al mundo una palabra, «la mejor de todas», como hizo Nyneve a Leola, haciéndole una recomendación: «Acuérdate de esta palabra, mi Leola. Y, cuando te acuerdes, piensa también un poco en mí».
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