De la crítica de Lampe podemos extraer otra idea adicional. Él sostiene, aunque no con tantas palabras, que la doctrina de la preexistencia hace que la encarnación sea prácticamente un mito: Jesús se convierte en «una especie de invasor del espacio exterior»; se le entiende básicamente como «un superhombre que desciende voluntariamente al mundo de los mortales ordinarios»; es «un luchador del espacio omnipotente que lucha, por así decirlo, con una mano atada a la espalda». 61
La réplica a esto debe ser que la doctrina neotestamentaria de la encarnación en realidad no puede defenderse frente a la acusación de que parece un mito. La propia idea de ser enviado sugiere, inevitablemente, un viaje, y la idea de regresar al Padre sugiere, ineluctablemente, una huida. La única manera de evitar esto es abandonar toda idea de encarnación, y retraer al cristianismo del mundo de la carne al de las ideas. Entonces dispondríamos de una encarnación ideal (un hombre inspirado), una expiación ideal (en el corazón de Dios), y una resurrección ideal (la supervivencia de unos recuerdos preciosos). Estas ideas no pueden ser objeto de burla ni de caricatura, pero tampoco constituyen el cristianismo, al menos no el del Nuevo Testamento. En él, Cristo vino en la carne, resucitó en ella y ascendió ante la mirada atónita de sus discípulos. Ese Cristo no puede ser más invulnerable a la profanidad («¡Ahora tenemos el despegue!») de lo que lo fue a la crucifixión.
Pero si hay objeciones teológicas a la doctrina de la preexistencia también existe un poderoso respaldo teológico para ella. Esto viene particularmente de las dos afirmaciones más básicas del cristianismo.
La primera es la posterior existencia de Cristo. Según el Nuevo Testamento, Cristo resucitó de los muertos y los propios apóstoles consideran esta doctrina como el fundamento mismo del cristianismo (1 Co. 15:14 y s.). Sin ella, todo lo demás es en vano, y el mensaje cristiano es una falsedad monstruosa. Además, para los primeros cristianos el Jesús resucitado tenía una importancia absoluta. Vivían por la unión con Él. De Él derivaban gracia y paz. Sus vidas estaban construidas en torno a Él, y enraizadas en su persona. Era la fuente e incluso el contenido de su salvación. Como señala C. F. D. Moule: «Experimentaban al propio Jesús como en una dimensión que trascendía lo humano y lo temporal». 62Al ser esto así, Moule tiene todo el derecho del mundo a preguntar: «Si Jesús de Nazaret retiene así su identidad después de su muerte, en una dimensión distinta y en una en la que es difícil negar el epíteto eterno, ¿qué hemos de decir de Él antes de su nacimiento y su concepción? ¿Acaso se puede negar la existencia posterior a la encarnación a una personalidad eterna previa a ella?».
La segunda es la deidad de Cristo. A primera vista, la escasez de referencia a la preexistencia de Cristo en el Nuevo Testamento es notable. Lo mismo sucede en la reflexión cristiana posterior. Pero hay una explicación evidente. La preexistencia no era una doctrina independiente. Estaba inserta en la deidad de Cristo (que la eclipsaba). La vida y la devoción cristianas se basaban en la deidad, y es sobre ella, como es lógico, donde los oponentes concentraron sus ataques. Por consiguiente, en este frente la iglesia debe reunir sus fuerzas, centrándose en el tema principal (la deidad de Cristo) y refiriéndose sólo de paso a los asuntos como su preexistencia. Sin embargo, la verdad mayor sin duda incluye la menor. Es imposible que una persona divina no sea preexistente. Su divinidad demostró que no pudo nacer en el año 4 a. C.
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