—No. No es el tipo de hombre al que sea fácil sacarle cosas, aunque puede ser bastante comunicativo cuando quiere.
—Me gustaría conocerlo —dije—. Si voy a vivir con alguien, prefiero una persona estudiosa, de hábitos silenciosos. Aún no estoy lo suficientemente recuperado como para soportar mucho ruido o emociones. Las grandes raciones que tuve de ambos en Afganistán me bastan para lo que me resta de vida. ¿Qué puedo hacer para conocerlo?
—Lo más seguro es que esté en el laboratorio —respondió mi compañero—. A veces evita el lugar durante semanas, pero suele trabajar allí desde que amanece hasta entrada la noche. Si le parece, podemos ir allá luego del almuerzo.
—Desde luego —dije, y la conversación tomó otros rumbos.
Camino al hospital, luego de dejar Holborn, Stamford proveyó nuevos detalles sobre el caballero que yo pretendía tomar por compañero de alojamiento.
—No debe culparme si no se llevan bien —dijo—. No sé nada más de él aparte de lo que he podido observar las veces que hemos coincidido en el laboratorio. Finalmente ha sido su idea, y no es mi responsabilidad.
—Si no nos llevamos bien, será fácil separarnos —respondí—. Me parece, Stamford —agregué mirándolo con dureza—, que tiene usted algún motivo para lavarse las manos en este asunto. ¿Acaso el temperamento de este tipo llega a tales extremos? ¿O qué sucede? Le pido que no se ande con rodeos.
—No es fácil expresar lo inexpresable —respondió riendo—. Para mi gusto, Holmes es quizá demasiado científico, puede que hasta el extremo de la sangre fría. Puedo imaginar perfectamente que Holmes haría que un amigo suyo recibiera un pequeño pellizco del último alcaloide vegetal, y no lo haría por malevolencia, sino por el simple espíritu de la investigación, para hacerse una idea sobre sus efectos. Para ser justos, creo que se lo practicaría a sí mismo con igual disposición. Es un apasionado del conocimiento exacto y definitivo.
—Es algo positivo, a mi modo de ver.
—Desde luego que lo es, aunque puede resultar excesivo. Lo he visto apalear cadáveres en las salas de disección. No deja de ser extraño.
—¿Apalea cadáveres?
—Así es, para verificar qué tantos moretones pueden salir después de la muerte. Lo vi con mis propios ojos.
—¿Y sin embargo dice que no es un estudiante de Medicina?
—No lo es. Sabrá Dios cuál es el objeto de sus estudios. Pero hemos llegado, y ya se podrá usted formar sus propias impresiones.
Sin que Stamford dejara de hablar, el coche dobló por una calle estrecha y pasó por una pequeña puerta lateral que desembocaba en una de las alas del gran hospital. Era un lugar familiar para mí, y no necesité guía mientras subíamos las lúgubres escaleras de piedra hasta el largo corredor de paredes de cal y puertas de colores pardos. El pasillo remataba en un arco que daba inicio a un nuevo pasillo que parecía desprenderse del anterior y llevaba al laboratorio químico.
Se trataba de un recinto elevado, lleno de incontables botellas por todos lados. También se veían mesas anchas de poca altura, erizadas de retortas, tubos de ensayo y pequeños mecheros de Bunsen, de los que asomaban intermitentes llamas azules. Solo había un estudiante en la sala, y este se encontraba inclinado sobre una de las mesas distantes, por completo absorto en su labor. Cuando escuchó el sonido de nuestros pasos, miró alrededor, se incorporó y gritó de alegría:
—¡Lo encontré! ¡Lo encontré!
El grito iba dirigido a mi compañero. El fulano corrió en nuestra dirección con un tubo de ensayo en las manos.
—Encontré un reactivo que se precipita únicamente con la hemoglobina, con nada más.
De haber descubierto una mina de oro, la alegría que mostraba su rostro no habría sido mayor.
—Doctor Watson, el señor Sherlock Holmes —dijo Stamford a modo de presentación.
