La lectura de estas novelas resulta valiosa tanto por el placer que nos procura una aventura interesante y bien contada como porque, a través de ellas, recibimos enseñanzas adicionales de historia y geografía y, sobre todo, de técnica narrativa y lógica de la investigación. Ellas nos ofrecen lecciones permanentes de historia, pues nos llevan desde lo que ocurría en el siglo xix, en la Inglaterra victoriana, la época del predominio del Imperio británico en diversas partes del mundo, a lugares muy diferentes, como los Estados Unidos, donde ocurre la historia de los mormones (en Estudio en escarlata) o de ciertos acontecimientos ocurridos en las minas de carbón de Pensilvania (en El valle del terror); o incluso nos trasladan imaginariamente a la India, para revelarnos los secretos del tesoro de Agra (en El signo de los cuatro). Y nos ofrecen también interesantes lecciones de geografía, pues Watson tiene el poder de describir con suma belleza los lugares que recorren, como el páramo de Dartmoor, en El sabueso de los Baskerville, o de relatarnos con cuidado cómo eran las llanuras de álcali a través de las cuales se dio la gran travesía de los mormones en su viaje hacia Salt Lake City. Y nos ofrecen también una lección de literatura, bajo la forma de una narración que mantiene todo el tiempo vivo el misterio y la tensión y que, cuando lo resuelve, lo hace de un modo siempre sorprendente y reflexivo, pues Watson no solo nos cuenta una historia, sino que, además, nos describe el proceso mental por medio del cual Holmes pudo resolver el misterio que tenía entre manos.
Pero, por supuesto, la lección fundamental de estos relatos es una lección de lógica de la investigación: lo más sorprendente en ellos es el modo como razona Holmes, la forma en que recoge cada uno de los datos que luego va relacionando, la manera de organizar su información según una cierta estructura y, sobre todo, el modo como va argumentando paso a paso hasta descubrir los motivos, causas y razones que explican o justifican la comisión de un crimen. Todas estas historias ocurren en un momento y lugar histórico determinados y recrean, al estilo de Conan Doyle, dichas situaciones. Retratan, por lo tanto, la percepción y comprensión que tiene un hombre como él de ciertos sucesos de la época que le sirven de contexto a la historia sherlockiana.
Para entender mejor estas novelas, será preciso, entonces, decir algunas cosas sobre el contexto en que se cuentan. Antes de ello es preciso, sin embargo, hacer notar un elemento narrativo que es importante para su comprensión: el uso de la técnica del flashback, es decir del “volverse atrás” cuando va concluyendo la narración básica para introducir en el desarrollo de la acción una secuencia de acontecimientos provenientes del pasado. En varias novelas —y específicamente en Estudio en escarlata y El valle del terror—, después de que se ha contado la historia y se ha resuelto el crimen (allí termina la primera parte de la novela), su segunda parte nos conduce hacia un lugar y momento diferentes al de la narración original. Así, por ejemplo, la historia de Estudio en escarlata trata de un asesinato que sucede en Londres, pero solo se explica por lo sucedido durante la travesía de los mormones a lo largo de los Estados Unidos, que es lo que se narra en la segunda parte de la novela. Algo semejante ocurre en El valle del terror, en la cual, tras resolverse el misterio inicial, el novelista retrocede en el tiempo para contarnos lo ocurrido en las minas de carbón de Pensilvania. El trasfondo histórico que da sentido a la narración solo nos será revelado a medida que esta se desenvuelve.
La primera gran historia es, sin duda, Estudio en escarlata, no solo porque allí se crean el personaje principal (Holmes) y su narrador (Watson), y este es el primer caso que resuelven juntos, sino porque en esta historia, en que se resuelve el misterio del asesinato ocurrido en los jardines de Lauriston, se van constituyendo todos los elementos claves de la narración sherlockiana: se hace explícito el modo como razona Holmes, se ve con claridad cómo es capaz de leer de forma original la escena del crimen, se manifiesta su conflicto con los detectives de Scotland Yard y se sientan las bases esenciales sobre las cuales se construye una historia policiaca. Y, por supuesto, está su mirada histórica: de pronto nos vemos transportados a lo que ocurrió en la travesía de los mormones hasta el valle de Utah, uno de los acontecimientos históricos más polémicos del siglo xix. La lectura de esta y otras novelas nos permite apreciar también de forma fascinante el Londres victoriano, con sus calles, sus casas de gran factura arquitectónica, sus carruajes de caballos o sus lugares de diversión, como aquellos en que se presenciaban espectáculos tan distintos como los conciertos de música clásica o los combates de boxeo.
