Agnes Borinsky - Sasha Masha

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Alex es amable, buen hijo y buen estudiante, pero no se siente un chico Real. Su novia tiene las cosas muy claras, pero Alex solo piensa en la vez que se puso un vestido y le dio nombre a la persona que lo llevaba: Sasha Masha.Mientras Alex trata de averiguar qué significa ese nombre, conoce a un chico con el pelo azul llamado André, un adolescente gay al que no le da vergüenza experimentar con su identidad de género. Al explorar el mundo en el que se mueve André, Alex entiende que Sasha Masha necesita salir al exterior y que quizá ella forme parte de algo mucho más grande.La autora trans Agnes Borinsky explora la identidad de género, la amistad y el romance queer en esta novela #OwnVoices lírica y sincera.

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Y entonces, como de la nada, Tracy dijo:

—Oye, deberíamos quedar alguna vez.

—Vale —contesté con la misma voz ahogada.

—Tampoco tenemos por qué, si no quieres.

—No, estaría bien.

—¿Seguro?

—Sí.

—Pero de verdad que no tienes por qué si no te apetece.

—No, creo que estaría bien.

—¿Crees?

—Sí, creo que…

—Deberías aclararte, Alex. Saber bien lo que quieres.

Abrí la boca, pero no dije nada. Ella se rio y dijo que solo me estaba incordiando.

Sentí que iba demasiado despacio para la velocidad a la que ella iba, como si siempre estuviera un paso por detrás de ella. Ojalá no tuviera un puñado de papel higiénico contra la nariz. Me pregunté si esa conversación contaba como flirtear.

—Es solo que… —dije, y tragué saliva—. Es solo que me sangra la nariz.

Eso la hizo reír un poco. Yo me ruboricé, me di la vuelta y me incliné sobre el lavabo.

—Perdona, perdona —dijo ella, que me apoyó la mano en la espalda—. No quería reírme. Es solo que eres muy adorable.

—No pasa nada.

Comprobé si la hemorragia había parado y esa vez sí, así que me quité el papel higiénico de la nariz y abrí el grifo. La mano de Tracy seguía en mi espalda. Intenté limpiarme las manchas ensangrentadas y mocosas de las fosas nasales tan bien como pude, me lavé las manos y me enjuagué la cara. Me sequé con una toalla y me di la vuelta para decir algo, y en ese momento, ella me preguntó si podía besarme.

—Oh —dije—. Vale.

3.

Me desperté antes del amanecer porque Murphy nuestro gato estaba rascando la - фото 5

Me desperté antes del amanecer porque Murphy, nuestro gato, estaba rascando la puerta. Abrí poco a poco los ojos en la oscuridad y me llevó un momento entender qué pasaba. Últimamente, Murphy había tomado esa costumbre y me despertaba a horas intempestivas. Cuando yo tenía un día generoso, admiraba su persistencia.

En cuanto me eché la pasta de dientes en el cepillo y me miré con ojos entrecerrados en el espejo del baño, recordé que me habían besado. Entonces el día comenzó a cobrar forma a mi alrededor. Sentía un cosquilleo —como un toque de menta— en la comisura de la boca, allí donde la humedad de los labios de Tracy había dejado cierta humedad en los míos. Me quedé de pie, recordando, hasta que fui capaz de abrir los ojos por completo.

Yo era Real.

No lo sabía la noche anterior, pero cuando Tracy me besó, eso marcó la diferencia. Había besado a Tracy. En un cuarto de baño gélido. El beso me había cambiado. Sentí de nuevo su nariz rozándose contra la mía; esa mañana distinguía incluso su olor, apenas, sobre mi piel. El roce había sido muy suave.

Mi padre estaba cociendo huevos en la cocina. Llevaba una camiseta roja, y el pelo tieso y revuelto.

—Buenos días, buenos días —saludó.

Me eché un bol de cereales y me enganché a mi silla de la cocina como se engancha una hebilla. Me sentía conectado a él. Podíamos ser dos hombres en una cocina. Ninguno de los dos era remilgado y los dos besábamos a chicas.

—¿Qué estáis dando en clase de Historia? —me preguntó.

—La Guerra Fría. —Me lo inventé, porque todavía no habíamos dado nada.

—Ah, sí. Esa es muy divertida.

Y me reí porque sabía que él quería que lo hiciera.

