Mervyn Maxwell - Apocalipsis

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El Apocalipsis de Juan comentado de una manera amena, profunda y fundamentada. Este maravilloso libro anticipa desde los días de Juan, su autor, la historia de la iglesia cristiana, así como aspectos significativos de la historia de la humanidad, y su desenlace dramático, pero que tiene un final dichoso para los hombres de bien y buena voluntad. A lo largo de esta obra, el lector descubrirá que la profecía no solo anticipa el futuro, sino también revela claramente a Dios y su infinito cuidado por nosotros.

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La parábola de los talentos. La tercera historia introdujo un nuevo término en el idioma castellano. Hoy, talento es la habilidad que se tiene para hacer algo especial. En los tiempos bíblicos, un talento era un peso de unos 34 kilos; más tarde llegó a representar el valor de ese peso en plata, bronce u oro. En los días de Cristo era una enorme suma, equivalente, tal vez, al salario de un trabajador ordinario por el espacio de quince años.

En esta tercera parábola relativa a la preparación, “un hombre [...] al irse de viaje”, confió cinco talentos a uno de sus servidores, dos a otro y uno al tercero. Y se fue. En su ausencia, el que tenía cinco talentos aprovechó esa enorme riqueza para duplicarla. El que tenía dos talentos hizo lo mismo. Pero el que recibió un solo talento se puso a refunfuñar por lo injusto que había sido su patrón, al darle a él tanto menos que a los otros. Se imaginó que todo lo que pudiera ganar con ese dinero no sería apreciado por el dueño, y en un arranque de mal genio y conmiseración propia cavó un pozo y sepultó el talento en él, para guardarlo.

Cuando el patrón regresó “al cabo de mucho tiempo”, los dos primeros servidores presentaron sus informes alegremente y fueron calurosamente felicitados. “¡Bien, siervo bueno y fiel!”, dijo el patrón a cada uno; “has sido fiel en lo poco, te pondré al frente de lo mucho; entra en el gozo de tu señor”.

El tercer servidor, en cambio, le devolvió de mala manera el único talento al patrón, y en consecuencia se vio descrito como “siervo malo y perezoso”. Tal como el mayordomo malo de la primera historia, también fue enviado a un lugar donde “será el llanto y el rechinar de dientes (Mat. 25:14-30).

El tema de esta historia es similar al de la primera: mientras esperamos a que el Señor vuelva del cielo, ¡seamos fieles en la Tierra! No nos limitemos a soñar con el más allá; hagamos bien la tarea que tenemos ahora entre manos.

Pero esta tercera parábola tiene, además, un significado propio característico. El patrón dio a cada servidor su responsabilidad. Hay una promesa implícita aquí, en el sentido de que podemos duplicar lo que Dios nos da inicialmente. Hay una indicación positiva también de que no es tan importante qué talento poseamos, sino lo que hagamos con él. El servidor fiel que tenía dos talentos recibió la misma recompensa que el hombre fiel con cinco.

El Reino de los cielos no será poblado con haraganes rezongones que no dan a sus patrones un grano más de esfuerzo que el que corresponde a su paga. En forma pintoresca, Pablo nos exhorta a trabajar “no porque os vean, como quien busca agradar a los hombres; sino con sencillez de corazón, temiendo al Señor. Todo cuanto hagáis”, prosigue diciendo, “hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres, conscientes de que el Señor os dará la herencia en recompensa. El Amo a quien servís es Cristo” (Col. 3:22-24).

Nuestro trabajo de todos los días puede ser arreglar autcs, imprimir libros, levantar casas o preparar comidas, pero la forma en que lo hacemos nos hace a nosotros. Hay más carácter que ladrillos en una casa bien construida. Hay más cristianismo que harina en una fragante hogaza de pan, horneada con dedicación, pensando en la salud de la familia.

