María Cristina Inogés Sanz - Beguinas. Memoria herida

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Las beguinas fueron mi´sticas absolutamente originales, capaces de desarrollar un pensamiento teolo´gico ine´dito, cuyo centro es el alma que busca a Dios a trave´s de un incesante dia´logo amoroso, dirigido simplemente a sen~alar el proceso que siguen todos aquellos que emprenden un camino espiritual, «porque Dios Amor no exige nada para darlo todo, y que lo mejor para el alma es aniquilarse en Dios». No eran bien vistas por dos motivos: en primer lugar, se las consideraba un peligro, porque intelectualmente eran superiores a gran parte de la poblacio´n y del propio clero; y tambie´n porque se dedicaban al cuidado de la gente ma´s desfavorecida sin pedir nada a cambio; eran humildes y sencillas. Esto despertaba un sentimiento de miedo y rechazo en la sociedad medieval del momento, que estaba marcada por el cambio radical de la Iglesia, que habi´a evolucionado desde la defensa de la ayuda al pro´jimo hasta la Iglesia perseguidora de infieles y herejes, que se sustentaba en el poder de la Inquisicio´n -y de la poca cultura de la gente-.

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En la Edad Media había varias maneras, por lo menos cuatro, mediante las cuales la mujer podía conseguir educación: por medio de la instrucción en colegios conventuales para la nobleza y para las clases superiores de la burguesía naciente; siendo enviadas al servicio de grandes damas, donde era posible que tuviesen buena crianza y, sin duda, adquiriesen algunos logros intelectuales; mediante la educación técnica y general que suponía el trabajo como aprendizas o al servicio de una casa de la naciente burguesía; a través de colegios elementales para niños y niñas de clases más pobres en la ciudad o en el campo 33.

Esta última posibilidad era poco frecuente por diversos motivos.

Hay que tener presente que las mujeres medievales fueron reinas, nobles y plebeyas; libres y esclavas; cortesanas y trabajadoras; casadas y solteras; madres y sin hijos; jóvenes y mayores; con formación y analfabetas; monjas y laicas... Lo que nos lleva a situarlas en las condiciones sociales y estructurales de la época medieval y a tomar en consideración las reglas y normas sociales de ese momento y sus escalas de valores.

Todas las mujeres de la Edad Media que no eran monjas –reinas, comerciantes, artesanas o simples mujeres que sobrevivían como podían– compartieron un mismo trono. Este trono fue la silla de partos. La obligación de dar herederos o simplemente hijos las unió a todas fuera cual fuera su lugar en la sociedad. Ese fue el punto en común para las no religiosas. A partir de ahí, el mundo femenino medieval fue tan variado como su sociedad.

Contrariamente a lo que se piensa, la mujer medieval fue mucho más libre que la que vivió en el Renacimiento –en plena Edad Media, bastantes mujeres llegaron a recorrer el Camino de Santiago bajo pretexto del cumplimiento de un voto o incluso por mandato divino 34–. El Concilio de Trento, que fue un buen concilio pastoralista y, en algunos casos, fue beneficioso para la mujer –la creación de los «libros de almas», donde se anotaban los casamientos, impidió que muchos hombres siguieran con la costumbre de abandonar a la mujer y a los hijos a su suerte e irse a formar una familia a otro sitio–, sin embargo hizo que su presencia quedara muy marginada, porque no podemos olvidar que Trento impuso la clausura definitiva para la vida religiosa –sin tener en cuenta características y carismas propios de ciertas Órdenes femeninas 35–, pero afectó también a las mujeres que no eran monjas con otro tipo de clausura. La mujer soltera dependía del padre o del tutor nombrado para controlarla y no tenía ni la más mínima libertad para salir de casa –la casa era su clausura–; lo mismo le pasaba a la casada, sometida a la voluntad del marido –también la casa era su clausura–, y a las prostitutas les estaba prohibido salir del burdel –el burdel era su clausura–. De esta forma, las actividades económicas llevadas a cabo por las mujeres medievales quedaron en el olvido.

Muchas mujeres de esta época han llegado hasta nosotros por medio de la visión que tenían los hombres de ellas y lo que nos han transmitido 36. Mayoritariamente las consideraban inferiores y débiles, aunque dotadas de una peligrosa capacidad de seducción. La imagen de la mujer queda dibujada –más bien desdibujada– con la idea que entonces se predicaba de la escena del Edén, cuando la mujer no solo tomó del fruto prohibido, sino que se lo dio a comer a Adán, y lo arrastró al pecado 37. Nadie cayó en la cuenta de que Adán, tanto como Eva, hizo uso de su libertad.