En el autobús disfruté de las imágenes y sonidos que pasaban al otro lado de - фото 6

En el autobús, disfruté de las imágenes y sonidos que pasaban al otro lado de la ventanilla.

En los pasillos del instituto, me sentía gigante.

Me sentía gigante delante de la taquilla. Me sentía gigante cuando saludaba a la gente que conocía. Me crucé con Jo por el pasillo, que caminaba a toda prisa mientras se hacía un moño alto. Se detuvo lo suficiente para sonreírme de oreja a oreja y darme tres palmaditas en el hombro; por supuesto, tuvo que volver a recogerse el pelo y empezar de nuevo.

No me apresuré en toda la mañana, no hui de nadie, solo caminé. Ya no tenía que correr para alcanzar a nadie, porque era Real. El mundo no podía dejarme atrás, porque yo era parte de él y era Real.

Cuando saludé a Tracy en clase de Inglés, temblaba un poco y sentía algo de timidez, pero ella se sentó a mi lado y me apretó el muslo en cuanto sonó el timbre de inicio. No presté mucha atención en esa clase y, cuando el timbre volvió a sonar y tuvimos que separarnos, no sabía qué decirle, así que solo balbucí un «¡hasta luego!» demasiado alto.

—Hasta luego —dijo ella, y se sonrojó.

No comí en una mesa vacía a la hora del almuerzo. Jen se aseguró de que me sentara con ellos: Jo, Tracy y James, en su mesa habitual. La noticia del día era que Jo había tenido un rollete con un chico de nuestra clase durante el verano y él había dejado de hablarle.

—Se lo curró mucho para quedar conmigo —me contó ella—. Fuimos al cine varias veces. Nos veíamos un montón. Incluso conoció a mis padres una vez, lo que es mucho.

—Para Jo, es mucho —añadió Jen.

—Pero entonces desapareció. Como un fantasma…

—¿Has hablado con él? ¿Le has preguntado? —quiso saber Tracy.

—No, la verdad —dijo Jo—. Y ahora estamos juntos en clase de Español, y es incómodo. Es en plan: «¿Qué hiciste este verano?». Y yo: «Travis. Me lo hice con Travis». [2]

Todos nos reímos.

—No sé —concluyó ella—. Supongo que nos comportaremos como si no hubiera ocurrido nunca. —Y se encogió de hombros.

—Eso no mola. —Jen sacudió la cabeza y rasgó el papel de su pajita—. A ver, si es una semana, vale, pero hacer eso un año entero es mucho. —Alzó la vista para mirar a Jo—. ¿Por qué no pides cambiarte de clase?

—No. —Jo negó con la cabeza—. No, no, no. No es para tanto.

—¡Sí que lo es! —insistió Jen.

Tracy estuvo de acuerdo:

—Sí lo es. Pero esa no es la actitud. Tienes que hablar con él. Le esperas un día después de clase y le dices: «Oye, tenemos que hablar de lo que pasó en verano».

—No querrá hablar de ello —aseguró Jen.

—A lo mejor no, pero es lo justo —insistió Tracy.

—Las cosas no siempre son justas.

—Ya lo sé, pero por eso es importante intentarlo.

Jo se volvió hacia James.

—Y tú, ¿qué piensas, como persona de inteligencia limitada?

En el rostro de James apareció lentamente una sonrisa. Aquello era, obviamente, una broma recurrente entre ellos. Decían que James estaba enamorado de Jen y por eso andaba siempre con ella, Jo y Tracy. También decían que una vez había echado a patadas de su casa a su padre por pegar a su madre. Durante la hora de comer, no había dejado de observarme con una sonrisa astuta y misteriosa, pero nunca se dirigía directamente a mí. Todos en el instituto conocían a James. La gente probablemente conociera también a Tracy, que era la mejor de la clase; y a lo mejor conocían a Jen y a Jo. Pero James era simpático con todos. Era el tipo de chico que me ponía nervioso, el tipo de persona que me hacía sentir no Real.

—Pues, como persona de inteligencia limitada, creo que el tío es un capullo.

La carcajada que solté no era falsa, pero brotó de una manera que no suelen brotar mis carcajadas. Me sobresaltó. Pensé con pánico en Mabel y me pregunté dónde habrían ido las partes de mí que se reían con Mabel. ¿Me dejarían? Miré el móvil, como si algún mensaje suyo contuviera la respuesta, pero no tenía ninguno nuevo.

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