Debemos poseer, pues, amor y sabiduría: amor en el corazón y sabiduría en el intelecto. El corazón debe permanecer eternamente joven; el intelecto, en cambio, debe ser viejísimo. De lo contrario, si el corazón envejece y el intelecto es demasiado joven, el resultado es desastroso. El que está siempre descontento, triste, frustrado, inquieto y receloso, tiene el corazón de un anciano. No ama, no se interesa por nada y no avanza. Por otra parte, a menudo, el intelecto de un hombre semejante se ha quedado en la infancia. La infancia y la vejez no son malas en sí, siempre que se sepa qué es lo que debe ser joven y qué es lo que debe ser viejo. A veces se encuentran eminentes sabios o grandes eruditos, que poseen un corazón extraordinariamente joven; y esto es lo ideal, lo perfecto. Desgraciadamente, esta perfección la encontramos realizada en contadas ocasiones.
II
Si la Inteligencia de la naturaleza ha establecido que los niños deben permanecer junto a sus padres durante años, se debe a que, para crecer y para desarrollarse, un niño tiene necesidad de un modelo. Pero los padres... a veces dan ejemplos negativos. No siempre ellos mismos están modelados como es debido. Y como los niños imitan instintivamente a sus padres, al no estar éstos preparados, los niños tampoco lo están. En realidad, también los adultos tienen necesidad de modelos superiores, pero no quieren reconocerlo y no los buscan; se creen ya perfectos y es una lástima, porque al estar satisfechos de sí mismos van directos hacia la catástrofe.
Y yo, ¿creéis que no tengo necesidad de modelos para convertirme en lo que deseo ser? Desde luego que sí, pero como no encuentro modelos suficientemente perfectos aquí en la tierra, los busco en otra parte, en donde están; por eso avanzo continuamente. Despacio, claro está, pero sumando los pequeños progresos de todos los días, al cabo de varios miles de años habré recorrido un camino inmenso, Sí, ¡tengo paciencia suficiente para trabajar aún durante miles de años!...
Los niños, pues, viven junto a los adultos para tener un modelo, pero también para que, recíprocamente, los adultos tengan ante sí el ejemplo de lo que deben llegar a ser, puesto que se dice en los Evangelios que únicamente los niños entrarán en el Reino de Dios. Un adulto es demasiado grueso, demasiado pesado, demasiado serio, pero a un niño pequeño, que salta, brinca, y ríe... ¡inmediatamente se le abre la puerta! ¡Pero si os creéis que, con estas explicaciones, todos, a partir de hoy, van a decidirse a ser niños! No; seguirán como antes, abrumados por las cargas, las preocupaciones y las complicaciones, porque no han comprendido nada.
Mirad a un niño, no tiene de qué preocuparse, ni tiene que trabajar; sus padres se ocupan de él, le dan de comer, le lavan, le visten. Mientras que, por el contrario, pesan sobre los adultos cargas, complicaciones y deberes: hay que ganar dinero para subsistir, abastecer las necesidades de la familia, alimentarla, darle alojamiento, protegerla, y así sucesivamente.
Ciertamente se dan casos de niños maltratados, abandonados por sus padres, y casos de adultos ricos y privilegiados que pasan su vida feliz, tranquilamente. Pero tan sólo se trata de excepciones.
El niño tiene que aceptar la autoridad y los consejos de los adultos, porque tiene necesidad de protección y no posee todavía la energía y las facultades necesarias para bastarse a sí mismo y comportarse en la vida. Más tarde, cuando se siente fuerte, capaz, inteligente, se responsabiliza, quiere trabajar, imponerse, demostrar sus aptitudes; y entonces empiezan para él las preocupaciones: simplemente porque cuenta consigo mismo, con sus facultades, con su fuerza, con su propia percepción de las cosas.
