No puedo concluir esta introducción sin agradecer y celebrar el esfuerzo de Panamericana Editorial por rescatar los tesoros literarios del pasado: esas obras que se han vuelto clásicas e inmortales porque, más allá de las circunstancias particulares en que fueron escritas o las historias que cuenten, son capaces de retratar aquellos aspectos del alma humana que siguen constituyendo misterios insondables. Saludo, entonces, con beneplácito que, a las de Drácula y Frankenstein, se una ahora la publicación de las cuatro novelas sobre Sherlock Holmes escritas por Arthur Conan Doyle en las excelentes traducciones de Juan Fernando Hincapié.
Nos queda a continuación nuestra tarea de lectores: seguir paso a paso —y de la mano de un excelso narrador, Watson— a Sherlock Holmes en cada una de sus observaciones y razonamientos, hasta lograr resolver los misterios más profundos. Se nos viene a continuación una aventura que pone en tensión nervios y músculos, y que abre nuestras mentes hacia la investigación de lo cognoscible y la imaginación de lo que resulta imposible de saber. ¡Bienvenidos!
Diego Antonio Pineda R.
Profesor titular de la Facultad de Filosofía
Pontificia Universidad Javeriana
Bogotá, febrero de 2020
ESTUDIO EN ESCARLATA
Primera parte
(Reimpreso de las memorias del doctor John H. Watson, quien perteneció al servicio médico del Ejército)
CAPÍTULO I
El señor Sherlock Holmes
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En 1878 me gradué como doctor en Medicina de la Universidad de Londres, tras lo cual fui a Netley con el fin de tomar el curso obligatorio para los cirujanos del ejército. Luego de completar mis estudios en esa localidad, fui debidamente incorporado como cirujano asistente al quinto regimiento de los Fusileros de Northumberland, el cual se encontraba en la India, y antes de que pudiera unírmeles estalló la guerra afgana. A mi llegada a Bombay descubrí que mi unidad había traspuesto la frontera y ya se encontraba internada en territorio enemigo. Los seguí, no obstante, junto a otros militares que se encontraban en la misma situación, y llegamos sin contratiempo a Kandahar, donde por fin encontré mi regimiento y pude incorporarme en el acto a mis funciones.
La campaña militar en aquel país cubrió de honores y de ascensos a muchos hombres, pero a mí solo me trajo desdichas y calamidades. Me separaron de mi brigada y me incorporaron a los Berkshires, con quienes serví en la batalla fatal de Maiwand. Allí recibí en el hombro un impacto de bala explosiva que me destrozó el hueso y rozó la arteria subclavia. De no ser por el valor y la entrega mostradas por Murray, mi ordenanza, habría caído en las manos asesinas de los guerreros de la fe. Murray me cargó en un caballo de carga que me llevó hasta la seguridad de las líneas británicas.
Agotado por el dolor y totalmente debilitado por las miserias padecidas, me llevaron en medio de grandes sufrimientos al hospital de Peshawar. Allí mejoré un poco, hasta el punto de que ya podía caminar sin ayuda por los pabellones e, incluso, disfrutar con moderación del sol en la terraza, pero entonces caí víctima del más terrible enemigo de nuestra presencia en la India: la fiebre tifoidea. Durante meses mi vida pendió de un hilo, y cuando por fin pude volver en mí mismo y lograr un estado de convalecencia, estaba tan débil y demacrado que una junta médica determinó que no se debería perder un solo día en mi retorno a Inglaterra. En consecuencia, ocupé una plaza en el buque de transporte de tropas Orontes, y luego de un mes desembarcamos en el muelle de Portsmouth. Mi salud estaba irrevocablemente malograda, pero tenía permiso de mi paternal gobierno de pasar los siguientes nueve meses tratando de recuperarme.
No tenía parientes ni allegados en Inglaterra y, por lo tanto, estaba tan libre como el viento —o tan libre como unos ingresos de once chelines y seis peniques al día se lo permiten a un hombre—. Bajo tales circunstancias me sentí atraído de manera natural hacia Londres, aquel inmenso pozo séptico que fascina a todos los holgazanes y zánganos del Imperio. Allí me hospedé por algún tiempo en un buen hotel en el Strand, donde llevé una vida sombría y carente de significado y gasté todo el dinero del que disponía, de manera considerablemente más libre de lo que la prudencia aconsejaba. Tan alarmante se tornó el estado de mis finanzas que pronto supe que debía dejar la metrópoli y llevar una vida rústica en algún lugar del campo, o emprender una reforma absoluta de mi estilo de vida. Al optar por esta última alternativa, comencé a decidirme a dejar el hotel y tomar una habitación en un domicilio menos pretencioso y más barato.
El mismo día en que llegué a esta conclusión me encontraba en el bar Criterion, y de pronto alguien me dio unos golpecitos en el hombro. Al darme vuelta reconocí al joven Stamford, quien había trabajado bajo mis órdenes en Barts. Para un hombre solitario no hay nada más grato que encontrar una cara amable en medio de un lugar tan inmenso y salvaje como Londres. La verdad es que Stamford y yo no habíamos sido grandes amigos, pero en el bar lo saludé con entusiasmo, y él, a su turno, parecía encantado de verme. En medio de la exuberancia de mi gran alegría, lo invité a almorzar en el Holborn, y hacia allá nos dirigimos en un coche de los de un caballo.
—¿Y qué ha estado haciendo, Watson? —me preguntó sin disimular su asombro mientras el coche traqueteaba por las calles atestadas de Londres—. Está tan flaco como un listón y bronceado como una nuez.
Le brindé un pequeño bosquejo de mis andanzas, y no bien llegué a la conclusión, arribamos a nuestro destino.
—¡Pobre diablo! —dijo con conmiseración luego de que hubo escuchado mis desdichas—. ¿Y a qué se dedica ahora?
—Busco alojamiento —respondí—. Estoy tratando de resolver el problema de si es posible o no obtener alguna habitación cómoda a un precio razonable.
—Es extraño… —comentó mi compañero—. Es usted la segunda persona a quien le escucho lo mismo hoy.
—¿Y quién fue el primero?
—Un sujeto que trabaja en el laboratorio químico del hospital. Se estaba lamentando esta mañana de que no podía conseguir a alguien para compartir el alquiler de un lindo apartamento que había encontrado y que resultaba demasiado oneroso para su bolsillo.
—¡Por Júpiter! —grité—. Si de verdad está buscando a alguien para compartir el sitio y los gastos, yo soy la persona que busca. Preferiría vivir con alguien a estar solo.
El joven Stamford me miró de un modo muy extraño, por sobre su copa de vino.
—Aún no conoce a Sherlock Holmes —dijo—. Quizá al hacerlo no desee tenerlo cerca todo el tiempo.
—¿Por qué? ¿Qué pasa con él?
—Oh, nada malo. No he dicho eso. Sus ideas son un poco extrañas… Es un entusiasta de ciertas ramas de la ciencia. Pero es un tipo decente hasta donde me consta.
—Supongo que será estudiante de Medicina… —dije.
—No… no sé exactamente cuáles son sus intereses. Entiendo que sabe mucho de anatomía, y es un químico de primer nivel, pero hasta donde sé nunca ha tomado clases de Medicina de manera sistemática. Sus estudios son inconexos y excéntricos; sin embargo, ha logrado amasar una gran cantidad de conocimientos poco corrientes, que llenarían de asombro a un profesor.
—¿Nunca le ha preguntado qué pretende? —pregunté.
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