Ricardo Sada Fernández - Consejos para el progreso espiritual

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Hay muchos caminos en este camino del espíritu», escribe santa Teresa de Jesús. En este libro, el autor trata de dejar constancia de algunas experiencias —positivas y no tanto— sobre las diversas fases de la vida interior, invitando con ellas al progreso. El enemigo es el estancamiento espiritual: no avanzar es retroceder. Si eso sucede, las ilusiones de juventud serían decepciones de madurez o amarguras de ancianidad.
El texto sugiere modos de crecer acordes con la edad, los pros y contras del acento ascético y místico, la falsa humildad, la envidia, los malos directores espirituales, el recogimiento interior y la pureza del corazón, y el arte del amor a Dios.

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La fe, en el acento predominantemente ascético, consistirá en un modo de plantearse la vida en términos de generosidad, servicio, entrega. Dios aparece remoto; no es el impulso inmediato de vida. El examen de conciencia consistirá en un análisis minucioso de las faltas y sus causas, buscando luego el remedio virtuoso: contra pereza, diligencia; contra gula, templanza; contra ira, mansedumbre... Orar será meditar, buscar la aplicación de la Palabra de Dios a la vida cotidiana, descubriendo qué se ha de hacer en tal situación o en otra. Se detiene con frecuencia en la introspección, entendida como propio conocimiento, con peligro de centrarse en el hombre con exceso.

Orientada a la reforma de la vida, da especial importancia a las aplicaciones prácticas. El hombre moderno, envuelto en el pragmatismo —incluso si ha hecho una opción radical de entrega a Dios—, suele emplear el modo de orar meditativo más que el contemplativo, donde el orante practica el solo ejercicio del amor y descansa en la fruición de la posesión del Bien deseado.

El asceta podrá medir sus logros: crecimiento en virtudes, avance en proyectos apostólicos, ausencia o disminución de pecados, defectos y errores. Juega un papel importante el examen particular [8]: se trata de lograr triunfos y evitar fallos. En este punto advirtamos que la otra directriz —la teocéntrica o mística— no relega o menosprecia la práctica de las virtudes, el apostolado o el examen particular, pero la lucha no será enfocada directamente, sino como consecuencia del Amor, es decir, cristocéntricamente[9]. En el místico, el ejercicio virtuoso vendrá dado al comprender los modos de amar del Corazón de Jesús y sus sentimientos.

En el modo ascético, el amor al prójimo puede desenfocarse y acabar siendo considerado el mayor de los mandamientos, semejante al amor de Dios y norma última de vida. De ahí la vigilancia sobre el egoísmo y la insistencia en la universalidad de la caridad. En la vía ascética o moralizante el acento recae sobre el hombre que sirve a Dios y al prójimo.

EL ACENTO MÍSTICO

El acento místico o contemplativo atiende preferentemente al ejercicio de las virtudes teologales —el ascético, dijimos, a las morales—. Repetimos de intento que ambos enfoques no se presentan en estado químicamente puro —serían herejías— sino con modulaciones. Resulta imposible separarlos y, dependiendo de los influjos educativos, de la época histórica, del temperamento y de la moda, escuelas e individuos privilegian uno u otro, manteniéndose sin embargo la autonomía del cristiano y la suprema libertad del Espíritu.

Teniendo como punto focal el Amor de Dios, quien transita por la orientación mística se fundamenta en dicho Amor y tiende siempre a él. Con el alma invadida por ese Amor —o, al menos, con el deseo de él—, desarrolla, en su despliegue, la práctica del amor al prójimo, así como el resto de las virtudes. La ascética pone el acento en el ejercicio de dichas virtudes, sin olvidar o relegar la acción constante de la gracia para practicarlas. La mística no desprecia lo humano y las realidades terrenas, sino que las integra en el amor: «Desde luego, has de seguir tu camino: hombre de acción... con vocación de contemplativo»[10].

La concepción contemplativa o teocéntrica se basa en la certeza del Amor divino vertido sobre cada hombre. El místico sabe que Dios lo ama antes y lo ama tal cual es, independientemente de sus méritos. Con ese fundamento comprende todo lo demás. Su fe será ante todo una relación personal y directa con ese Dios que se ha abajado hasta él, y tal acercamiento le dará la pauta para tratarlo con confiada intimidad. El pecado no será sino el desaire a Quien le ha ofrecido su amor: el rechazo de la unión.

