María Casal - Una canción de juventud

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Testimonio autobiográfico de la primera mujer suiza del Opus Dei, dando a conocer su itinerario interior, sus momentos junto a san Josemaría y algunos recuerdos sobre el desarrollo del Opus Dei. De padres suizos y religión protestante, María Casal nace y crece en Sevilla en tiempos de guerra. Decide estudiar Medicina (era la única mujer, recuerda) y no tarda en hacerse católica. En 1954 dirigirá la escuela de enfermería de la Universidad de Navarra, y más tarde desempeñará diversos trabajos en la promoción y formación de la mujer, tanto en Italia como en Suiza. En este libro da a conocer su itinerario interior, sus momentos junto a san Josemaría y algunos recuerdos sobre el desarrollo del Opus Dei.

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Estudiaba la Religión como una materia más, y me examinaba siempre pensando: “Sé que esta es la Religión católica, pero no va conmigo”. Como si se tratase de Física o de Geografía, procuraba entender los conceptos, y nada más. Teníamos como profesor de estas asignaturas a un anciano sacerdote, muy santo, que me tenía un gran afecto: don Alfonso Espinosa. Solía decir que yo explicaba el tema de la gracia mejor que nadie. Mis padres también le apreciaban. A lo largo de aquellas clases y de las conversaciones surgidas a raíz de dudas —meramente teóricas— que yo planteaba, nunca me insinuó la idea de la conversión: probablemente se daba cuenta de que aún no había llegado la hora.

Cuando mi padre finalmente se mostró de acuerdo con que me quedase en España para cursar mi carrera universitaria, me hizo prometer que, terminado el bachillerato y antes de empezar mis estudios de Medicina, pasaría un año en Suiza para conocer bien mi país. Al menos, tendría así la oportunidad de conocer la patria y, entre otras cosas, recibir la Confirmación protestante. Aunque mi padre no practicaba demasiado su fe, y el protestantismo no considera la Confirmación como un sacramento, comprendía que ese evento era de una importancia decisiva desde el punto de vista social. Por supuesto yo accedí a aquella petición, me parecía justo, y me alegraba la oportunidad de conocer mi país de origen.

EL AÑO SABÁTICO

En julio de 1947 aprobé la reválida, el examen final de bachillerato, con una edad algo mayor de la habitual en España para esta prueba, pues tenía dieciocho años. En octubre de ese mismo año, partí hacia Suiza con mi hermana Mirta, para iniciar lo que considero mi año sabático. Estuvimos un año en un internado protestante para chicas en el pueblo de Horgen. Casi todas las habitaciones eran individuales, pero como a mi hermana y a mí nos encantaba tener muchas amigas y hacer pandilla, con asombro de la dirección, pedimos dormir en la única habitación de ocho camas que había en el instituto. Nos divertimos muchísimo, aunque en realidad aprendimos bastante poco: algunas nociones de inglés —siempre he lamentado no saberlo mejor— y bastante economía doméstica.

Debo reconocer que lo más enriquecedor fue descubrir mi afición por la cocina. Evidentemente, aquellas clases de cocina estaban marcadas por una creatividad propia del contexto de la inmediata posguerra, que llevaba a hacer platos muy sencillos, como mermeladas con edulcorantes artificiales. Una nueva “ingeniosidad” del Señor, que seguía preparándome para comprender y hacer propio cada uno de los aspectos del espíritu del Opus Dei. San Josemaría consideraba como verdaderamente importantes —por ser oportunidad de encuentro con Dios— todas las profesiones, incluyendo el trabajo propio del hogar. Insistía en la profesionalidad que tienen esos trabajos de servicio en el hogar, y en su trascendencia:

Yo os digo que esta es una gran ocupación, que vale la pena. A través de esa profesión —porque lo es, verdadera y noble— influyen positivamente no sólo en la familia, sino en multitud de amigos y de conocidos, en personas con las que de un modo u otro se relacionan, cumpliendo una tarea mucho más extensa a veces que la de otros profesionales[2].

Por eso, proponía que aunque se tuviese otro trabajo profesional, todos deberían colaborar de algún modo en las tareas de la casa, para mantener el hogar como un ambiente luminoso y alegre, sencillo y sin lujo, en donde poder sentirse a gusto después de bregar en otras tareas durante todo el día. Así que me vino muy bien haber dedicado ese “año sabático” precisamente al cuidado de la casa.

Enseguida comenzaron también nuestras clases preparatorias para la Confirmación. Casi todas nuestras compañeras del internado, aunque eran más jóvenes, ya se habían confirmado, a excepción de Claire Lüscher —una suiza procedente de Argel—, por lo que recibíamos nuestras clases en la escuela del pueblo, junto con los chicos del lugar que se iban a confirmar. Daba las clases un pastor joven muy simpático, que me pareció muy convencido y entregado. Me sorprendió mucho enterarme de que no íbamos a recibir un sacramento, del mismo modo en que tampoco el pastor había recibido el sacerdocio, ya que en el protestantismo ni el sacerdocio ni la confirmación son considerados sacramentos. En las clases recibidas en la escuela francesa, había oído que los sacramentos eran siete, entre ellos precisamente los dos mencionados, por lo que aquella diferencia me produjo cierta confusión. Un día, durante aquellas clases, el pastor nos dijo que, si teníamos preguntas, las escribiéramos para que él nos pudiese contestar. Lo primero que se me ocurrió fue mi famosa pregunta sobre aquello de que la verdad solo puede ser una. Nunca recibí contestación, cosa que me desilusionó mucho.

Finalmente, en la primavera de 1948, hicimos mi hermana y yo la confirmación en la iglesia protestante del pueblo. La ceremonia consistía en recibir el Abendmahl, la cena, que no fue precedida por nada parecido a una Misa, sino solo por un sermón. Yo sabía que, como protestantes, tampoco creíamos en la presencia real de Jesucristo en el pan y el vino, a diferencia de los católicos. En la ceremonia, también se hace la promesa de ser fiel a la fe, que yo tomé enormemente en serio. Otro momento importante se produce cuando el pastor adjudica a cada confirmando un verso de la Biblia. A veces, es posible que un protestante no vuelva a tener prácticamente contacto con la religión, pero no olvidará su Konfirmandenspruch (lema de la Confirmación). El mío me gustó muchísimo, y me sigue pareciendo precioso: eran las palabras del Señor en el Evangelio de San Juan, capítulo 14, versículo 6: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie viene al Padre sino por Mí». Entonces no me di cuenta, pero tiempo después me pareció que ya entonces el Señor quiso darme la respuesta a mi famosa pregunta sobre la verdad: solo Él podía ser la Verdad, la Verdad con mayúscula; y la vida solo tenía sentido con Él y si se ponía a su servicio, ayudando a otras personas a encontrar el camino que conduce a Dios.

[1]Camino, n. 422.

[2]Conversaciones, n. 88.

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