Cuando un chico y una chica están abrazados, no saben que entre ellos se produce una ósmosis, una nivelación. Sí, en el campo electromagnético, en las emanaciones, se produce una ósmosis, y esto llega muy lejos, porque las debilidades del chico penetrarán en la chica, e inversamente. Evidentemente sucede lo mismo con las cualidades. El amor crea una nivelación entre los seres, por eso, antes de empezar a hacer esta nivelación, los jóvenes deben conocer la ley de la elección y de la selección, y lo mismo que con el alimento físico, deben reflexionar antes de comer el alimento astral: estudiar este alimento, saber quién lo ha fabricado, de qué región viene, qué contiene, etc. Desgraciadamente, a los jóvenes no les gusta reflexionar, y muy raramente viene a ayudarles su intuición para encontrar la actitud o la actividad que les hará felices. A pesar de su instrucción y de sus conocimientos, se comportan en función de sus sentimientos y no de su sabiduría.
Yo no estoy en contra del sentimiento, nunca he estado en contra de la necesidad de amar, al contrario, porque ahí está el sentido de la vida; pero hay que hacer funcionar también la inteligencia, tener discernimiento, hacer una selección, una elección, saber a quién amar, cómo amar, y cómo espiritualizar y sublimar nuestro amor. “¿Por qué? – Para hacer un trabajo. – ¿Y el placer entonces? – El placer será reemplazado por el trabajo. – ¿Y ya no tendremos placer? – Sí, tendremos placer, pero un placer mucho más sutil, mucho más completo, mucho más divino, un placer que no dejará ninguna pesadumbre...” Porque el placer tal como lo comprende la juventud, pronto se transforma en veneno, en amargura: es fatal. Tomemos la imagen del oro y del plomo. El oro no se oxida, siempre es resistente, noble, precioso, resplandeciente, luminoso, mientras que el plomo es apagado... Si lo cortáis un poco, brilla unos minutos y después de nuevo se empaña. Y cuando los alquimistas trataban de transformar el plomo en oro, en realidad lo que querían era transformar la naturaleza humana, nada más que esto: ennoblecer al ser humano. Y ello sólo es posible reemplazando el placer por el trabajo.
Todos aquéllos que sólo piden placer, que han puesto en su tren el letrero “Placer” para llegar hasta este pueblucho, cuando lleguen a él verán que es un extraño lugar con ciénagas llenas de mosquitos, de sapos, de serpientes, de avispas, y gritarán. Mientras que aquéllos que procuran encarrilar su tren hacia otra estación que se llama “trabajo” descubrirán unas regiones fantásticas. Diréis: “Pero ¿qué significa esto?” Significa que esas emanaciones, esos torbellinos, esas erupciones volcánicas provocadas por la fuerza sexual deben ser canalizadas, dirigidas y consagradas para un trabajo especial en el cerebro, para poner en movimiento unos centros que hasta entonces estaban dormidos, y hacerlos funcionar. Entonces el hombre se convierte en un genio, un Maestro, una divinidad.
Muy pocos han llegado a hacer este trabajo, pero a mí siempre me apasionó este tema y me puse manos a la obra. Por eso puedo orientar a los jóvenes; pero no me comprenderán, porque no es eso lo que buscan, buscan el placer a todo precio. Para ser felices, supuestamente. Pero ¿acaso es seguro que serán felices? Justamente, no es nada seguro. Porque el placer está ligado al descontento, y las efervescencias a la decrepitud. Como no tienen ninguna mesura, comerán y beberán (simbólicamente hablando)... como en la Sorbona, en donde habían escrito, según parece: “Aquí, amor a gogó...” ¡Así es cómo comprenden el amor! ¿Y cuáles serán los resultados? Eso, los pobres, no lo saben, nadie les ha instruido.
