Irene Rodrigo - Tres lunas llenas

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Premio València Nova 2021 Alfons el Magnànim de Narratva
Cada treinta días, Helena recibe con desasosiego la sangre que le indica que su última relación sexual con un hombre sin nombre y sin rostro no ha dado su fruto. Nadie sabe que quiere ser madre: Helena esconde su mayor anhelo tras una coraza que la aleja de los demás, y, sobre todo, de sí misma. A medida que su secreto crece y se ramifica, la intuición y la creatividad de Helena menguan. En lugar de escribir, se dedica a organizar las agendas promocionales de autores a los que no soporta. Todo empieza a cambiar cuando conoce a Inés Caparrós, una escritora que le descubrirá los significados ocultos del deseo y la creatividad, así como la fuerza que otorga llevar una vida acorde con esos instintos que, por mucho que nos llamen a gritos, solemos ignorar.Tres lunas llenas es una novela sobre el poder de la creación. Sobre cómo la vida creativa puede salvarnos de caer en un abismo de oscuridad y culpa en el que las decisiones no se toman por deseo, sino por convención o simple curiosidad. A través del personaje de Helena, Irene Rodrigo reflexiona sobre las maternidades que incluyen hijos y las que no; sobre cómo las mejores respuestas a menudo no necesitan una pregunta que las preceda; sobre la relación que las mujeres establecemos con nuestros cuerpos, nuestra menstruación y nuestra fertilidad, y cómo esta implica mucho más que parir seres humanos.

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Mi padre y yo dimos vueltas como autómatas por el centro de la ciudad. En aquella época apenas había turistas, así que éramos los únicos que nos deshacíamos como muñecos de nieve en la sauna instalada entre el asfalto y el sol de agosto. Se me ocurrió hablarle a mi padre de los conos de nata por noventa y nueve céntimos de euro. Él creyó que le estaba pidiendo un helado y me compró una tarrina de pistacho y fresa. Le di un par de cucharadas para no decepcionarle y la escondí bajo el banco del parque en el que me había sentado. Me aseguré de cubrirla bien con los pies. Mi padre hacía y deshacía el mismo camino longitudinal delante de mí, mirando al suelo, y yo me preguntaba si de verdad no había notado algo nuevo en mi rostro que, al menos por unos instantes, le hiciera olvidarse de mi madre.

El martes a primera hora solo quedan algunos forasteros que parecen rastrear los últimos vestigios de unas fiestas que hoy, a juzgar por el aspecto impoluto de las calles y el tráfico silencioso, casi aletargado, se diría que nunca tuvieron lugar. Dedico media mañana en la oficina a revisar la bandeja de entrada. La dueña de una librería de una pequeña ciudad cercana quiere organizar una presentación de Pulpos fuera del agua .

Durante el rompecabezas que supuso armar el circuito promocional de la novela, me las ingenié para evitar esa ciudad, sencillamente porque me parecía fea. Ni siquiera el minúsculo centro histórico, pulcro y elegante, ha conseguido nunca distraerme de la fealdad generalizada que se filtra en mi cuerpo, violando todos mis sentidos y vampirizando mis energías. Siempre he intentado acortar lo máximo posible mis estancias en esa ciudad y siempre he aparcado justo en la puerta de mi destino, aunque eso haya supuesto pagar la zona azul o un parking privado durante muchas horas.

Recordar la feroz intensidad de la luz que inunda la ciudad en cuestión basta para marearme. Es la luz propia de un desierto inhabitado, una luz que cae inclemente tanto en otoño como en primavera, en martes, jueves o domingo, da igual, sobre los balcones con las contraventanas cerradas a cal y canto. Una luz sin variaciones, terca como un piano en el que apretando cualquier tecla sonara siempre la misma nota.

Sé que me tocará acudir a la presentación de la pequeña ciudad desangelada para hacer fotografías y acompañar al autor y, aunque el plan no me apetece en absoluto, respondo al correo de la librera proponiéndole una fecha que Néstor Gallego acaba de confirmarme que le viene «de fábula». También le digo que le enviaré un cartel y que, si le parece, sería buena idea que solicitara a la distribuidora una caja adicional de ejemplares para promocionar el encuentro durante las semanas previas. Dos minutos después, recibo su respuesta. La librera cierra la fecha y puntualiza mi última sugerencia: encargan cajas cada semana, Pulpos fuera del agua se está vendiendo muy bien.