Ser adulto o ser niño es, en realidad, menos una cuestión de edad que de actitud. Entre los adultos, algunos se comportan como tales, y otros actúan como niños. Se puede, desde luego, considerar la cuestión bajo diferentes aspectos, pero dejo eso a los psicólogos y a los moralistas. A mí, lo que me interesa, es saber cómo hay que comportarse en la vida espiritual. Considerad el caso de los discípulos y, sobre todo, el de los Iniciados. En vez de disponer de su vida para sí mismos y de organizarla a su antojo, la abandonan a la voluntad de Dios. Quieren seguir siendo niños, es decir, quieren obedecer a sus padres celestiales y hacer todas las cosas de acuerdo con sus consejos y, precisamente porque adoptan esta actitud, el Cielo se ocupa de ellos, les alimenta, vela por ellos y les protege.
Imaginándose que ya son adultos, muchos se sienten fuertes, libres, dueños de su destino, creen que ya no tienen necesidad del Padre Celestial ni de la Madre Divina y rompen sus relaciones con ellos. Pero, a partir de entonces, les ocurren todo tipo de desgracias: el Cielo ya no se ocupa de ellos, porque ya son adultos, ¡naturalmente! Si continuaran siendo niños, es decir, si en vez de mostrarse independientes respecto al Cielo, experimentasen el deseo de dejarse guiar por él, de seguir sus consejos, de confiar en él y de caminar de la mano de sus padres divinos, éstos seguirían ocupándose de ellos y les protegerían.
Vais a decirme que no se puede seguir siendo niño toda la vida. Desde luego, pero ahí también es preciso dar una explicación: no se trata de conservar una mentalidad infantil sino de seguir teniendo, incluso en la edad adulta, una actitud de niño respecto al Cielo, de mostrarse dócil, sumiso, lleno de amor. Se trata, sencillamente, de una cuestión de actitud con respecto al Cielo. Y el Cielo, que observa a este ser, no le abandona, le envía su ayuda y su luz. El Cielo sólo acudirá en vuestra ayuda si sois niños. Diréis: “¿Aunque sea una anciano de noventa y nueve años?” Esto no importa; las entidades sublimes no miran vuestras arrugas, ni vuestras canas, ni tampoco el calendario oficial: ven que sois un niño adorable, que vuestra actitud es la de un hijo de Dios, la de una hija de Dios, y os hacen entrar en el Paraíso.
Ya veis que las palabras de Jesús no siempre han sido bien comprendidas ni bien explicadas. La gente dirá: “Pero, ¿cómo? ¿Quiere que seamos débiles e ignorantes como los niños?” No, naturalmente que no son los defectos de los niños los que hay que imitar sino sus cualidades: su obediencia, su confianza en escuchar y en seguir a los padres, en aprender y obrar según sus consejos.
Muchas veces me encuentro con chicos y chicas que tienen una confianza tan grande en sus puntos de vista personales que no aceptan consejos de nadie. Aunque se trate de un Maestro, no le escucharán. Y yo, sólo con ver esta mentalidad, ya sé que les esperan grandes problemas y que no están preparados para afrontarlos y para resolverlos correctamente. Pura y simplemente porque tienen mentalidad de adultos: en vez de ser como los niños que, conscientes de su ignorancia y de sus debilidad, confían en sus padres, buscan sus consejos y los siguen atentamente, sólo cuentan para ellos sus opiniones, de una manera absoluta. Pues bien, estos muchachos son demasiado viejos: se encontrarán con grandes problemas y grandes tristezas.
Diréis: “Pero, ¿hasta cuándo tenemos que mantener esta actitud de niños?” Hasta que os hayáis vuelto tan puros y luminosos que el Espíritu Santo pueda venir a instalarse en vosotros. Sí, cuando el Espíritu Santo se instala en un hombre, entonces éste puede considerarse como un verdadero adulto. Dios no ha hecho las cosas de tal forma que el ser humano tenga que seguir siendo niño durante toda la eternidad. Ambos períodos, la infancia y la edad adulta, han sido previstos por la Inteligencia cósmica: hay que ser niños durante un cierto tiempo, hasta llegar a la madurez. Lo que sucede, simplemente, es que esta madurez no está donde la gente la coloca: han fijado la mayoría de edad a los veintiuno o a las dieciocho años; son mayores civilmente, pero no tienen todavía la madurez de la que os hablo. La mayoría de las personas no tienen la madurez espiritual ni siquiera a los noventa y nueve años.
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