¿Quién que haya estado enamorado alguna vez definiría hoy el amor de pareja como «íntimo afecto del alma» y cuyas obras de ayuda mutua son en orden a la «formación y perfeccionamiento del hombre interior»? Décadas de pensamiento filosófico personalista, de desarrollo del saber psicológico, de descubrimiento y valoración de la afectividad humana han hecho hoy prácticamente irreconocible esta definición del amor de pareja. También parece muy alejada del himno al amor de san Pablo (1 Cor 13) y que el papa Francisco ha recuperado en su Exhortación Amoris laetitia. En este mismo documento encontramos un concepto de amor mucho más reconocible, sobre todo por los adolescentes y jóvenes que apenas estrenan sus primeras relaciones libremente elegidas en una amistad que se percibe como eterna y verdadera. Veamos los términos:
Después del amor que nos une a Dios, el amor conyugal es la «máxima amistad». Es una unión que tiene todas las características de una buena amistad: búsqueda del bien del otro, reciprocidad, intimidad, ternura, estabilidad y una semejanza entre los amigos que se va construyendo con la vida compartida. Pero el matrimonio agrega a todo ello una exclusividad indisoluble que se expresa en el proyecto estable de compartir y construir juntos toda la existencia (AL 123).
A menudo nos esforzamos por enseñar –en la teoría– lo maravillosamente divino que hay en el amor de pareja, olvidando mostrar –en lo práctico– lo fantásticamente humano que hay en él, esa inigualable amistad que los llevará de la mano hasta compartir toda una vida, unos sueños, un proyecto, una familia. Hasta llegar ahí, aún queda mucho camino por recorrer, un camino que comienza precisamente en la amistad que ya viven y saben reconocer.
El amor de pareja tiene otra peculiaridad que lo distingue ciertamente de cualquier otra relación interpersonal: necesita expresarse, de mil maneras, pero sobre todo eróticamente. Así lo reflejaba el texto del Génesis al concluir que de la unión del varón y la mujer «se hacen una sola carne». Lo serán, lo irán siendo paulatinamente, en un proceso gradual que durará toda la vida. Un camino que comienza con la autonomía de dos personas que se aman y culmina en la comunión en el amor de quien ya no se comprende a sí mismo sin la otra persona.
Es importante dar a la expresión erótica del amor todo su valor, no caer en la minusvaloración en que ha sido relegada secularmente, como una suerte de embaucadora del raciocinio. Tampoco podemos sucumbir a la sobrevaloración que los medios nos imponen desde hace décadas, como si por sí misma pudiera dar sentido al instante, sin tener en cuenta la totalidad de lo que somos y estamos llamados a ser los dos. El papa Francisco nos recuerda que «un amor sin placer ni pasión no es suficiente para simbolizar la unión del corazón humano con Dios» (AL 142). Si el amor de pareja es reflejo del amor que Dios nos tiene, lo será realmente en toda su estructura y su expresión, también en el placer y la pasión, como han repetido insistentemente los místicos.
La expresión del amor de pareja, como todo lenguaje, deberá expresar con verdad aquello que el corazón lleve y, como no puede ser de otra manera, será un amor en crecimiento, gradual, que culminará con la más íntima expresión de amor que se abre a la vida. Posteriormente, la clave estará en «tener la libertad para aceptar que el placer encuentre otras formas de expresión en los distintos momentos de la vida, de acuerdo con las necesidades del amor mutuo» (AL 142). Eso es: libertad para aceptar lo que la vida nos trae y conformar nuestra expresión de amor al bien mutuo, al bien del otro. Volveremos sobre ello cuando abordemos la cuestión de las relaciones prematrimoniales.
