Scott Hahn - La cuarta copa

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En esta introducción e incluso continuación de su libro La cena del Cordero, el autor no solo ahonda en su camino hacia la Iglesia católica, sino que explora el incomprendido ritual de la Pascua judía, y su importancia en el mensaje salvador de Jesucristo. En su hambre de respuestas durante sus años de estudiante, Hahn muestra su búsqueda de conexiones entre el Antiguo Testamento, la Última Cena y la muerte de Jesús en el Calvario. Descubre así la importancia crucial de la Pascua en el plan de salvación diseñado por Dios, donde la cuarta copa de vino, al final de la celebración, proporciona una clave fundamental para entender el misterio con mayor hondura.

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En su sentido más elemental, ese sacrificio devuelve a Dios lo que es suyo por derecho. Quien sacrifica reconoce que Dios es el creador y soberano del universo. Toda vida le pertenece. Por lo tanto, el sacrificio es una forma de culto, de alabanza y de acción de gracias.

Pero hay mucho más: las víctimas sacrificiales significan mucho más. En la violencia del sacrificio está cifrada una amenaza implícita. Toda alianza contenía bendiciones y amenazas: las bendiciones derivadas de su cumplimiento y las maldiciones derivadas de su incumplimiento. La sangre de los animales representaba el nuevo vínculo familiar establecido mediante la alianza. Ahora ambas partes eran «familia de sangre». Esa es la bendición, el lado positivo. Los animales sacrificados, no obstante, representaban también las consecuencias de toda infidelidad a los términos de la alianza. Violar la alianza significaba quebrantar un juramento prestado ante Dios. La infidelidad era algo parecido a la blasfemia y, por eso, merecía la muerte. Nadie que ofreciera el sacrificio podía alegar ignorancia, porque los términos de la alianza habían quedado expuestos sobre el altar.

Las alianzas con Dios no eran algo trivial, sino asuntos de vida o muerte. Siempre se sellaban con sangre, lo que implicaba un nuevo vínculo familiar. La sangre significaba también el poder de Dios, que da la vida y la muerte. Así lo anunciaban los profetas en sus oráculos: «Por la sangre de tu alianza, sacaré a los cautivos del aljibe sin agua» (Za 9, 11). La sangre de la alianza testimoniaba el poder divino para liberar a su pueblo.

La víctima constituía una advertencia, pero era también un representante. Cada vez que el pueblo de Dios violaba sus alianzas —cada vez que caía en el pecado—, ofrecía un sacrificio para reparar y restaurar su vínculo con Dios. Reconocía que sus pecados merecían la muerte y ofrecía un animal que ocupaba su lugar. Su sacrificio era la expresión viva de su arrepentimiento.

El cordero pascual era claramente un sacrificio sustitutivo. Dios había reclamado las vidas de todo varón primogénito de la tierra de Egipto. La sangre del cordero en los dinteles de las puertas era señal de que su deuda había quedado satisfecha. Pero nos podríamos preguntar: ¿por qué no quedaron eximidos los hebreos simplemente en razón de su etnia? Lo cierto es que no quedaron eximidos. Recibieron una maldición por haber violado la alianza. Sus antepasados, los hijos de Jacob, habían pecado gravemente al vender a su hermano José como esclavo. Los hebreos de las generaciones posteriores siguieron pecando, y más gravemente aún, al rendir culto a las divinidades animales de Egipto.

A los hebreos se les perdonó la muerte y se les liberó de Egipto no porque merecieran la salvación, no porque fueran inocentes, sino porque Dios es misericordioso. En la Pascua —y, más adelante, mediante el sistema sacrificial— el Señor les exigió «ejecutar» a los ídolos que habían adorado. También les exigió ser testigos de su propia ejecución poniendo por sustituto un animal. El rabino medieval Nahmánides llamaba a ese sacrificio animal una «ejecución en efigie». El erudito contemporáneo Joshua Berman explica que dicha acción es a la vez punitiva y compensatoria: «Con su presencia ante Dios en el Templo y siendo testigo de su propia ejecución en el que asume los pecados cometidos por él, lo que se espera del propietario de la ofrenda es una nueva conciencia de sus obligaciones para con Dios de modo que su infracción no se repita»[1].

