Cuando pensamos en la infancia, no podemos dejar de evocar la vejez, pues entre ambas existe una relación. Los niños se sienten atraídos por las personas mayores y, a la inversa, los ancianos quieren mucho a los niños. La vida es como un círculo cuyo principio es la infancia y cuyo fin es la vejez: los dos extremos se tocan. Sin embargo es evidente que un niño y un anciano no inspiran en absoluto los mismos sentimientos. Enseguida tenéis ganas de besar a un niño, de acariciarlo, de tomarle en vuestros brazos, de hacerle saltar sobre vuestras rodillas... Pero no sucede lo mismo con un anciano. ¿Por qué? Responderéis que porque el niño es más leve. No, no es sólo por eso...
El niño nace con los puños cerrados, mientras que el anciano muere con las manos abiertas. El niño, con sus puños cerrados, quiere decir: “Tengo una gran confianza en mis fuerzas; quiero manifestarme y vencer al mundo entero...” Mientras que el viejo, que ha desperdiciado su vida buscando una felicidad que no ha encontrado, dice: “Creí que obtendría muchas cosas, y lo he perdido todo; estoy decepcionado...” Como no ha podido retener nada, abre las manos. Muchos están frustrados al final de su vida porque, a pesar de su avanzada edad, no han adquirido nada, no han aprendido nada.
En realidad, es muy difícil llegar a ser un verdadero anciano, tan difícil, que Jesús dijo: “Si no os volvéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos...” En el Cielo, hay ya Veinticuatro Ancianos, así que no hay sitio para más. En el Apocalípsis de san Juan está escrito: “Vi veinticuatro tronos, y sobre estos tronos Veinticuatro Ancianos sentados, revestidos con vestiduras blancas y con coronas de oro sobre sus cabezas...” Los Veinticuatro Ancianos son unos Espíritus extraordinariamente elevados: forman un consejo que dirige el destino de los seres. ¿Cómo osaríamos nosotros presentarnos como candidatos a este consejo? Ved que, como ya no podemos presentarnos en el Paraíso como ancianos, ¡tenemos que entrar como niños! Y entonces sí, entrada libre: ¡todos los niños son aceptados! El Paraíso está poblado de niños, y sólo hay veinticuatro Ancianos. ¿No me creéis? Sí, el hecho de que todos los ancianos sean devueltos para que se reencarnen en la tierra prueba claramente que no quieren conservarlos en el Paraíso. Cuando alguien dice: “Mi padre está en el Paraíso con Dios”, en realidad ya está reencarnado en un bebé, en alguna familia ¿Por qué ha vuelto? Precisamente, para aprender el amor y la sabiduría que están escondidos en estos dos símbolos: el niño y el anciano. El niño y el anciano representan las dos virtudes que tenemos que aprender a desarrollar durante nuestra existencia.
El niño es el amor que trae la abundancia de fuerzas y de energías, que quiere verlo todo, tocarlo todo, que quiere obrar y manifestar todas las posibilidades de la vida. El anciano es la sabiduría que observa, que analiza, que saca conclusiones. Pero ambos deben caminar juntos, porque en el momento actual, en que vemos que se manifiesta por todas partes la tendencia a desarrollar el intelecto en detrimento del corazón, los humanos se vuelven críticos, intolerantes, y se comportan como viejos cascarrabias; y la sabiduría no es eso.
Y ahora, observad a los niños cuando aprenden a caminar: se caen, se levantan, se caen de nuevo, se vuelven a levantar, hasta que consiguen mantenerse en pie. Y, en cambio, observad a un anciano. Si fracasa una vez, dice: “Se acabó, no lo probaré más...” Si se cae, espera que le levanten: la gente le presta socorro, pero para llevarlo al hospital. Eso significa que un ser viejo de carácter, de alma, de pensamientos, si alguna vez se cae, ya no se levanta. Dice: “Que se levanten y actúen los demás; para mí la vida se ha terminado...” Y no es así, debe intentarlo miles de veces, si es necesario, pero tiene que levantarse para andar, de lo contrario jamás aprenderá a andar en el Reino de Dios.