No se trata de impedir a los jóvenes amar, crear o ser libres, pero hay que instruirles. Piden libertad, es legítimo, todo el mundo debe pedir la libertad. Pero esta libertad que buscan en el desenfreno no es en realidad más que una esclavitud. Fumar, acostarse, romper, ensuciar, insultar, ¡eso es la libertad para ellos! Pero ¿a dónde les llevará esta libertad? Yo no estoy en contra de la juventud; yo también he sido joven, y lo soy todavía. Sí, interiormente, soy más joven que los jóvenes. Ellos ya han envejecido, lo veo: en sus deseos, en sus actitudes, son viejos. Por eso hay que instruir a la juventud, mostrarle que antes de lanzarse a experimentar cualquier cosa deben reflexionar y tomar solamente lo que es bueno.10
En el terreno de los sentimientos existe la misma variedad y la misma riqueza de alimentos que en el plano físico. Algunos sentimientos son charcutería, sí, son morcilla, jamón; otros son verduras o frutas, otros aún son vino o droga... Pero como la juventud no conoce este mundo del sentimiento, se traga cualquier cosa y se envenena.
Cuando hablo de la juventud, sé muy bien que muchos adultos no son más razonables que los jóvenes. Ellos también sólo buscan el placer, no tienen ningún conocimiento y se tragan suciedades que les hacen caer enfermos. Por eso les aconsejo que tomen ciertas pociones amargas, sólo eso les curará. Han comido demasiadas golosinas y ahora deben tomar un poco de quinina, y la encontrarán en la sabiduría. Evidentemente, no es muy agradable, pero deben hacerlo, porque si no estarán en cama con fiebre.
Siempre encontraréis en los humanos pasiones y deseos que bullen, eso no falta en ninguna parte. Pero lo que es raro, lo que casi no se encuentra, es la inteligencia que permite hacer una elección. Sin embargo, es ella precisamente la que es la más preciosa, pero los humanos no la quieren. Dicen: “Si nos mostramos prudentes, inteligentes, nos veremos obligados a renunciar a ciertos gozos, y no tenemos ganas de privarnos...” Decir una cosa semejante es confesar que son ignorantes y estúpidos porque, al contrario, serían más felices si fuesen lo suficientemente inteligentes para discernir la naturaleza de sus sentimientos y hacer una selección. ¿Cómo puede uno ser feliz cuando es ciego? Cuando uno no ve nada ni prevé nada para protegerse, está a la merced de cualquiera. No os imaginéis que la felicidad vendrá si estáis ciegos. Es como si os diesen un saco cerrado diciéndoos: “Vamos, mete la mano, en este saco hay de todo, toma lo que te convenga...” Y metéis la mano en el saco, sin mirar, os muerde una víbora y os morís. Creedme, si estáis ciegos siempre habrá una víbora para morderos.
Nadie puede reprocharos que tengáis necesidad de intercambios. Yo también los necesito; sólo que no busco el gozo y la felicidad en las cloacas, sino en esta fuente de amor universal: el sol. El sol deposita sus partículas de vida en toda la naturaleza, y son estas partículas las que recibimos a través de las piedras, las plantas, los animales, e incluso a través de los hombres y las mujeres. Porque los hombres y las mujeres poseen también algunas partículas del sol, pero muy pocas, insuficientes, por eso nunca se sienten verdaderamente saciados y siempre se ven empujados a buscar en otra parte.
El verdadero amor se encuentra a profusión en el sol, y es ahí dónde hay que ir a buscarlo. Mientras no bebáis de la fuente, sólo encontraréis pequeñas gotas de rocío condensadas sobre algunas hojas, sobre algunas flores, y esto es poca cosa. Hay ciertamente lugares en el cuerpo del hombre o de la mujer en los que el amor se deposita un poco, pero si solamente lo buscáis ahí, estaréis siempre hambrientos, sedientos. Y esto es lo que les sucede a todos los que se aman: encuentran que queda todavía un vacío en ellos, no se sienten colmados, les falta algo. Ahora tienen que ir a buscar a la fuente este inmenso amor que abreva y alimenta a toda la creación.11 Después, que amen a un hombre o a una mujer si quieren; pero para encontrar la plenitud, deben ir primero a buscar este amor a la fuente. No hay hombres o mujeres que puedan encontrar la plenitud solamente con otras mujeres u otros hombres. A la larga, siempre queda una parte de sí mismos que no está satisfecha, que no es colmada.
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