Aún existe otro nivel de significado —y yo diría que superior— en el sacrificio animal. En efecto, el animal representa una advertencia. Y en efecto: el animal muere en sustitución. Pero muere también en representación de la persona que realiza la ofrenda. El animal representa la entrega plena de la propia vida a Dios. Cuando un padre entraba en el patio del Templo y entregaba el cordero pascual en nombre de su familia, entregaba su vida. Por eso el sacrificio pascual era tan dramático, tan solemne y tan catártico para quienes participaban en él. No se trataba solamente de que la sangre de un cuarto de millón de corderos fluyera como un torrente hasta el valle de Cedrón; no se trataba solamente de que la grasa se fuera amontonando y crepitase sobre el sólido altar del Templo. El drama residía en la ofrenda representada en toda esa vida entregada, en todos los pecados perdonados, en todo el futuro redimido.

No quiero decir con esto que todo el que entraba en el Templo albergara pensamientos piadosos. En la Jerusalén del siglo i —como en el Massachusetts de los años 80— muchas veces el pueblo de Dios se mostraba distraído y desganado durante el culto. Actuaba mecánicamente. Seguía una rutina. Eso es lo que suele hacer la gente.

De hecho, si se actúa así mucho tiempo, se pierde totalmente el interés por el culto. Las páginas de la Biblia están llenas de recordatorios de Dios acerca del significado del sacrificio, el fin del sacrificio y el lugar que ocupa el sacrificio en el orden de las cosas. «Porque misericordia quiero y no sacrificio, y conocimiento de Dios, más que holocaustos» (Os 6, 6). Esto no significa que Dios deseara que su pueblo dejase de ofrecer sus víctimas en el Templo. Lo que deseaba es que cada sacrificio sirviese a sus fines. Deseaba que ofreciera cada sacrificio de corazón y por él quedara transformado. El argumento divino aparece expuesto con toda claridad en uno de los salmos de David:

No te reprendo por tus sacrificios,

pues tus holocaustos están siempre ante Mí.

No tomaré de tu casa ni un ternero,

ni un cabrito de tus apriscos;

porque mías son todas las fieras de la selva,

y los miles de animales en mis collados;

conozco todas las aves del cielo,

me pertenece todo lo que se mueve por el campo.

Si tuviese hambre, no tendría que decírtelo,

pues mío es el orbe y cuanto lo llena.

¿Es que voy a comer sangre de toros

y a beber sangre de machos cabríos?

Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza,

cumple tus votos al Altísimo,

e invócame en el día de angustia:

Yo te libraré

y tú me glorificarás.

Dios dice al impío:

«¿Por qué repites mis preceptos

y tienes en tu boca mi alianza,

tú, que aborreces mi doctrina

y postergas mis mandatos?» (Sal 50, 8-17).

El Señor manifiesta claramente que ha instituido el sacrificio no en su propio beneficio, sino en el nuestro. Él no pasa hambre ni sed. De hecho, no consume las víctimas que se le entregan. Era un acto simbólico. En el siguiente salmo del canon el rey David dice que Dios «no se complace en los sacrificios» (cf. Sal 51, 18). Dios enseñó a Israel a sacrificar no para humillar a su Pueblo Elegido, sino para que aprendiera a entregar su vida, a apartarse del pecado y a vivir en alianza con Él. «El sacrificio grato a Dios es un espíritu contrito: un corazón contrito y humillado» (Sal 51, 17).

Por eso, en la primera Pascua la intención de Dios no fue solamente liberar a unos esclavos de Egipto. Quería liberar a Israel del pecado: que su pueblo fuera libre para entregar su vida en sacrificio. Un detalle que se olvidó con demasiada facilidad, tal y como demuestran los recordatorios de los salmos.

Cuando «Cristo, nuestra Pascua» fue inmolado, dijo: «Todo está consumado». Y entonces se rasgó el velo del Templo (Mt 27, 51). El Templo quedó desprovisto de su misión y los antiguos tipos alcanzaron su plenitud. Con el misterio de la nueva Pascua, el sistema sacrificial dejó de tener utilidad.

[1]Joshua Berman. The Temple: Its Symbolism and Meaning Then and Now. Northvale, NJ: Jason Aronson, 1995, p. 119.

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