Cuando uno ha recibido el Espíritu Santo es cuando llega a ser verdaderamente adulto, y entonces camina en medio de la luz, tiene un guía, ve las cosas claras. Únicamente este tipo de adulto es reconocido como tal por el Cielo. Los demás no son, todavía, sino niños recalcitrantes. Sí, todos los que no han alcanzado esta madurez espiritual son considerados arriba como bebés. La cosa está clara, por tanto: el hombre no tiene que seguir siendo un niño eternamente, pero mientras no haya recibido la luz, el Espíritu Santo, que trae consigo todas las riquezas, tiene que mantener una actitud de niño, es decir, tiene que seguir siendo obediente, humilde, atento para con el Cielo. Por otra parte, cuando veis personas que se enfrentan con dificultades insuperables, podéis deducir que se trata de individuos que aún se comportan como niños desobedientes, porque los verdaderos adultos ya no sufren: están continuamente en la luz. Sin embargo, aquellos que no han querido conservar esta actitud de niños hasta llegar a su madurez, y que se han vuelto prematuramente adultos, evidentemente, sufren.
Qué hay que hacer, ¿pues? Es muy sencillo: hasta que no hayáis llegado a ser adultos, debéis pedir a vuestros padres celestiales que os instruyan y os guíen. Cuando vean que sois cada vez más fuertes, más resplandecientes, más luminosos y que estáis llenos de amor, decidirán daros vuestra mayoría de edad: el Espíritu de la luz no cesará de iluminaron y de inspiraros. Ya no tendréis las mismas dificultades que tienen estos supuestos adultos que creen poder llevar una vida independiente. Mientras no hayáis sido reconocidos como adultos por el Cielo, tenéis que actuar como niños humildes y obedientes para poder entrar en el Reino de Dios. Ahora, comprendedme bien. Cuando digo que hay que ser humildes y obedientes, quiero decir que hay que serlo con respecto al Señor... no con respecto a los hombres. Porque, con frecuencia, se ha comprendido que había que obedecer y someterse a cualquiera, y así, ¡cuántos obedecen a los tiranos, a los ricos, a los poderosos, y a los verdugos! No: se trata de ser fiel, abnegado, sumiso y obediente únicamente con el Principio divino.
En realidad, en las iglesias, incluso entre los miembros del clero, no se ven muchos adultos; hablan siguiendo su propia inspiración, sus propios puntos de vista, y no es esto lo que hay que hacer. Antes de que un hombre pueda predicar, es necesario que el Espíritu tome posesión de él, porque es el Espíritu quien debe manifestarse a través suyo, a fin de que sus palabras no sean la expresión de sí mismo, sino de la sabiduría y de la luz celestiales, la expresión de la Inteligencia cósmica. El hombre es adulto cuando ya no habla en su propio nombre. Existen Maestros que tienen autoridad y que se imponen formidablemente, pero no son ellos los que se imponen, sino el Espíritu que está en ellos y que tiene el derecho de imponerse. Antes de haber recibido el Espíritu, no tenemos el derecho de imponernos; es muy peligroso. Antes de ser mayores de edad, no tenemos el derecho de ordenar, de mandar, porque sería volvernos adultos antes de tiempo.
La vida espiritual comporta períodos de transformación que marcan el paso de una etapa a otra, de la misma forma que en la vida fisiológica se produce, por ejemplo, la pubertad o la menopausia. Estas transiciones no se manifiestan de manera tan aparente en el plano espiritual, pero son muy significativas, porque producen grandes cambios en la vida interior. Así pues, de la misma forma que en la vida física se produce el paso de la infancia a la adolescencia y después a la edad adulta, en nuestra evolución espiritual también está previsto este paso. Tenemos que seguir siendo niños hasta que no hayamos alcanzado la madurez de adultos. Pero después, una vez que ya seamos adultos, ya no tenemos que seguir comportándonos corno niños.
Ahora, bajo este enfoque, las palabras de Jesús son más fáciles de comprender: “Si no os volvéis como niños, no entraréis en el Reino de Dios...” Sí, a partir del día en que dejáis de confiar en el Padre Celestial, en la Madre Divina, en que dejáis de amarles, de abandonaros en sus manos, empezáis a sentir las cargas de la vida, la miseria, la fealdad, os cansáis, ya no tenéis la alegría del niño despreocupado, que juega y que canta; os arrugaréis, os apergaminaréis, porque tienes demasiado peso sobre vuestras espaldas. Pero si, aún teniendo responsabilidades de adultos, queréis seguir siendo, a pesar de vuestros deberes y de vuestras cargas, hijos celestiales, confiados, persuadidos de tener arriba unos padres que os aman, entonces os desarrollaréis plenamente, os transformaréis en seres sonrientes, hermosos, luminosos.
¿Está claro ahora? Todos nosotros tenemos que ser, de ahora en adelante, hijos del Cielo; así sentiremos el amor de nuestro Padre y de nuestra Madre, su presencia, su ayuda que nos sostendrá, protegerá, animará e iluminará. Mientras que todos aquellos que se creen superiores, que se permiten romper sus lazos con el Cielo, se sienten desgraciados, abandonados en medio del frio y de la soledad. Este es el estado en que se encuentran actualmente muchos que se creían muy maduros, muy inteligentes y muy poderosos.
Las dificultades y las cargas pesan sobre aquellos que han abandonado a sus padres celestiales. Sed, pues, como niños, agarraos a vuestro Padre y a vuestra Madre celestiales, tened plena confianza en ellos. Para aquél que se siente hijo de Dios, todas las dificultades acaban por resolverse, porque el Cielo nunca deja que un hijo suyo llore en soledad, siempre acude a socorrerle.
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