El pie derecho de Tracy se arrimó al mío y nos acercamos un poquito.
Una vez le había confesado a Mabel que creía que me gustaban un poco los chicos. Cuando ella se entusiasmó, le dije que se relajara.
—No estoy pensando hacer nada en el futuro cercano —prometí.
—¿Pero no quieres enamorarte? —preguntó ella.
—A lo mejor, cuando tenga veinticinco años.
Pero lo que decía sonaba tan serio que nos echamos a reír. No podíamos parar. Creo que ese fue el día en que nos hicimos inseparables.
El contacto de la pierna de Tracy contra la mía me hacía estremecer, me latía muy fuerte el corazón. Mabel parecía muy lejana. Supongo que también me gustan las chicas , me dije para mis adentros. Y a lo mejor no tengo que esperar a tener veinticinco años.
Aquello me alivió un poco.
La semana pasó en un suspiro. El martes puse divisores en las carpetas e hice etiquetas para cada sección. El miércoles ya tenía las bases de un trabajo oral llamado «Perspectivas de la Historia» para la señora Graybill y había escrito unas líneas sobre la novela que habíamos tenido que leer en verano para la señora Lewiston. Memoricé dieciséis verbos nuevos de español y me hice un esquema de veintialgo reacciones para Química. Jake Florieau había empezado a chocarme la mano cuando nos cruzábamos en los pasillos; aunque me ruborizaba, siempre le correspondía con el mismo gesto.
El timbre de la mañana sonó igual que siempre; el hueco de la escalera olía a podredumbre, como siempre, y los mismos profesores me saludaron al pasar. Sin embargo, todo era diferente, porque ahora Tracy y yo salíamos juntos. Sentía que por fin podía romper los vínculos con el pasado, alejarme de todos los años en los que no fui Real.
Excepto por una cosa: echaba de menos a Mabel. Y algo me impedía decírselo a Tracy.
¿Por qué? Algo de esa nueva vida parecía una traición extraña. Mabel y yo habíamos construido nuestra amistad sobre las bases de que no nos parecíamos a ningún tipo de persona, de que teníamos el corazón roto y a la vez lleno de anhelos, frustraciones y deseos… Básicamente, todo lo que yo consideraba no Real. Pero si era cierto, ¿por qué de pronto era un chico Real que salía con una chica Real? Mabel había pasado de ser mi alma gemela a convertirse en un nombre en el móvil y, siempre que levantaba la vista de la pantallita rectangular y miraba a las personas que me rodeaban, me sentía como si estuviera viviendo una doble vida.
El miércoles por la noche, Mabel me envió una foto de su nuevo dormitorio en Pittsburgh. Vi que había colgado sobre el escritorio una postal que yo le había dado.
Yo respondí con un corazón, un encogimiento de hombros y un:
Eso fue todo. Cuando dejé el teléfono, se me cayó el alma a los pies y juro que estuve a punto de echarme a llorar.
El jueves, a la hora de comer, me senté con los que ahora eran mis amigos habituales, escuché su conversación y más o menos la seguí. No dije mucho. Después de Química, la última clase del día, Tracy y yo recogimos nuestras cosas de nuestras respectivas taquillas y caminamos hacia el aparcamiento juntos, donde yo tenía que coger el autobús. Sentí el deseo repentino de pasar todo mi tiempo libre con ella.
—¿Quieres ir a ver una película o hacer algo este finde? —le dije.
—Claro —respondió ella con un amago de sonrisa—. ¿Mañana?
Le dije que sonaba genial y ella respondió que pasaría a buscarme.
4.

El viernes por la noche, abrí la puerta del coche y entré. Estábamos emocionados de vernos y así nos lo dijimos. Ella metió una dirección en el móvil y una voz le dijo que se dirigiera al norte por Old York Road. Puso algo de música y un hombre cantaba y le pedía a una mujer: « Stay, stay, please don’t go ».[3]
Durante un rato, no supimos qué decirnos o quizás yo no sabía qué decirle.
—¿Qué tal la vuelta a clase? —Se me ocurrió.
—Bien —respondió ella—. Es lo que toca, ¿no? Volver a clase. Está bien tener vacaciones, pero yo ya estaba preparada para regresar.
—Sí. —La comprendía—. Aun así, me alegraré cuando terminemos.
—¿En serio? ¿No te gusta ir a clase?
—No especialmente.
—Ah —dijo Tracy—. Pero se te da bien. Tiene que haber alguna parte de ti a la que sí le guste.
—No lo odio, solo… sigo adelante sin pensarlo mucho, supongo.
—¿Para llegar a dónde?
—¿Perdón?
—Sigues adelante, pero… ¿para llegar a dónde? ¿Qué es lo que te emociona de acabar los estudios?
Nunca había pensado en eso.
—Pues… no sé. Supongo que… ¿empezar la vida real? Ser una persona en el mundo.
—Esta ya es la vida real. Eres una persona y estás en el mundo; al menos, que yo sepa.
—Ya, pero…
—¿Pero qué?
—Quizás aún no me sienta del todo real —dije—. Es como si este mundo fuera algo que tengo que cruzar hasta que llegue a donde pueda ser una persona real. Sé que no tiene mucho sentido.
—Pero entonces, ¿qué haces? ¿Te sientes así todo el rato? O sea, ¿qué haces en tu tiempo libre? No es una pregunta tan rara, ¿verdad?
—No sé. Me gusta jugar con el gato, leer. Los documentales.
En un semáforo en rojo, se inclinó hacia mí y me dio un pellizco en el estómago.
—¡Ay!
La luz se puso en verde.
—¿Por qué has hecho eso?
—Decías que no te sentías real. —Se mordió la punta de la lengua de forma encantadora—. Quería comprobarlo por mí misma.
En el cine, compré las entradas con la tarjeta de crédito de mi madre («la próxima vez me toca a mí», dijo Tracy), y pasamos de comprar palomitas porque Tracy ya llevaba una bolsa y dos latas de refresco en el bolso. Saludó a Derek, que por lo visto era el chico que rompía las entradas, y le sacó la lengua. Él respondió algo que no entendí y Tracy soltó una carcajada.
Cuando nos sentamos en las butacas rojas, intenté decirle que la conversación de antes no importaba y que tenía razón con lo de ser real, pero ya habían empezado los anuncios y ella dijo:
—¡Chsss! —Y me palmeó la rodilla—. Quiero ver lo que echan. —Luego se giró y me dio un beso al lado de la oreja.
Después, nos enrollamos en su coche. Eso fue como si yo estuviera en una película. Al principio, sentí mucha presión por hacerlo bien, pero resultó que no iba mal sin tener que esforzarme demasiado. Imaginé que podía decir algo si se me hacía demasiado raro; podía fingir que tenía que estornudar o algo parecido. Nuestras bocas comenzaron a abrirse y sentí que la punta de su lengua buscaba la mía. Me hizo pensar en la goma de borrar de un lápiz. Tenía la nariz y la lengua frías por el refresco, pero el resto de su boca estaba caliente. Saboreé el dulzor de la cocacola y la sal de las palomitas.
Alguien tocó con los nudillos en la ventanilla: era una vigilante de seguridad. Nos separamos, pedimos perdón y nos miramos los pies. El cuerpo me ardía allí donde me había tocado Tracy. Miré por la ventanilla. Todo el mundo se había ido a casa; el aparcamiento estaba vacío, y el centro comercial, oscuro. El cielo era enorme. La vigilante de seguridad parecía cansada; parecía que le pesara hasta la linterna. Nos observó mientras nos abrochábamos los cinturones y luego se marchó.
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