—Cómo está usted —dijo con cordialidad mientras me estrechaba la mano. La fuerza de su agarre no parecía concordar con su figura—. Veo que ha estado en Afganistán.
—¿Cómo diablos lo sabe? —pregunté lleno de asombro.
—No tiene importancia —dijo ahogando una risa—. Lo que ahora importa es la hemoglobina. Sin duda perciben la importancia de mi descubrimiento…
—Desde el punto de vista químico es interesante, sin duda —respondí—, pero en términos prácticos…
—Pero, hombre, es el descubrimiento más práctico en términos médico-legales que se ha hecho en años. ¿Acaso no ve que nos ofrece un examen infalible de manchas de sangre? ¡Le muestro!
En su ansia, me sujetó con fuerza por la manga y casi me arrastró hacia su lugar de trabajo.
—Necesitamos un poco de sangre fresca. —Tras decir esto se clavó una aguja en uno de sus dedos, y capturó en una pipeta química la gota de sangre resultante—. Y ahora agregamos esta pequeña cantidad de sangre en un litro de agua. Se dará cuenta de que la muestra resultante tiene la apariencia del agua pura. La proporción de sangre no será más de uno en un millón. No tengo ninguna duda, no obstante, de que obtendremos la reacción característica.
Sin dejar de hablar, vertió en un recipiente un puñado de cristales blancos y agregó algunas gotas de un fluido transparente. De inmediato la muestra asumió un color caoba apagado, y un polvo parduzco se precipitó hasta el fondo de la vasija de cristal.
—¡ Ja! —exclamó aplaudiendo; se veía tan feliz como un niño con un nuevo juguete—. ¿Qué le parece?
—Parece una prueba muy sutil —comenté.
—¡Es magnífico! ¡Magnífico! La vieja prueba del guayacol era chapucera y totalmente inexacta. También lo es el examen microscópico de glóbulos rojos. Este último es por completo irrelevante si las muestras tienen más de un par de horas. Ahora, este nuevo método funciona bien si las muestras son recientes o antiguas. Si esta prueba se hubiera descubierto antes, cientos de hombres que ahora caminan la Tierra habrían recibido castigo por sus crímenes.
—¡Ciertamente! —murmuré.
—Los casos criminales se estancan continuamente en ese punto. Se sospecha de un hombre meses después de que el crimen ha sido cometido. Sus sábanas e incluso su ropa se examinan, y se descubren manchas parduzcas. ¿Son manchas de sangre o de barro? ¿De óxido o de fruta? ¿Qué son? Esta pregunta ha desconcertado a muchos expertos, ¿por qué? Porque no había una prueba confiable. Ahora tenemos la prueba Sherlock Holmes, y aquellas dificultades son cosa del pasado.
Sus ojos relucían a medida que hablaba. Se llevó la mano al corazón e hizo una inclinación como si una muchedumbre a punto de aplaudir acabara de aparecer gracias a su imaginación.
—Usted merece una felicitación —acerté a decir, considerablemente sorprendido por su entusiasmo.
—El año pasado tuvimos el caso de Von Bischoff en Fráncfort. Si esta prueba hubiera existido, con seguridad lo habrían enviado a la horca. Y también Mason en Bradford, y el infame Muller, y Lefebre de Montpellier, y Samson en Nueva Orleans. Puedo nombrarle una veintena de casos en que esta prueba habría sido decisiva.
—Parece usted un calendario andante del crimen —dijo Stamford riendo—. Puede redactar un artículo sobre ello. Titúlelo «Noticias policiales de antaño».
—Sería una lectura muy entretenida, eso ni dudarlo —comentó Sherlock Holmes mientras ponía sobre la herida de su dedo un poco de yeso—. Tengo que tener cuidado —continuó en lo que se volteaba a encararme con una sonrisa—: trabajo todo el día con venenos.
Mientras hablaba extendió su mano, y pude darme cuenta de que estaba moteada en toda su extensión por pequeños pedazos de yeso, y descolorida por la acción de poderosos ácidos.
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