En definitiva, somos seres creados a imagen y semejanza de un Dios que es amor, que solo estamos completos en nuestra creación con «otros», seres humanos que son un regalo tomado de mi propia naturaleza, de mi lado, creados para dar sentido a nuestra existencia y confrontarnos en ella. Somos seres sexuados que, en nuestras relaciones de pareja, estamos llamados a crecer juntos en un camino que durará toda la vida, hasta ser una sola carne en el amor, comunión de vida y amor que se expresa en verdad, también eróticamente.
El amor vivido en las parejas cristianas será el objeto directo de todo este libro, en sus diferentes manifestaciones y ámbitos que pueden generar sentido y confusión al mismo tiempo. Podríamos dedicar muchas páginas a recoger lo que tan extensa y bellamente desarrolló Juan Pablo II en sus catequesis de los miércoles entre 1979 y 1984, o la profunda sabiduría de Benedicto XVI al desentrañar en su encíclica Deus caritas est todas las dimensiones del amor cristiano, también el erótico. Pero no. Si queremos ayudar a los que comienzan a descubrir el amor de pareja, tendremos que hacerlo desde abajo, desde sus dudas y certezas, sus confusiones y claridades, sus paradójicos sentimientos e interrogantes que buscan en nosotros respuesta.
3. La vida
Comunidad de amor y de vida, para la vida, generadora de vida. Así hemos visto que el Concilio Vaticano II llamó al matrimonio (cf. GS 48). No trataremos aquí de definir la vida biológica, tampoco de determinar sus confines, pues, siendo cuestiones clave para la reflexión bioética, son muy tangenciales para el discernimiento del amor cristiano. La pareja está llamada a soñar juntos la vida, tarea que solo puede emprenderse cuando, también juntos, se aprenda a entregarla como padre y madre y se esté dispuesto a hacerse cargo de ella para siempre, en cualquier circunstancia.
El amor cristiano ama la vida, toda la vida, porque reconoce en ella un regalo de Dios que no nos pertenece. Toda vida es regalo de Dios, también la vida discapacitada, la no nacida, la que se apaga, la vida en el olvido –de sí mismo y de su entorno– y, por qué no, la vida no humana. De nuevo nos encontramos ante nuestra imagen y semejanza de un Dios que, siendo amor, dio vida a todo lo creado. Porque el amor humano, profundamente cristiano, es siempre generador de vida, siempre.
Es importante enmarcar bien de qué hablamos cuando decimos «vida» en este contexto. «Vida» es, por supuesto y en primer lugar, los hijos que nacen del amor de una pareja, sí, pero no solo. Hay diferentes maneras de ser fecundos en el amor, como bien señaló Francisco, pues «la maternidad no es una realidad exclusivamente biológica, sino que se expresa de diversas maneras» (AL 178). Por ello es más que evidente que, al decir que el amor humano es siempre generador de vida, no podemos inferir que todo amor humano tiene que ser fecundo de vida biológica; que, cuando no puede haber hijos, no es realmente amor humano; que solo es fecundo quien tiene pareja. Es decir, es falso afirmar –pues nunca en la enseñanza cristiana se ha dicho– que no puede haber parejas estériles o matrimonios ancianos, porque su amor, naturalmente, no es fecundo; que las parejas que no pueden tener hijos no puedan entonces expresar su amor; que las personas solteras o consagradas no puedan tener vidas fecundas o «dar vida» de otra manera.
El papa Francisco nos enseña a descubrir las diferentes formas de ser fecundos, de «dar vida», que toda pareja puede plantearse discerniendo las circunstancias, el bien de todos, los valores de ambos, las posibilidades que la naturaleza les brinda:
1) Generar y acoger la vida de los hijos (AL 166). Es la comprensión más extendida, la más evidente y, quizá en nuestros días, la más puesta en cuestión. El amor «no se agota dentro de la pareja [...] Los cónyuges, a la vez que se dan entre sí, dan más allá de sí mismos la realidad del hijo, reflejo viviente del amor, signo permanente de la unidad conyugal y síntesis viva e inseparable del padre y de la madre» (AL 165).
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