Naturalmente, no todo es susceptible de ser estudiado con las técnicas derivadas de la aplicación de la metodología arqueológica al estudio de la sociedad industrial-capitalista. Pero, igualmente, hay que tener en cuenta que son muchos los aspectos que no pueden abordarse sin recurrir a ella. Para nada nos servirán dichas técnicas si queremos estudiar los comportamientos electorales, por ejemplo, pero resultarán más que útiles si lo que pretendemos es conocer cuestiones como el espacio de trabajo, la vivienda obrera o las transformaciones del paisaje, sea éste urbano o rural. La arqueología debe olvidar su presunción de ser una ciencia –muchas definiciones así lo afirman– y reconocerse como un método para elaborar historia que utiliza como documentos todo tipo de vestigios materiales producto de las actuaciones humanas, un método que seguir por los historiadores del período que sea, con las aplicaciones lógicas según la época, con el fin de que los seres humanos entendamos nuestro pasado y podamos construir un futuro mejor. Por su parte, la historia (ciencia) debe cuestionarse seriamente que incorporar como objeto de estudio a la «gente sin historia» comporta un cambio también en la manera de investigar, especialmente por lo que al uso de las fuentes se refiere. La historia hizo en su día una importante renovación temática –recordemos el debate generado con la eclosión de la historiografía marxista británica a finales de la década de 1950–, pero no cuestionó la tradicional forma de hacer historia, y son las fuentes escritas las únicas sobre las que se sustenta su discurso. En este necesario debate, la arqueología industrial puede aportar sólidos argumentos, siempre y cuando la disciplina deje de centrarse casi de forma exclusiva en tareas derivadas de la gestión del patrimonio industrial o en la realización de inventarios y catálogos. Debe abandonar el estado de permanente indefinición en el que se halla inmersa –no puede significar varias cosas a la vez, dependiendo de quien la practique, de cuál sea su formación o de cuáles sean sus intereses– y definir su protocolo de actuación. Ello no significa que tenga que abandonar las tareas a favor de la preservación del patrimonio industrial, como los arqueólogos convencionales no se olvidan del patrimonio arqueológico, pero éste deberá ser siempre el resultado de las investigaciones llevadas a cabo. Éstas son las que deben marcar las pautas de qué se conserva y para qué, no como ocurre ahora. Solamente una adecuada aplicación de la metodología propia de la disciplina hará posible que los restos estudiados puedan valorarse en su justa medida. Sólo así, entendiendo que una cosa es la arqueología industrial y otra, el patrimonio industrial, este último será considerado parte del patrimonio cultural en las mismas condiciones que los de otras épocas históricas más remotas.
El presente libro desea ser una contribución al debate planteado, al tiempo que orientar a los que se dedican a la arqueología industrial, especialmente a los que se inician en ella, en su práctica. Naturalmente, la responsabilidad en la redacción y en la utilización de ejemplos extraídos de otros trabajos es solamente mía, pero tanto en la concepción del mismo como en su elaboración han contribuido otros profesionales y amigos a los que debo agradecer su colaboración, esperando no haber hecho un mal uso de la ayuda que me han prestado. En primer lugar, mi reconocimiento hacia las personas que me iniciaron en la arqueología industrial, Rafael Aracil y Mario García Bonafé, que me brindaron además su amistad. Josep Torró, con sus consejos y cooperación, hizo que en la década de 1990 me planteara muchos aspectos de la disciplina a los que hasta entonces no había prestado la atención debida. Él y Sergi Selma, quien codirigió conmigo las primeras actuaciones arqueológico-industriales que llevé a cabo, resultaron decisivos en los planteamientos en que se basa la presente obra. La labor de Inmaculada Aguilar ha sido clave en la consolidación de la arqueología industrial en el País Valenciano y a ella le debo, entre otras cosas, poder ser en estos momentos profesor de dicha materia. Nelo, mi hijo, ha tenido que soportar los cambios de humor y la falta de atención que suelen acompañar la fase de redacción, además de prestarme su colaboración. También, como buena amiga, Ana Sebastià, ha padecido en parte esta situación, lo que no ha sido obstáculo para contar con su apoyo en todo momento, revisando el texto y sugiriéndome nuevas y útiles ideas. Espero que sigamos trabajando juntos mucho tiempo. A todos, así como a aquéllos cuya expresa contribución cito a lo largo de la obra, mi más sincero agradecimiento.
1F. Dosse: La historia en migajas, Valencia, Edicions Alfons el Magnànim, 1988.
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