Almuerzo con los editores y les comento el éxito que está cosechando Néstor Gallego en la librería de la pequeña ciudad cercana y fea. El editor número dos disimula su sorpresa, aunque yo he detectado que desde hace tiempo le cuesta luchar contra el desencanto de una nueva frustración editorial que ahora me pregunto si tal vez intuyó desde el principio. A mí me parecía que confiaba de verdad en que la novela de Néstor Gallego batiría récords de ventas: supongo que creía que en el primer mes estaríamos liados con la segunda edición y planificando la tercera. Un pensamiento bastante mágico teniendo en cuenta nuestra condición de editorial independiente y el alcance real de las notas de prensa que me esfuerzo en titular de forma atractiva —sin conseguirlo, la mayoría de las veces—, y que solo parecen tener repercusión cuando Aru Sabal, nuestro excelso poeta contemporáneo, protagoniza la noticia. El editor número uno, sin embargo, parece satisfecho, siempre implacable en su buen humor de catálogo de grandes almacenes. Me dice lo que ya había asumido: tendré que acompañar a Néstor Gallego a la presentación para encargarme de que todo marche correctamente.

—Por cierto, hemos recibido un original que puede ser interesante —añade—. Cuerpos indómitos , se titula. Antes de irte, pásate por mi despacho y te lo llevas a casa para leerlo.

Es una orden, claro: el editor número uno no me pregunta si me apetece, si me importará perder tiempo y energías en una tarea que no me corresponde. Pero sí que me importa, porque leer ese original no va a restarle horas a mi verdadero trabajo ni va añadir a mi cuenta bancaria unas decenas adicionales de euros, pero aun así le digo que claro, que de hecho será mejor que me lo dé en cuanto acabe de comer y así no corro el riesgo de olvidarme de pedírselo.

—Ya podríais ponerme un becario que me ayudara con la prensa —se me ocurre decir mientras saco del táper los últimos macarrones a la carbonara.

Los editores se ríen y no dicen nada, como siempre que les comento el asunto del hipotético becario. En vez de tomarme el café con ellos, me lo llevo a mi escritorio y redacto varias notas de prensa sobre las próximas presentaciones de Aru Sabal. Todas, por suerte, se celebran lejos de aquí, así que no estoy obligada a acudir como figura de apoyo y supervisión. Al cabo de un rato, el editor número uno me deja un fajo de folios debajo del flexo.

—Aquí tienes el original que te comentaba. Y sobre el becario, redáctame un perfil y se lo hago llegar a la facultad de comunicación.

Salgo de la oficina con el original enrollado en la mochila. Al llegar a casa abro un documento en el ordenador y enumero las aptitudes que debe tener la persona que se encargará, por ejemplo, de realizar un seguimiento de los medios que nos piden libros gratis y que luego, una vez recibidos, nunca escriben sobre ellos, o de bucear en páginas de ofertas hasta encontrar las combinaciones más económicas de billetes de tren para que los autores presenten sus libros en la mayor cantidad posible de ciudades al mínimo coste, o de cuadrar los diferentes actos promocionales —festivales, charlas, entregas de premios, etc.— en unas agendas ya colmadas de compromisos familiares y profesionales, porque, a excepción de Aru Sabal, que dejó su trabajo para dedicarse de lleno al oficio de poeta del siglo XXI, ningún autor de nuestro catálogo confía en ganarse la vida escribiendo libros. Determino que el becario debe caracterizarse, entre otras cualidades, por ser alguien «organizado, metódico, con una alta tolerancia a la presión y que disfrute del contacto con la gente». Antes de enviarle el documento al editor número uno, repaso el listado de virtudes. Solamente dejo «organizado y metódico».

Anoche leí Cuerpos indómitos . Entera: me acosté a las cuatro de la madrugada. Lo primero que me llamó la atención fueron las siglas que firmaban la novela: I. C. Las iniciales del título invertidas. Los folios que me entregó el editor no contenían ningún otro dato que sirviera para identificar a la autora; después de haber leído el manuscrito, puedo afirmar sin temor a equivocarme que ha sido escrito por una mujer. Mientras cenaba me entretuve inventando posibles significados para las siglas: Inteligencia Cósmica. Inmundicia Colectiva. Ígneas Curvas. Instrumentos Cortantes. Intención Confidencial.

Un poco por seguirme el juego a mí misma y un poco también para retarme a perfilar la identidad (Identidad Camuflada) del (la) artífice de Cuerpos indómitos , decidí empezar a leerla en cuanto me acabé las pechugas a la plancha. No me sentía cansada en absoluto. Creo que la perspectiva de contar con un becario para mí sola me había animado hasta el punto de transformar la sugerencia ineludible de leer un original en la nueva oportunidad de descubrir a otro Néstor Gallego, uno que, a poder ser, cumpliera por fin las expectativas comerciales de mis jefes. Me senté con las piernas cruzadas en mi mitad del sofá de dos plazas —aún es mi mitad, aunque Ignasi no esté y no vaya a volver— y retiré el primer folio en el que solo figuraban el título y esas iniciales, todavía carentes de significado: I. C.

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