Omraam Mikhaël Aïvanhov - Las leyes de la moral cósmica

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"Los agricultores fueron los primeros moralistas. Cuando no siembran, no esperan ninguna cosecha, y si plantan lechugas, saben que no recolectarán zanahorias. ¿ Por qué entonces un hombre que siembra el odio y la discordia, puede esperar recolectar el amor y la paz? Para tener un palacio de mármol, no se utilizan ladrillos. Para tener un cuerpo sano, no se absorben alimentos putrefactos. ¿Cómo tener pues un psiquismo sólido, resistente, una inteligencia clara y un corazón generoso, si no cesamos de engendrar sentimientos y pensamientos desordenados, envenenados por la avidez o el rencor? Hay que hacer una selección en sus pensamientos y sus sentimientos como para la alimentación y la construcción de una casa… Las leyes que rigen nuestro psiquismo son las mismas que aquéllas que han sido descubiertas en los otros ámbitos de la naturaleza y de la técnica. Ni los hombres, ni las sociedades han inventado la moral; la moral está inscrita en toda la naturaleza, es la prolongación de las leyes naturales en nuestro psiquismo".

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Evidentemente, haciendo el bien empezamos a menudo encontrándonos con el mal, pero la ley es inmutable: un día lloverá el bien sobre vosotros, y lloverá incluso sin cesar. Todavía no sabéis lo que es el bien, no sabéis hasta qué punto es poderoso y capaz de protegeros, de curaros, de iluminaros. ¡El bien tiene un poder increíble! Como los hombres no están instruidos, repiten lo que han oído sin ni siquiera verificarlo: “Haced el bien y recibiréis el mal...” Evidentemente, la fórmula tiene algo de verdad, ¿a quién se lo decís? Yo también me he dado cuenta, pero sólo es en apariencia y por poco tiempo, por muy poco tiempo. ¡Seguid haciendo el bien y veréis después!

Los humanos necesitan ahora un saber sólido, verídico, irrefutable que cada uno podrá verificar, tocar. Y es este saber el que os traigo. ¡Vamos, tratad de negar que cosechamos lo que sembramos! Todo el mundo, por otra parte, está convencido de la veracidad de esta ley, pero solamente en el plano físico, no van más lejos. Si fuesen más lejos, más arriba, volverían a encontrar las mismas leyes, las mismas correspondencias, porque el mundo es una unidad: en todos los planos, en todos los niveles, reencontramos los mismos fenómenos, las mismas leyes, pero bajo una forma diferente y cada vez más sutil. Todo lo que hay en la tierra lo reencontramos en el agua, y todo lo que hay en el agua lo encontramos de nuevo en el aire, etc. Los cuatro elementos obedecen a las mismas leyes, pero dado que no son ni de la misma esencia ni de la misma densidad, constatamos algunas diferencias de uno a otro. Reaccionan más o menos lentamente, más o menos violentamente, pero son dirigidos exactamente por los mismos principios. El mundo mental del hombre, por ejemplo, corresponde al aire, y encontramos en él los mismos torbellinos y las mismas corrientes que en la atmósfera, pero bajo la forma más sutil de ideas y de pensamientos. Las leyes del mundo psíquico son idénticas a las leyes de la naturaleza.

La agricultura nos enseña que sólo cosechamos lo que hemos sembrado, pero debemos ir más lejos, al mundo del pensamiento, para encontrar en él estas mismas leyes y estas mismas correspondencias. Si los hombres creen que pueden permitírselo todo y que cosecharán siempre la felicidad, el gozo y la paz sembrando la violencia, la crueldad y la maldad, se equivocan, esto es imposible. Quizá se necesite cierto tiempo, pero si las semillas no crecen inmediatamente, tarde o temprano crecerán. Para determinadas plantas hay que esperar unas semanas o unos meses, y se conocen algunas plantas exóticas o árboles que sólo florecen un siglo después de haberlos plantado. De la misma manera, si tenéis la paciencia necesaria, verificaréis las consecuencias de vuestros actos. Lo que os digo aquí es absoluto.

Seguid pues haciendo el bien, seguid creyendo, amando. No escuchéis más a vuestra naturaleza inferior que siempre quiere tomar, esclavizar, engullir, y trabajad con vuestra naturaleza superior, con vuestra naturaleza solar que da, que irradia, que brota, ¡como el sol!4 Cuando os pregunté hace unos días por qué el rostro del sol era tan luminoso, os quedasteis sorprendidos con mi pregunta. En la escuela dónde he sido instruido, esto es lo que se enseña: el rostro del sol es luminoso porque siempre está pensando en dar, en sostener, en vivificar, en calentar, en resucitar. Cuando veo que el rostro de alguien se ilumina, me digo: “Tiene proyectos magníficos...” Aunque no me hable de ellos, lo adivino. Y ¿quién me ha enseñado a adivinarlo? El sol. Y si veo que el rostro de alguien se oscurece, se vuelve tenebroso, me digo: “Éste proyecta algo turbio”, y es la verdad.