Observad una vez más a los niños. Les dais un bombón, una piedra, un insecto, y se ponen contentos. Mientras que a los ancianos nada les satisface, siempre encuentran alguna razón para gruñir y quejarse. Por eso no entrarán en el Reino de Dios, porque el Reino de Dios es un estado de conciencia hecho de flexibilidad y de alegría. Si no son capaces de entrar en el Reino de Dios durante esta vida, ¡cuánto menos lo serán cuando estén en el otro mundo! Desde ahora se les niega la entrada. No penséis que cuando hablo así de los ancianos sólo considero la edad, porque hay jóvenes que a los dieciséis años, ya son interiormente ancianos: apagados, aburridos, asqueados, nada les interesa, ninguna actividad les atrae, son incapaces de maravillarse, de entusiasmarse. Por el contrario hay ancianos que tienen el corazón joven, rico, inagotable. Son tan resplandecientes, tan alegres, tan deliciosos, que de buena gana les besaríamos. Sí, a pesar de su edad dan ganas de besarles, de tomarles en brazos, porque son verdaderamente niños. Los niños son despreocupados, no se inquietan por el porvenir. Mientras que los ancianos se atormentan continuamente por el futuro, que ven siempre lleno de incertidumbres: enfermedades, miseria, soledad... Y, desgraciadamente, toda la cultura contemporánea nos enseña a ser ancianos. No es muy inteligente, al parecer, ser como un niño. La injuria más grave que se puede hacer a una persona es tratarla como a un niño. Para agradar a la opinión pública hay que tener un aire preocupado, de persona que tiene un montón de “problemas”. Si un adulto es alegre, sencillo, abierto, se considera que no es sabio ni profundo. Con esta filosofía, que mata cada vez más los buenos impulsos de su naturaleza, el hombre se destruye a sí mismo. Así pues, esforzaos para volveros como niños, con un corazón siempre vivo, amante, que se interese por todo, que perdone enseguida, que goce con las cosas más insignificantes, que olvide rápidamente las vejaciones, las tristezas y las caídas, un corazón que esté constantemente dispuesto a amar, a abrazar al mundo entero, un corazón que no se cristalice, que no se enfríe. Mientras que vuestro corazón conserve su calor, no podéis envejecer.
Los niños están llenos de confianza en sí mismos, se creen capaces de luchar contra los mayores, de derribarles, de ser más fuertes que ellos; cuando lo intentan, no lo consiguen, ¡pero continúan creyéndolo! Y también creen todo lo que les cuentan, aunque sean “cuentos chinos”. Por el contrario los ancianos no os creen aunque les digáis la verdad. Tienen sospechas y dicen: “¡Cuántas veces he visto eso, hijo mío! No soy tan estúpido como para creérmelo otra vez, ¡Ya no se me puede engañar!” En realidad, se les puede engañar fácilmente, porque, a menudo, no distinguen claramente las cosas.
Algunos me preguntan: “¿Por qué muchas veces está Vd. alegre como un niño?” Les respondo que porque así me siento mejor; me respetarán menos, desde luego, pero me da igual, ¿Por qué la gente quiere ser estimada y respetada? Se estima a los ancianos, se les respeta, pero no se les ama. Una montaña es una cosa muy grande que admiramos, pero andamos sobre ella; una pequeña perla, en cambio, la queremos llevar puesta. ¿Quién de vosotros respeta a los niños y les hace reverencias? A los niños se les acaricia, a veces se les da un azote, pero se les quiere. En el amor que se les profesa hay calor; mientras que en el respeto, muchas veces hay frialdad. Se respeta a todos los grandes personajes, a los ancianos, a los sabios, pero raramente se les ama. La gente se inclina ante un anciano, le saluda profundamente, pero busca la forma de alejarse de él lo más rápidamente posible.
El que quiere que le respeten, perderá el amor de los demás. Por el contrario, el que quiere seguir siendo siempre un niño, o como un niño, quizá no sea respetado, pero se le amará. Si sólo buscáis respeto de los demás llegará un día en que os sentiréis muy solos. Diréis: “Cuando paso por la calle todos me saludan con mucha deferencia, pero me siento solo y nadie viene a darme calor...” El respeto nunca colma al corazón; únicamente el amor nos hace felices. Por ello, el que quiera ser feliz, debe preferir el amor y volverse, por tanto, semejante a un niño.
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