En su examen de conciencia buscará ubicar momentos en que la comunicación amorosa se ha interrumpido, así como el desenfoque del corazón que la ha ocasionado. Se refugiará entonces en el canto a la misericordia de Dios que habrá de cantar eternamente. Para quien se siente cómodo en esta directriz, orar le resultará sencillamente trato de amistad, ejercicio unitivo, donde se dejará amar y encender por el fuego y la luz de un Amor sin límite ni medida. Tal resplandor se manifestará, con palabras o sin ellas, en su existencia.

Esta forma de plantear la vida espiritual no conlleva la pérdida de la propia personalidad, pero sí la de la propia voluntad, que busca hacerse una con la del Amado, incluidas las exigencias de vaciamiento y purificación que eso comporta. Ser humilde consistirá en permitir que la verdad propia se deje fascinar por la grandeza, belleza, bondad y amor de Dios. Su vida tendrá como meta la transformación en el Amado, para hacerlo presente de nuevo sobre la tierra. En una palabra, el acento recae en Dios, a quien el hombre mira, no en el hombre, que es transformado por Dios.

PROS Y CONTRAS

El acento místico o contemplativo entiende el cristianismo como vida, cuya fuente es Jesús. Sus efectos no suelen ser fácilmente mesurables ni tampoco rápidos. Como ha de asimilar una Vida que suple la suya, el proceso se va realizando paulatinamente, hasta que se haga presente la única Vida, la de Cristo. Atiende a lo hondo de la persona, a la raíz, desde donde llegará al tronco y a las ramas, y entonces producirá el fruto.

La ascética es una vía más fácilmente verificable. Puede ofrecerse como conversión rápida y visible, pero también más externa. No ha alcanzado al corazón sino, como dijimos, solo a la voluntad. Es absolutamente imprescindible para la mística, tal como señala san Josemaría en gráfica comparación: «No pensemos que valdrá de algo nuestra aparente virtud de santos, si no va unida a las corrientes virtudes de cristianos. —Esto sería adornarse con espléndidas joyas sobre los paños menores»[11].

Ambas líneas tienen sus peligros y ambas han tenido sus partidarios en los grandes sistemas teológicos y en las distintas escuelas de espiritualidad. Por ambas se transita hacia la santidad, una en calidad de medio, la otra de fin. Como todo camino, en las dos aparecen riesgos: la contemplativa o teocéntrica puede desembocar en intimismo, quietismo y misticismo (en el sentido peyorativo de la palabra). Ilusiones, auto-engaño, soberbia espiritual que prescinde de reglas y controles. La otra puede deslizarse hacia el pelagianismo, es decir, a la inflación de lo humano con oscurecimiento de la acción divina que antecede, acompaña y sigue todo esfuerzo del hombre. El hilo negro de la soberbia aparece ahí, igual que cuando Adán quiso hacer del hombre un dios.

En la mera ascética, los éxitos y progresos en la propia vocación o en los frutos apostólicos —unidos al carácter resolutivo y empeñoso del sujeto—, podrán derivar en voluntarismo, jansenismo y humanismo, con los tintes propios de cada época, ambiente y temperamento. Por la ley del péndulo, muchas veces este planteamiento provoca decepciones, cuando el cristiano experimenta sus límites. Aparecerá tarde o temprano la sensación de fracaso al percibir la santidad como imposible, porque la entendió como autoperfección, o al comprobar esterilidad en su acción apostólica.

La mística es vivencia de las virtudes teologales de las cuales brotan las morales por desbordamiento; la ascética atiende más la acción del hombre. La una abre las alas para volar; la otra corre el peligro de cortarlas.

En estas páginas hablaremos del progreso en la vida espiritual. No resulta, pues, extraño, que recalquemos la forma mística o contemplativa. Por eso, nos detendremos en las premisas para lograrla. La crisálida no desea permanecer eternamente como gusano. No se contenta con andar paso a paso; buscará que le salgan alas. «Ya no tiene en nada las obras que hacía siendo gusano, que era poco a poco tejer el capucho; hanle nacido alas, ¿cómo se ha de contentar, pudiendo volar, de andar paso a paso?»[12].

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