Si queremos que nuestros hijos estén preparados para la venida del Señor, vamos a animarlos a contraer hábitos de trabajo. Por etapas apropiadas a sus edades, vamos a enseñarles a guardar sus juguetes, tender sus camas, ayudar a lavar los platos, cortar el césped y pintar la casa. Probablemente, van a ser lentos al principio, y terriblemente torpes, además; pero se les puede enseñar a trabajar “de corazón, como para el Señor”. Al poner las sábanas en su sitio cada mañana, estarán haciendo algo más que camas. Al preparar las comidas y tenerlas a tiempo, estarán preparando algo más que alimento.

La diferencia no está en la cantidad de talentos que se posea, puesto que el hombre que recibió un talento habría recibido la misma recompensa que el que tenía dos o el que tenía cinco talentos, si hubiera duplicado lo que recibió. No hay duda de que esto es así; y cada uno de nosotros tiene, por lo menos, un talento. La persona que está en una silla de ruedas cree que nosotros tenemos un talento: ¡podemos caminar! Los ciegos creen que los que vemos tenemos un talento. La salud, el tiempo, la influencia, la facilidad de expresión, hasta una cuenta bancaria positiva, son talentos, en cierto sentido. Dios quiere que los usemos fielmente para él, con el fin de servir a los demás. Leí una vez de un cristiano completamente paralítico que descubrió que su único talento consistía en orar. Y por supuesto, oró; por las misiones extranjeras. Cuando la noticia de este hecho se difundió, muchos miles de dólares llegaron a las diversas sociedades misioneras en su nombre. Si usted puede leer este libro, dispone de muchos más talentos que él.

Todo lo que tenemos podemos usarlo fielmente para Cristo y para el bien de los demás. Al hacerlo, nos estaremos preparando, por su gracia, para su Venida.

La separación de las ovejas de los cabritos. La cuarta parábola de Cristo acerca de la preparación tal vez sea la más conocida. En esta, el Hijo del hombre llega en su gloria rodeado de todos sus ángeles. Sentado en su Trono, reúne a toda la humanidad frente a él, y la separa tal como los aldeanos del Medio Oriente siguen separando actualmente las ovejas de los cabritos. En el relato, a las ovejas les toca el lado derecho y a los cabritos, el izquierdo.

“Entonces dirá el Rey a los de su derecha: ‘Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme’ ” (Mat. 25:34-36).

Los justos se asombrarán ante su encomio, y le preguntarán cuándo pudieron haberle prodigado esas bondades. Y el Rey les contestará así: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (vers. 40).

A continuación, como todos lo sabemos muy bien, el Rey se dirige a los “cabritos” y les ordena que se vayan, porque cuando lo vieron padeciendo necesidad, y hambre y prisión, no lo ayudaron (vers. 45).

La moraleja evidente de este relato final es que nuestra admisión en el Reino de los cielos depende de la clase de vecinos que vayamos a ser allá. Y la prueba de ello es la siguiente: ¿Qué clase de vecinos hemos sido aquí?

“Si alguno dice: ‘Amo a Dios’, y aborrece a su hermano, es un mentiroso” (1 Juan 4:20). Este versículo se grabó indeleblemente en mi memoria cuando era niño. Mis dos hermanos y yo a menudo nos dedicábamos a lo que se denomina diplomáticamente “rivalidad fraternal”. Mamá probaba de todo lo que sabía para detenernos. Nos estábamos portando bastante mal cierto día cuando, por centésima vez, probó de nuevo. Una ventanita en el muro de la pieza daba hacia el este. Mamá nos preguntó: “¿Cómo se sentirían, muchachos, si en medio de una pelea miraran hacia el cielo y vieran que se acerca una nube, con Jesús sobre ella?” Logró llamar nuestra atención. Y entonces citó 1 Juan 4:20: “Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve”.

Hace mucho tiempo que mamá falleció; pero todos nosotros, con más edad ahora que la que ella tenía entonces, recordamos ese momento vívidamente.

Tenía razón, ¿no es cierto? Y las Escrituras también tienen razón. No podemos amar a Dios a menos que amemos a la gente. Incluso las donaciones que damos en la iglesia no llegan por medio de un cohete hasta el Trono de Dios; se las usa para beneficiar a la gente aquí, en la Tierra. Manifestamos nuestro amor a Dios si tratamos bien a sus hijos, no importa de qué raza, situación económica o relativa bondad o maldad sean.

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