Esa tarde coincidieron en la oficina en el horario de salida y volvieron juntos en el auto hablando de temas triviales. Lo que no se decía ocupaba cada vez más espacio entre los dos.
De pronto, ella tomó una decisión. Le dolía su amor por todas partes porque conocía el lugar al que los llevarían sus palabras. La verdad tomó protagonismo.
–Me voy.
Matías se quedó mudo y detuvo el vehículo.
–¿Qué dices? –preguntó mirándola a los ojos.
–He aceptado la propuesta de Lucía. Creo que es lo mejor en este momento.
Matías sentía avanzar su enojo e impotencia. Aceleró y sin decir una palabra llegaron a la casa. Isabella intentaba calmarse para poder hablar sin discutir.
–¿No vas a decir nada? –había preguntado ya en la sala.
–Buen viaje –respondió él con ironía.
–¡Te desconozco! –gritó Isabella conteniendo las lágrimas.
–Estamos igual.
De pronto, un muro helado los separaba. Los dos tenían ganas de pelear, de decir cosas sin pensar, de gritar sus motivos y su rabia por darse cuenta de que el gran amor del inicio ya no se manifestaba de la misma manera, aunque seguía creciendo.
–Toda esta indiferencia es porque no quiero ser madre, ¿verdad?
–Tu viaje es porque quiero tener un hijo contigo, ¿verdad? –cuestionó Matías casi con sus mismas palabras, pero desde su deseo.
–¡No! Es porque ya rechacé una oportunidad de ir a Nueva York a trabajar y no volveré a hacerlo.
–Mientes.
–Nunca te he mentido, por eso estamos discutiendo.
–Mientes, porque si fuera por trabajo querrías que viaje contigo y, claramente, no me incluyes en tus planes. Tu amor no es suficiente para comprender y compartir lo que me haría feliz.
–Y el tuyo no alcanza para comprender que eso que tú quieres me haría infeliz. ¿Por qué no entiendes? A las mujeres que deciden ser madres nadie las cuestiona. Sin embargo, tú me señalas como lo hará la mayoría cuando se entere.
–Y eso ¿qué te dice?
–Que no es justo.
–No. Debería decirte que es lo normal, la familia lo es todo. Los hijos son un sueño a cumplir cuando se ama como yo te amo.
–Mi familia eres tú. Deberías enterarte de que existe la posibilidad de familia sin hijos y lo es todo también. No te amo menos por eso.
–Bella, por favor. Debemos resolver esto juntos, iré contigo a Nueva York, sé que Lucía puede intervenir y puedo trabajar allá un tiempo. Te amo –dijo y se acercó. Intentaba bajar el nivel de conflicto.
Isabella contenía las lágrimas. Lo besó sin pensar. Por un instante, ambos sintieron el amor que los unía.
–Perdóname, pero quiero ir sola –respondió.
Matías sintió una puntada en el alma.
–Necesito aire –dijo para salir de allí y que ella no lo viera llorar.
Después de haber dicho lo que pensaban, ¿volverían progresivamente a ser lo que ya no eran? ¿Era ese el motivo por el que muchas historias de amor en los libros o en el cine terminan con la pareja unida y feliz y no dan cuenta del después?
Luego de haber sostenido irónicas verdades entre guerras y milagros, la pregunta es: ¿Hay siempre un después del después o ese momento solo conjuga finales?
No supongas. No des nada por supuesto.
Si tienes dudas, acláralas. Si sospechas, pregunta.
Miguel Ruiz, 1997
BUENOS AIRES
La tristeza de Emilia no cedía y la incondicionalidad de Adrián sostenía no solo su negocio sino también su alma rota. Él, fiel a su idea de que había un momento para todo y de que las cosas sucedían en el exacto tiempo en que debían ocurrir, ni antes ni después, no preguntaba. Esperaba que naturalmente una confesión le diera las razones de tanta tristeza. Aunque no le gustaba conjeturar, era evidente que la cuestión se relacionaba con el matrimonio ya que ella dormía en el Mushotoku desde la fatídica tarde en la que había ingresado a la recepción con lentes oscuros ocultando su angustia, y desde ese momento Alejandro no había ido más al hotel. Habían pasado varios días desde esa primera noche en la que ella había llorado sobre su hombro sin decir nada.
Algo lo empujaba a pensarla continuamente. Suponía que la causa podía ser que estaba a cargo del hotel y tomaba muchas decisiones de las que siempre se ocupaba ella, pero ¿por qué a la noche? ¿Por qué la recordaba y pensaba el modo de ayudarla a superar su problema justo cuando debía descansar y no tenía obligación de hacer nada? Siempre la había admirado y respetado, ninguna de esas dos cosas explicaba lo que sentía.
Eran las tres de la madrugada cuando se dirigía al dormitorio que él ocupaba a veces, cuando se le hacía muy tarde para regresar a su casa, y volvió a escucharla llorar. Golpeó con suavidad la puerta de su habitación. Del otro lado, Emilia llevaba largo rato observando la nada. En ese lugar cerrado donde habitaba su soledad no necesitaba disimular. Le había hecho bien conversar con su madre; aunque le había trasladado una gran preocupación, también significaba que a partir de que Beatriz sabía, Emilia podría ir a su casa y, simplemente, desplomarse en su hombro o compartir largos silencios que se parecían, por instantes, a la paz que necesitaba.
Alejandro la había llamado solo una vez, pero ella no había respondido. No tenía fuerzas, y él no había insistido. Evidentemente, la comunicación era por culpa, no por algo concreto.
Supo que era Adrián quien golpeaba. Le abrió, enfundada en un pijama azul con la angustia como señal en su mirada verde. Sonrió levemente. Casi una mueca que desentonaba con el resto de su rostro.
–¿Qué haces aún despierto? –sabía que había un ingreso en un horario fuera del habitual, pero creía que habían pasado horas. Sumida en su dolor, no reconocía la dinámica del tiempo.
–Una última recorrida. Por excepción, aceptamos el check in de unos pasajeros que llegarían de madrugada. ¿Recuerdas? Vienen justamente de Japón.
–Sí, es que estoy algo desorientada con la hora –justificó–. ¿Les gustó su habitación?
–Sí, mucho.
–Me alegro –respondió.
La noche estaba agradable. Sin ponerse de acuerdo se habían sentado en los sillones enfrentados ubicados en el balcón; ella, en el de doble cuerpo; él, en uno individual.
–Ya es tiempo –dijo Adrián de pronto.
–Es lógico. Te debo una explicación. Trabajaste por ti y por mí, todos estos días. Lo reconoceré en tu paga, pero supongo que sí, que ya es tiempo de que te cuente lo que me sucede.
–No. No quiero más paga de la que hemos convenido, y cuando digo “ya es tiempo” no me refiero a que llegó el momento de que me cuentes lo que te pasa. Eso sucederá o no, según tus sentimientos.
–Entonces ¿ya es tiempo de qué?
–Es tiempo de que enfrentes el tema, de que hagas las preguntas necesarias y obtengas las respuestas. Que dejes de encerrarte en suposiciones, porque eso haces, ¿verdad?
Emilia pensó un instante. Estaba confundida.
–No lo sé. No… Creo que todo es muy claro, no hace falta suponer.
–Ya es tiempo de que busques la explicación adecuada para poder hacer lo que corresponda y seguir adelante.
–¿Por qué supones que no tengo respuestas?
–Porque te has mudado a una habitación en tu hotel, lloras a escondidas y estás hablando conmigo, aquí, de madrugada. Eso es tristeza, y siempre hay interrogantes en torno a ella. Acaso no te has preguntado ¿por qué a ti?
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