Diréis que esto no es lo que se enseña en las universidades; es posible, pero me da igual. Si los sabios todavía no han llegado a estas conclusiones, un día llegarán. Y mis conclusiones son absolutamente verídicas. Si un hombre no tiene un rostro tan luminoso como el sol es porque el bien en el que medita todavía no es lo bastante grande como para darle una luz así a su rostro. Mientras que para el sol su luz es proporcional... ¡ah!, ahora voy a presentaros mis ecuaciones: la luz del sol es proporcional a la intensidad de su amor y de su sabiduría. ¡Que los matemáticos hagan los cálculos!

Entonces, no os inquietéis, mis queridos hermanos y hermanas, habrá nuevas fórmulas, nuevos descubrimientos, nuevas verdades, y así es cómo se escribirá el tercer Testamento.

Bonfin, 3 de agosto de 1968

II

¿Qué habría que añadir aún a lo que os he dicho esta mañana? ¿Veis?, incluso el pueblo conoce estas verdades, puesto que dicen: “Quién siembra viento recoge tempestades...” Pero ¿por qué solamente viento? Podemos reemplazar la palabra “viento” por muchas otras palabras, como odio, o dulzura, o bondad, o pureza, y hacer para cada una todo un desarrollo mostrando cada vez las consecuencias que se derivan. Si nos paramos sólo en esta frase, ¡cuántas cosas podemos comprender! Sí, pero los humanos la repiten y no han comprendido nada.

Cuando un jardinero no ve crecer lo que no ha sembrado, es justo, honesto, y no protesta, no grita, dice simplemente: “¡Qué le vamos a hacer, hombre, puesto que no tuviste tiempo de sembrar zanahorias, no tienes zanahorias. Pero tendrás lechugas, perejil y cebollas que has sembrado!” En apariencia, los humanos saben mucho de agricultura; cuando se trata de frutas y verduras, sí saben, pero en cuanto se trata del dominio del alma, del pensamiento, ya no saben nada, y creen que cosecharán la felicidad, el gozo, la paz, sembrando la violencia, la crueldad y la maldad. Después, se agitan, se enfurecen, se rebelan... No son pues buenos agricultores.

La primera regla de la moral, es no dejarse llevar jamás por un pensamiento, un sentimiento o un acto que sea peligroso o nocivo para los demás. Porque os veréis obligados a cosecharlo y a “comerlo”; y si se trata de venenos, vosotros seréis los primeros envenenados. Cuando toméis esto como una regla absoluta, empezaréis a perfeccionaros. Ya sé que, a menudo, lo que impide comprender a los humanos es la lentitud con la que se manifiestan las leyes: ni el bien llega inmediatamente, ni tampoco el mal. Un hombre no cesa de transgredir las leyes, y todo le va bien: come, bebe, trafica, y los demás, que le miran, se dicen: “No hay ley, no hay justicia, porque no es castigado...” Y lo imitan. Y a alguien honesto, que hace el bien, que reza, nada bueno le sucede. Entonces, los demás concluyen que no vale la pena seguirle. Todos piensan que si hubiese una justicia, debería manifestarse más rápidamente; no conocen la razón de esta lentitud en las recompensas y en los castigos. Se hacen preguntas y dicen: “Si las leyes actuasen más rápidamente, sería mejor, porque seríamos corregidos inmediatamente, comprenderíamos y no volveríamos a empezar, nos retendríamos...”

Pues bien, yo conozco la razón de esta lentitud. Nos muestra la bondad y la clemencia de la Inteligencia cósmica que quiere dar a los humanos tiempo para hacer experiencias, para reflexionar, y hasta para arrepentirse, para mejorarse y reparar sus errores. Si las leyes viniesen a castigar inmediatamente a los humanos por sus faltas, éstos serían aniquilados, y no podrían, por tanto, ni siquiera mejorarse. Mientras que si se les deja mucho más tiempo, mandándoles algunos pequeños inconvenientes para pincharles y morderles un poco a fin de hacerles reflexionar, tienen la posibilidad de reparar.

Y el que hace el bien, tampoco es recompensado inmediatamente, porque si recibiese inmediatamente una recompensa, empezaría a dejarse llevar y entonces transgrediría todas las leyes. Así pues, el Cielo deja que se refuerce para que se consolide un poco, para que se conozca; no le da todo inmediatamente para ver hasta qué punto continuará haciendo el bien. Veis pues, que hay razones para esta lentitud. Pero que el bien verdaderamente aporta el bien, esto es algo absoluto, y que el mal acaba... muy mal, también lo es. Lo que es difícil de saber, es el tiempo que hará falta; puede prolongarse, o puede acelerarse, pero la ley es absoluta.5

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