Geraldina Ce´spedes Ulloa - Ecofeminismo
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Una de las realidades más clamorosas de nuestro mundo hoy es la agudización de las distintas formas de violencia hacia las mujeres en todos los ámbitos de la vida (doméstico, laboral, político, artístico, religioso, etc.) y la impunidad que rodea a todas estas violencias. Esa impunidad, que, como dice Eduardo Galeano, es el producto más barato que se ofrece en el mercado internacional 1, es la misma con la que también destruimos nuestro planeta. Sobre su base, históricamente se han perpetrado los más variados actos de violencia, llegando hasta las manifestaciones más extremas de violencia contra las mujeres (feminicidio) y contra la tierra (ecocidio). Estas dos violencias están interrelacionadas y se extienden a lo ancho del mundo como una pandemia que no conoce fronteras geográficas, culturales, etarias o religiosas.
Sobre la base de una idea de progreso que ha funcionado desde una lógica depredadora y mercantilista, los seres humanos hemos ido retrocediendo en nuestra relación con la naturaleza, degenerando en una relación de violencia que está empujando a la muerte a miles de especies, incluida la misma especie humana. Son múltiples las agresiones de los humanos hacia la tierra. Hemos llegado a causarle no solo heridas difíciles de curar, sino grandes daños irreversibles que están teniendo consecuencias nefastas para nuestra vida y la del resto de las especies. Muchas de estas heridas son descritas por el papa Francisco en el primer capítulo de la encíclica Laudato si’, titulado «Lo que le está pasando a nuestra casa».
Esos daños se manifiestan sobre todo en la contaminación del aire, el agua y el suelo; la gran cantidad de basura y residuos de todo tipo producidos por la cultura del descarte; el cambio climático y el calentamiento global, debido al aumento de gases de efecto invernadero, el uso de combustibles fósiles, el uso excesivo de fertilizantes y la desforestación de selvas y bosques; la escasez y el deterioro de la calidad del agua, que produce enfermedades y muertes diariamente; la destrucción de los ecosistemas, que provoca un aumento de las migraciones de seres humanos y animales, porque ya no encuentran agua ni alimento; la pérdida de la biodiversidad, debida al cambio climático y a la explotación que ha acelerado drásticamente la extinción de miles de especies vegetales y animales; la inequidad planetaria y la privatización, que nos han conducido a la actual degradación social y ecológica (cf. LS 20-52).
Debido a la injusticia social y al deterioro ambiental, los fenómenos naturales se tornan cada vez más en desastres que afectan a los más empobrecidos, especialmente a mujeres pobres que están en situación de mayor vulnerabilidad. Las catástrofes –que casi nunca son naturales, sino que se deben a que los Estados tienen políticas catastróficas que no cuidan la vida de los pobres– suelen tener más repercusiones negativas para las mujeres que para los hombres. Esto se debe a la mentalidad androcéntrico-patriarcal, que distribuye el trabajo y los recursos de forma desigual y que lleva a que, aun en situaciones de emergencia climática, el abuso y la violencia contra las mujeres no conceda tregua, pues en las casas y en los mismos refugios para víctimas de tragedias ambientales muchas mujeres y niñas han sido abusadas y violadas.
Además, las mujeres cargan con las consecuencias de decisiones gubernamentales, económicas, militares y sanitarias tomadas en su mayoría por varones de la élite del poder. Son las mujeres y la tierra quienes sufren en su propio cuerpo los daños que ocasionan los pesticidas, los residuos químicos presentes en alimentos de consumo diario, las sustancias tóxicas de los productos de limpieza. Muchas mujeres están expuestas, a nivel doméstico y laboral, a daños a su salud que se derivan de la utilización de sustancias con contenido tóxico, que tienen que usar sin ninguna protección. Las mujeres están situadas en primera línea en cuanto personas afectadas por la degradación socio-ambiental. Ellas experimentan en mayor número y de forma más aguda los daños a la salud que provienen del contacto con agua y alimentos contaminados. La contaminación y deforestación que provocan las empresas afectan a sus cultivos, y así disminuye la posibilidad de contar con alimentos sanos.
La conexión entre la violencia hacia la tierra y la violencia hacia las mujeres se expresa también en la violencia de que son víctimas muchísimas mujeres que han unido en su sentipensar y en su praxis la causa feminista y la causa ecológica. Ellas sufren acoso, violencia, insultos misóginos y hasta la muerte por asumir la defensa de la casa común y de las mujeres.
En distintos lugares del mundo va creciendo la conciencia ecosocial, y cada vez más están surgiendo movimientos de resistencia que se articulan para luchar contra la destrucción de la naturaleza. Dentro de esas resistencias, las mujeres juegan un papel clave, siendo las más activas y creativas en la defensa y el cuidado de la casa común. Ellas están a la vanguardia en la reivindicación de los territorios ancestrales y la ecojusticia. Como consecuencia, muchas son perseguidas, criminalizadas y asesinadas por su compromiso con la equidad y la justicia social, por su búsqueda de relaciones nuevas entre hombres y mujeres y con la naturaleza. Arraigadas en una ecoespiritualidad transreligiosa de parentesco con la creación, muchas mujeres han asumido la defensa de la casa común hasta sus últimas consecuencias. Sin quererlo ni buscarlo, han llegado hasta el martirio –podríamos denominarlas «mártires socio-ambientales»–, cayendo en el surco de la tierra como víctimas del capitalismo neoliberal y patriarcal.
El secuestro, la violación y el asesinato selectivo de muchas luchadoras socio-ambientales es el mecanismo utilizado por el sistema extractivista –formado por la alianza Estado-empresas, generalmente transnacionales– para infundir terror en las organizaciones y movimientos de resistencia y continuar así enriqueciéndose con su política depredadora de la naturaleza. En el siglo XXI aumentan cada vez más los asesinatos de defensoras de la tierra y de las mujeres. En distintos lugares del planeta se constata que defender la casa común se ha convertido hoy en una de las actividades más peligrosas.
En 2015, en América Latina fueron asesinadas diez mujeres por luchar contra proyectos extractivistas destructores del medio ambiente. En 2018, en el mundo fueron asesinadas 17 defensoras del medio ambiente, siendo Filipinas y Colombia los países con más letalidad de mujeres ecologistas, seguidos por México, Guatemala, India, Ucrania y Gambia. América Latina es reconocida como la región más peligrosa del mundo para las personas defensoras del planeta (con más de 1.500 casos de defensores de la madre tierra asesinados entre 2002 y 2019). En este continente también se concentra la mayor cantidad de asesinatos, especialmente de indígenas y mujeres defensoras de la casa común, con casos emblemáticos, como el de la monja Dorothy Stang (73 años), asesinada en Brasil en 2005; el de Berta Cáceres (42 años), asesinada en Honduras en 2016; el de Diana Isabel Hernández (35 años), asesinada en Guatemala en 2019; el de María Guadalupe Campanur (32 años) y Nora López León (47 años), asesinadas en México en 2018 y 2019 respectivamente; el de Macarena Valdés (32 años), asesinada en Chile en 2016, entre otras.
c) Las mujeres y la tierra: entre el mercado y el patriarcado
Estamos en una época marcada por una mentalidad depredadora y de cruel explotación del cuerpo de la tierra y el cuerpo de las mujeres, en la que el sistema económico –dominio mayoritario de los hombres–, de forma planificada y organizada, extrae sustanciosos beneficios para una élite. Esto se hace a costa de la mercantilización de las mujeres y de la tierra, práctica que constituye el corazón mismo de la acumulación capitalista.
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