San Agustín - Reglas Monásticas Latinas de Occidente

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Reglas Monásticas Latinas de Occidente: краткое содержание, описание и аннотация

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En esta antología se han reunido varias de las Reglas de los siglos V-VI, todas ellas pertenecientes al ámbito occidental de lengua latina. Fueron publicadas con anterioridad en la revista
Cuadernos Monásticos (publicación cuatrimestral de la Conferencia de Comunidades Monásticas del Cono Sur, Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay. Ver: https://www.surco.org/cuadmon/archivo). Aunque actualmente estos textos son accesibles también en diversas publicaciones impresas, sin embargo, cuando inicialmente aparecieron en
Cuadernos Monásticos, muy pocos de ellos se hallaban disponibles en castellano. En esta edición única, se ha realizado una recopilación de todos ellos a fin de ofrecerlos juntos y facilitar así una mejor comprensión de la Regla de nuestro Padre san Benito.

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6. Ni se engrían por frecuentar la compañía de aquellos a quienes afuera no osaban acercarse; antes bien, tengan el corazón levantado y no busquen las vanidades terrenas, no sea que los monasterios comiencen a ser útiles sólo para los ricos y no para los pobres, si allí aquellos se vuelven humildes y los pobres se inflan.

7. Que el que gozaba de cierta consideración en el mundo no sienta fastidio por aquellos hermanos suyos venidos de la pobreza a la santa sociedad. Por el contrario, que pongan todo su empeño en gloriarse de la compañía de los hermanos pobres y no del rango de sus parientes ricos; que no se envanezcan por los bienes que aportaron a la vida común, ni se vuelvan más soberbios a causa de las riquezas que dieron para compartir en el monasterio, como si las estuvieran gozando en el siglo. Pues los otros vicios se cultivan en el mal para producirlo, mientras que la soberbia se filtra en el bien para destruirlo. ¿Y de qué serviría distribuir lo propio en favor de los pobres y hacerse pobre, si el alma mísera se hace más soberbia al despreciar las riquezas que al poseerlas?

8. Así, pues, vivan todos unánimes y honren mutuamente en ustedes a Dios, de quien han sido hechos templos.

2. La oración

1. Sean asiduos a la oración en las horas y tiempos establecidos.

2. En el oratorio nadie haga otra cosa sino aquello para lo cual se construyó y de donde recibió el nombre que lleva, para que si alguien, estando desocupado, quiere alguna vez rezar fuera de las horas fijadas, no se lo impida aquel hermano que crea poder hacer allí cualquier otra cosa.

3. Cuando oren con salmos e himnos a Dios, mediten en el corazón lo que profieren con la voz.

4. Y no canten sino lo que leen que debe ser cantado, pero lo que no esté escrito para ser cantado, no lo canten.

3. El ayuno y la pureza de corazón

1. Domen su carne por medio de ayunos y abstinencia en el comer y beber, en cuanto que lo permita su salud. Cuando alguien no puede ayunar, que se abstenga de tomar algún alimento fuera de la hora de la comida, a no ser que esté enfermo.

2. Cuando se sienten a la mesa hasta que se levanten, oigan, evitando ruido y desorden, lo que es costumbre leer entre ustedes, para que no solamente las bocas coman alimentos, sino que también sus oídos se sacien con la palabra de Dios.

3. Los que están enfermos por causa de las antiguas costumbres, si en el alimento fueran tratados de otro modo, que no se sientan los demás molestos ni lo vean como una injusticia, los que mediante otras costumbres se han hecho más fuertes; ni estimen a los primeros como más felices porque comen lo que ellos no comen; felicítense más bien por tener una salud de la que los otros no gozan.

4. Y si a los que vinieren al monasterio de una vida más delicada se les dieren otros alimentos, vestidos, lechos y abrigos, que los que no se dan a los más fuertes, y por tanto más felices, deberán considerar a los que no se les da cuánto se han humillado aquellos al pasar de la vida que llevaban en el siglo a la presente, no rehusando alcanzar la frugalidad de aquellos que son de cuerpo más robusto. No vayan todos a aspirar recibir lo que a algunos se les da de más, no para honrarlos sino por tolerancia, no sea que se llegue en el monasterio a tal detestable perversidad que mientras los ricos, en la medida que pueden, se den al trabajo de la ascesis, los pobres se vuelvan delicados.