Fueron los monjes, más que el clero secular, quienes presentaron y enfrentaron dos modelos femeninos irreconciliables: María y Eva. Esta última pronto fue sustituida por María Magdalena, ahora sí con todo el apoyo del clero secular. Ayudó mucho a este cambio Jacobo de Varazze –Jacobo de la Vorágine– y su famosa Leyenda dorada 38para afianzar ciertas imágenes. Sucedió que tanta perfección en María resultaba imposible de alcanzar y vivir para las mujeres y, en cambio, tanto pecado –todavía hoy sin clarificar– y tanto arrepentimiento en María Magdalena sí era posible, asumible y entendible. En el imaginario femenino se afianzó la imposibilidad de aproximarse a María como modelo y sí poder hacerlo a María Magdalena, mucho más reconocible y capaz de imitar. María quedó como un ser lejano, y María Magdalena ganó en proximidad a las mujeres medievales, lo que tampoco les hizo ningún favor para mejorar la imagen debido al ¿pasado? de la santa penitente 39. Así las cosas, el valor –sobre todo moral– que se le asignaba a la mujer era en ese momento muy bajo, por no decir inexistente. Parte de ese poco valor moral venía de las afirmaciones de personajes de gran relevancia, aunque fueran de siglos pasados.

Odón, abad de Cluny 40, cuyas predicaciones y escritos no dejaban de tener una influencia de la que no se podía escapar fácilmente, decía de las mujeres:

[...] la belleza del cuerpo viene solo de la piel. De hecho, si los hombres pudiesen percibir lo que se esconde bajo la piel –como se lee en Boecio, que los linces son capaces de ver en el interior–, tendrían asco de ver a las mujeres. Su belleza está, en realidad, hecha de moco, sangre, líquido y hiel. Si uno piensa en lo que está dentro de las narices, en la garganta o en el vientre, encuentra solo porquería. Y, dado que no soportamos tocar ni siquiera con la punta del dedo el moco o el estiércol, ¿por qué debemos desear abrazar un saco de estiércol? 41

Esta animadversión –misoginia en toda regla– contra las mujeres se utilizaba para intentar fortalecer el voto de castidad de muchos clérigos, que, durante ese período, lo tenían bastante relajado, cuando no olvidado. Desde el siglo XII, que es cuando se recurre a lo ya dicho sobre las mujeres –caso de Odón– y se crean «nuevas lindezas» para referirse a ellas, la insistencia de la Iglesia con respecto al voto de castidad se incrementó, aunque no existe garantía alguna de que erradicara el problema. Sin embargo, resulta curioso cómo en un asunto que era de dos parecía que la culpa solo la tenía una persona, ¡la mujer!

Pero las mujeres medievales eran fuertes y estaban capacitadas para muchas actividades, y la ley –hecha por esos hombres que no las valoraban– les permitía tener y administrar feudos; iban a las cruzadas, gobernaban 42y tenían poder político, económico y social por sus tierras, cargos 43–reinas, regentes, abadesas–, parentesco o negocio 44. Las reinas, nobles y abadesas sabían leer y escribir –no todos los varones nobles sabían, como hemos visto–, lo que les permitió tener acceso a la cultura y a su difusión, a escribir libros y a dejar constancia de acontecimientos históricos de primer orden. Eso es lo que hizo Ana Comneno 45, hija del rey de Bizancio Alejo I, que se convirtió en la cronista de la primera Cruzada. Otras mujeres, dentro y fuera de los monasterios, hicieron de la copia de textos o de su iluminación su oficio, hecho que se confirma por los colofones hallados en ellos y por alguna sorpresa que nos deparó el cuerpo de una mujer hallado en un cementerio junto al monasterio de Dalheim 46, en cuya dentadura se hallaron restos de pintura hecha con lapislázuli, que solo se empleaba para iluminar manuscritos.

Hubo mujeres que, no siendo nobles, al verse solas durante mucho tiempo por la ausencia de sus maridos o quedar viudas por las guerras y las epidemias, se hicieron cargo de los negocios familiares y, en muchos casos, recuperaron las dotes aportadas al matrimonio 47; otras ejercieron la mayoría de los oficios –incluida la prostitución, que pagaba impuestos– censados en la época.

Es frecuente encontrar en fuentes literarias e iconográficas a la mujer tejiendo, hilando, bordando, lavando, yendo a por agua a las fuentes y ríos, vendiendo alimentos, ayudando en el taller artesano, trabajando la tierra, guardando ganado, sirviendo en la taberna, curando enfermos, asistiendo a partos e incluso trabajando en la construcción de edificios, como la colaboración de mujeres en la reparación del palacio real de la Aljafería de Zaragoza 48.

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