Encendimos el motor y el reloj del coche se encendió. Ya eran más de las once. Era como si fuéramos las dos únicas criaturas vivas en un mundo muerto y silencioso. Hice como que no me importaba la hora de llegada a casa, pero me di cuenta de que a Tracy también le importaba, así que dije:
—Sí, deberíamos ir volviendo.
Tracy pisó el acelerador y nos alejamos del centro para llegar ambos a casa a tiempo. Durante todo el camino temblábamos, nos reíamos y apenas podíamos hablar. Yo no dejaba de soltar risitas; mis dedos se agitaban como pequeñas criaturas en mi regazo.
—No suelo meterme en líos —le confesé—. ¿Es raro decir eso?
—No, yo tampoco suelo hacerlo.
—¿Nos hemos metido en un lío? —pregunté, disfrazando la ansiedad de algo parecido al flirteo.
—No, no creo —respondió ella con una risa nerviosa—. Pero sé lo que quieres decir.
Tengo muy pocos recuerdos de mis padres enfadados conmigo. Recuerdo que mi padre me gritó una vez cuando tenía nueve años; había una obra que quería ver, una versión de Cenicienta que hacían en un teatro para niños, y él me dijo que no podíamos ir porque mis primos venían ese fin de semana y estaríamos demasiado ocupados y bla, bla, bla. No obstante, tras esa conversación seguí pensando en la obra y noté que algo me dolía, no dejaba de dolerme, así que decidí preguntarle a mi padre una vez más.
—¿Podemos…?
—¿Quieres dejar ya esa chorrada de obra, Alex? —me gritó él—. No vamos a ir, ¡y punto!
Me sonrojé, sentí vergüenza y le grité yo también:
—¡No es una chorrada!
Corrí a mi habitación y me senté a llorar mientras sostenía el folleto con la imagen de Cenicienta y sus hermanastras con trajes de fiesta.
Tracy aparcó enfrente de mi casa y se volvió hacia mí.
—Oye, ¿quieres que lo repitamos? Como… ¿en plan salir juntos?
La miré. Vi que su piel oscura estaba ruborizada; vi que su pelo descendía por detrás de su oreja y terminaba en un punto de su nuca. No me había dado cuenta de que no estábamos saliendo juntos. A mí ya me había cambiado la vida.
—¿Lo repetimos entonces? —preguntó ella de nuevo, y me di cuenta de que me había quedado mirándola con fascinación.
Parecía como si todas las penas que hubiera sentido hasta ese momento quedaran atrás, como si fuera imposible estar triste a partir de ese momento. Y esa voz nueva mía fue la que habló, un brote de alegría en la madrugada:
—Sí. —Sonreí—. Sí, creo que sí.
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