Pronto se demostró que este agujero de la capa de ozono tenía su origen en la acumulación en la atmósfera de ciertos gases contaminantes, siendo los más importantes los clorofluorocarbonos, compuestos orgánicos constituidos por carbono, flúor y cloro. Son gases o líquidos incoloros, inodoros, no corrosivos y no inflamables, de muy baja reactividad química y muy baja toxicidad, y que se comercializan bajo el nombre de freones. Fueron desarrollados a finales de los años treinta para su aplicación como refrigerantes y, después de la Segunda Guerra Mundial, encontraron multitud de aplicaciones: han sido utilizados en aerosoles, como fluidos refrigerantes en neveras y aparatos de aire acondicionado y como disolventes en la industria electrónica. Debido a su escasa reactividad química, estos gases se concentran en la atmósfera, alcanzando la ozonosfera. Allí interaccionan con la radiación ultravioleta y, como resultado, se generan átomos de cloro que reaccionan con las moléculas de ozono, destruyéndolas.
La preocupación por las consecuencias que podría tener esta disminución de la capa de ozono condujo a la comunidad internacional a establecer restricciones en el uso de clorofluorocarbonos y a acordar un calendario de reducción de su producción. Desde 1987, año en el que se firmó el Protocolo de Montreal sobre sustancias que destruyen la capa de ozono, se han dado grandes pasos hacia la eliminación de la fabricación, comercio y uso de clorofluorocarbonos. De hecho, el consumo mundial de estas sustancias ha disminuido desde 1987 en más de un 70 %. Todos estos esfuerzos se han basado en la sustitución de estos compuestos por otros de menor impacto ambiental. La reacción de los mercados ha sido, incluso, más rápida de lo que se pensaba, dada la ubicuidad de estas sustancias hace sólo tres décadas, cuando se encontraban en todos los hogares de los países desarrollados. A pesar de este uso tan extendido, muchos países desarrollados fueron capaces de cumplir el acuerdo y dejaron de producir clorofluorocarbonos en 1996.
Las concentraciones de clorofluorocarbonos en la atmósfera están estabilizándose o incluso disminuyendo gracias a estos esfuerzos. Si se llevan a cabo los planes de eliminación de estas sustancias, de acuerdo con el calendario establecido en el Protocolo, los niveles de cloro en la estratosfera debieron alcanzar un valor máximo entre 1997 y 1999, y ahora deben de estar disminuyendo gradualmente. Se espera, en estas condiciones, que el agujero de ozono sea cada vez menor, hasta que desaparezca hacia el año 2050.
ENERGÍA, ALIMENTOS, MATERIALES...
¿De qué época sentimos nostalgia? La verdad es que no ha habido una edad de oro desde el punto de vista ambiental. Las sociedades y los ecosistemas hemos evolucionado juntos desde el mismo momento en que los primeros humanos aparecimos sobre la Tierra. Nuestra capacidad para actuar en grupo y nuestro amplio arsenal de armas nos convirtieron en los cazadores más eficientes de la historia, lo que nos llevó a provocar la extinción de la megafauna. Pero, a pesar de esto, el impacto sobre el medio de las sociedades de cazadores-recolectores fue limitado. Por un lado, la población era, entonces, muy pequeña y, por otro, como las comunidades debían estar continuamente desplazándose, sus posesiones eran muy limitadas y, por eso, utilizaban pocos recursos.
El desarrollo de la agricultura y la ganadería marcó el final del modo de vida que nuestros antepasados habían llevado durante dos millones de años. Esta nueva tecnología facilitó un aumento de la cantidad de alimentos accesibles, lo que provocó un crecimiento de la población. Además, a medida que las comunidades se hicieron sedentarias, apareció la propiedad privada y la acumulación de bienes, con lo que las cantidades de recursos naturales utilizados aumentaron. Las tensiones ambientales comenzaron a manifestarse, aunque lentamente, y tenemos los ejemplos de la salinización de las tierras de Sumeria o la degradación de los suelos de Grecia debido a la erosión, un problema que ya reflejaron Platón y Aristóteles en sus escritos.
El cambio global, cuyos componentes se muestran en la figura 1, se aceleró con la Revolución Industrial. El uso de los combustibles fósiles como fuentes de energía y la extensión de la industrialización nos han permitido disponer de muchos más alimentos y bienes que nunca. En estos últimos 250 años se ha producido un crecimiento extraordinario de la población mundial y un aumento espectacular de los recursos necesarios para mantener a esta población. Pero este proceso ha provocado la aparición de problemas ambientales mucho más complejos, interrelacionados, que se manifiestan cada vez más rápidamente.
Figura 1. Los componentes del cambio global.
Cuando se ha analizado la evolución de distintos componentes del cambio global en los últimos 10.000 años, se ha observado que, recientemente, ha habido una extraordinaria aceleración del impacto de las actividades humanas. Antes de 1700, ninguno de los componentes analizados (área deforestada; emisiones de dióxido de carbono, plomo, nitrógeno, azufre y fósforo; producción de tetracloruro de carbono) había alcanzado el 25 % de su valor en 1985, antes de 1850 ninguno había alcanzado el 50 %, y antes de 1900 el 75 %. Además, la evolución de algunos de los componentes ha sido muy rápida: las emisiones de plomo y la extracción de agua alcanzaron el 25 % de su valor en 1985, y la producción de tetracloruro de carbono y las emisiones de fósforo y nitrógeno lo alcanzaron poco después de 1950.
Energía, alimentos, materiales... La utilización de estos recursos es el origen de los problemas ambientales y, por ello, vamos a centrarnos en los cambios provocados en los ciclos biogeoquímicos del carbono, el nitrógeno y el plomo para ilustrar los efectos que nuestras actividades tienen sobre el funcionamiento de la biosfera.
BIBLIOGRAFÍA
En castellano, el libro de M. Ludevid: El cambio global en el medio ambiente, Barcelona, Marcombo Boixareu ediciones, 1997, es una buena introducción al tema, escrito en forma de manual universitario; cubre, sobre todo, los aspectos sociológicos y políticos del problema. Los aspectos científicos, expuestos desde el punto de vista biológico, se pueden encontrar en el manual universitario de B. J. Nebel y R. T. Wrigth: Ciencias ambientales: ecología y desarrollo sostenible (sexta edición), México, Prentice Hall, 1999. También es interesante el artículo de W. C. Clark: «Gestión del planeta Tierra», Investigación y Ciencia, 158, 12 (1989), que aparece en un número especial de la revista; los otros artículos de este número son también muy recomendables, aunque los datos que manejan están anticuados. Finalmente, entré en contacto con la problemática del cambio global a través de los artículos de P. M. Vitousek: «Beyond the global warming: ecology and global exchange», Ecology, 75, 1861 (1994), y de P. M. Vitousek, H. A. Mooney, J. Lubchenco y J. M. Melillo: «Human domination of Earth’s ecosystems», Science, 277, 494 (1997).
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