No menos interesante es la segunda novela: El signo de los cuatro. En ella se revelan las claves de un buen investigador y se cuenta una de las historias más interesantes: la del tesoro de Agra, un tesoro que cuatro hombres ocultaron en esa ciudad mientras fueron arrestados y enviados a una colonia penal en las islas Andamán durante el motín de la India. Dicho motín comenzó en 1857, cuando un grupo de soldados indios (los cipayos) disparó contra soldados británicos y condujo con el tiempo a importantes rebeliones en el centro y norte de la India. Como sabemos, la India era una colonia británica, la más apreciada de todas, a lo largo del siglo xix; y Conan Doyle, que estudió con cierto detalle dicho motín, logra recrearlo mediante un relato que es una mezcla sin igual de intriga, misterio y tragedia; y que, además, nos ofrece una serie de perspectivas sobre otros aspectos propios de la época: la presencia del “salvaje” (Tonga) y la impresión que causaba en la Inglaterra de su tiempo; una descripción fabulosa del río Támesis, en Londres, donde se da la gran persecución para recuperar el tesoro; y lo que ocurría en las colonias penales de entonces, como la de las islas Andamán.
El sabueso de los Baskerville es, así lo creen algunos, la mejor historia de aventuras de Conan Doyle; lo cierto es que tal vez sea la más famosa aventura sherlockiana. Es una historia totalmente inglesa, que recoge una antigua leyenda según la cual hay un perro infernal dispuesto a devorar a quien se le acerque. Cuenta lo que le ocurre a esta noble familia a raíz de una maldición que los persigue por un pacto demoniaco que hizo hace muchos años uno de sus miembros, Hugo de Baskerville, y que afecta a las generaciones posteriores, pues se advierte que sus posibles descendientes tendrán un destino similar si visitan el páramo donde se halla su elegante mansión en medio de la noche. Con estos elementos a mano, primero Watson y luego Holmes, se trasladan a los sombríos páramos de Dartmoor para relatarnos lo que allí acontece hasta que logran desenredar la maraña de acontecimientos oscuros que se ciernen sobre el linaje de los Baskerville. El escenario de la narración está finamente construido, y se ve enriquecido con la bella descripción que de los páramos ingleses nos hace Watson, que en esta ocasión hace el “trabajo de campo” investigativo mediante cartas que envía a Holmes.
El valle del terror conecta el asesinato, en el poblado inglés de Sussex, hasta donde se han extendido las redes criminales de Moriarty, de un norteamericano de ascendencia irlandesa, John Douglas, en 1887, con lo ocurrido doce años antes, en 1875, en el valle de Vermissa, en Pensilvania, “el más desolado rincón de los Estados Unidos de América”, donde una sociedad secreta, Los Vengadores, siembra la muerte por todas partes. Como en Estudio en escarlata, se nos cuentan aquí ciertos aspectos oscuros de la historia norteamericana, como las duras condiciones de explotación en que vivían los mineros del carbón y las terribles sociedades criminales que se formaron en dicho país en el siglo xix. La historia nos ofrece, además, uno de los mejores casos de desciframiento de un mensaje encriptado, cuando Holmes razona con todo cuidado para llegar a concluir el asesinato de Douglas mucho antes de que la policía hubiese tenido noticia de él, uno de los finales más inesperados y sorprendentes de un caso criminal y, sobre todo, una de las mejores caracterizaciones del más poderoso e inteligente enemigo de Holmes: el “Napoleón del crimen”, el profesor Moriarty.
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