Aquello que los diferenciaba era muy notorio: los franciscanos mostraron una fidelidad y obediencia inquebrantables a la Iglesia, con un superior general supeditado al papa. Todas las sospechas que había generado su pobreza de vida se fueron diluyendo, y la Regla que propuso Francisco al papa fue aprobada tras algunas controversias iniciales. El documento donde fue aprobada es la bula Solet annuere, fechada el 29 de noviembre de 1223, y firmada por Honorio III.
En 1181, Pedro Valdo es convocado por el arzobispo de Lyon a una asamblea de representantes del clero y de la nobleza de la ciudad, presidida por el arzobispo de Chartres como delegado pontificio. Se le hizo jurar la profesión de fe y así lo hizo. Al parecer, todo terminó bien; sin embargo, bastante tiempo después es nombrado arzobispo el inglés John Bellemane, quien considera que el movimiento es herético, y los excomulga. Ellos consideran injusta la condena y comienzan a diferenciar la autoridad de Cristo y de su Evangelio de la de la Iglesia, rechazan la confesión, las indulgencias y son contrarios a los juramentos. Expulsados de Lyon, se refugian en las montañas del norte de Italia, donde en el siglo XVI los encontrarán los reformadores alemanes y verán en ellos una primitiva manera de vivir la Reforma, que ya está instaurada en Alemania.
Los lolardos –que es un término despectivo que viene a significar los murmuradores– también eran conocidos como los itinerantes seguidores de John Wyclif, profesor de Oxford. Este movimiento cuestionó desde el principio el culto a los santos, las peregrinaciones y las reliquias, porque no veían que eso fuera necesario. Aceptaban una presencia espiritual en las especies del pan y el vino y, en determinadas circunstancias, los laicos podían celebrar la eucaristía. Apostaban por una fe personal, vivida, no solamente aprendida. El movimiento tenía un fuerte carácter social y señalaba la opresión que sufrían los pobres. Era un movimiento con una fuerte impronta moral, al que pronto se sumaron nobles ingleses descontentos con el pago de impuestos que tenían que hacer obligatoriamente a Roma. Esto conviene señalarlo, porque muchas veces creemos que la ruptura de Inglaterra con Roma y la aparición de la Iglesia anglicana se debe solamente al capricho de Enrique VIII al pretender divorciarse de Catalina de Aragón. Y no fue así, ya que desde hacía mucho tiempo se estaba larvando un gran descontento entre la nobleza, que aprovechó una circunstancia personal para convertirla en asunto de Estado. El Concilio de Constanza (1414-1418) condenó las enseñanzas de John Wyclif, que pasó a ser hereje, al igual que sus seguidores.
Los husitas, herederos directos de los lolardos, creían y predicaban que era Cristo quien sostenía a la Iglesia y no el papa; estaban interesados en una reforma moral en general, más que en una reforma eclesiástica, y predicaban que el castigo para el pecado mortal tenía que ser el mismo fuera quien fuera el que lo había cometido y, si eran papas u obispos, debían ser apartados de sus cargos inmediatamente. Este movimiento arrastraba un sabor amargo ante lo católico, ya que tres siglos antes habían sido sometidos política y eclesiásticamente por católicos alemanes, lo que demuestra que no solo son factores de tipo religioso lo que alimentó a estos movimientos. Hus mantuvo que defendería sus ideas en un juicio; así lo hizo y fue condenado. Le despojaron de su condición de clérigo y fue quemado en la hoguera, y sus cenizas, arrojadas al río Moldava. Esto lo convirtió en un héroe nacional.
La herejía era sinónimo en la Edad Media de destrucción de la cristiandad, y quienes se veían amenazados, Iglesia y poderes feudales, actuaron en consecuencia. La Iglesia, con una centralización ya consolidada –derecho canónico, monopolio pontificio de la ortodoxia...–, prestó a los señores y nobles feudales la inestimable ayuda de su discurso eclesiástico, y estos, los señores feudales, intentaron un relativo fortalecimiento de su realidad política –Inglaterra, Corona de Aragón, Francia...–, muy fraccionada en la época.
Al principio, la Iglesia, que se defendía de lo que consideraba un ataque, intentó un acercamiento y la vuelta de los miembros de los movimientos disidentes; finalmente, con el devenir del tiempo y ante la magnitud que cobraron algunos de ellos, la Iglesia admitió el uso de la fuerza y la violencia. Desde entonces, pocas veces resultaron pacíficas las soluciones para disuadir o prohibir los intentos de estas personas y movimientos, que, no olvidemos, actuaban con auténtico deseo de purificar la Iglesia.
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