5. En cuanto a los enfermos establecemos que, como la enfermedad los forzó a recibir menos para que no se agravaran, sean tratados de tal manera que se apresure su restablecimiento, aunque en el mundo hayan carecido de todo recurso natural, por cuanto la reciente enfermedad ha equiparado sus necesidades a las que se atienden en los ricos, por razón de su antiguo régimen de vida. Pero en cuanto hayan recuperado su vigor anterior, vuelvan a aquella su más feliz costumbre: el tener pocas necesidades, lo cual tanto más conviene a los servidores de Dios. Que después de restablecidos no los demore la molicie en cuidados propios de enfermos. Que se estimen como más ricos si tienen fortaleza como para contentarse con poco, ya que es mejor necesitar menos que tener más cosas.

4. Castidad y corrección fraterna

1. Que su hábito no sea llamativo. No procuren agradar más con sus vestidos que con sus costumbres.

2. Cuando salgan, vayan juntos y juntos permanezcan al llegar.

3. Que, al caminar, al descansar y en todos sus movimientos, a nadie ofenda su figura. Obren como conviene a la santidad de su estado.

4. Sus ojos si se posan en alguna mujer, no los fijen en ninguna. Cuando van de viaje no les está prohibido mirarlas, pero desearlas o querer que ellas los deseen es pecaminoso. No sólo por el tacto y el afecto se desea y se quiere ser deseado por la concupiscencia de las mujeres, sino también por la mirada. No digan que su espíritu es púdico si tienen ojos impúdicos, porque el ojo impúdico es el enviado de un corazón impúdico. Y cuando, aun callando la lengua, por intercambio de mutuas miradas, los corazones revelan su impureza, y según la concupiscencia de la carne se deleitan en el recíproco ardor, aunque los cuerpos hayan permanecido intactos de toda inmunda violación, la castidad ha huido de sus costumbres.

5. El que fija sus ojos en una mujer y se complace en la mirada que se fija sobre él, no se debe creer que no es visto de los otros cuando hace esto. Lo ven perfectamente aun los que él no sospecha. Aunque pudiera pasar desapercibido y por ningún hombre ser visto, ¿qué hará con ese Observador de Arriba para quien nada está escondido? ¿Creerá que no lo ve porque tanto más paciente es su mirada cuanto más sabio es? Por tanto, tema el varón santo desagradar a este Testigo y no quiera agradar malamente a una mujer. Piense en aquel que todo lo ve y no la quiera mirar malamente; pues en efecto Él encomendó tener temor en esta causa, como está escrito: “El que clava los ojos, es abominable para el Señor”.

6. Cuando, pues, estén reunidos en la iglesia o en cualquier otro lugar donde hay mujeres, custodien mutuamente su pureza y Dios, que habita en ustedes, de este modo, por ustedes mismos, los guardará.

7. Y si advierten en alguno de ustedes esa mirada desvergonzada de que hablé, amonéstenlo enseguida y para que el mal no progrese, corríjanlo inmediatamente.

8. Si a continuación de la reprensión de nuevo, o en cualquier otro día, lo vieren hacer esto mismo, ya es claro que se trata de un enfermo que necesita ser curado, y como tal debe ser denunciado. Pero que primero se cerciore por uno o dos testigos más para que, por el testimonio de dos o tres, pueda confundirlo y corregirlo con la severidad conveniente. No se tengan por malvados cuando lo denuncian. No serán más inocentes si a aquellos hermanos de ustedes, a quienes podrían corregir con una denuncia, callando dejan que se pierdan. Porque si tu hermano tuviera una llaga en el cuerpo, que quisiera ocultar por temor a ser curado, ¿no serían crueles al silenciarlo y misericordiosos al manifestarlo? Entonces, ¿no deben hablar para que no se pudra mucho más perniciosamente el corazón?

9. Pero antes que ponerlo ante otros testigos por medio de los cuales convencerlo, si se negase, es el prepósito el primero que debe amonestarlo por su falta, si después de advertido no puso cuidado en enmendarse. No sea que esta reprimenda más secreta dispensara de divulgar lo demás. Pero si todavía lo negase, entonces que a sus desmentidos se oponga la palabra de otros, para que no sea un solo testigo el que lo inculpe, sino dos o tres quienes lo convenzan en presencia de todos. Una vez puesto al descubierto, según la decisión del prepósito, o también del presbítero, a quien le competa ejercer la autoridad, deberá someterse a un castigo corrector. Si no aceptara soportarlo será arrojado de su sociedad aun cuando él no pensara abandonarla. Hacer esto no es crueldad sino misericordia, no sea que el contagio pestífero pierda a muchos.

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