Victoria Forcher - Rota

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Recién mudada a Ciudad de México, Victoria se despertó, con veinticinco años, arriba de una ambulancia sin saber qué año era. Mucho más por necesidad que por gusto, escribió veinte capítulos para relatar su experiencia, minuto a minuto, tras haber sufrido un accidente.
Rota es una muestra panorámica y crudamente sincera de una realidad que se altera en un instante, contada como quien habla con un amigo. Con una abrumadora incertidumbre por delante, la protagonista narra un subibaja de sucesos y emociones que oscilan entre el dolor, el humor y la ironía. Un diario íntimo transformado en un relato simple, llevadero y atrapante que detalla las vivencias en un hospital y las reflexiones desencadenadas por lo inesperado.

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Me pareció muy cómico entender repentinamente cómo somos animales muy curiosos. Lo primero que me preguntaron la que manejaba los rayos, el que maniobraba el tomógrafo, el chofer de mi camilla era “¿Qué te pasó?”. Probablemente vos también te lo estás preguntando. Ya llegaremos a esa parte.

Durante los viajes de sala en sala y la inmovilidad de mi cuerpo dentro de esas máquinas, pensé millones de cosas y me hice miles de preguntas. Me enorgullece decir que nunca pensé “¿Por qué a mí?”. Te lo juro. Sí me pregunté por qué no podría haber hecho algo distinto en ese segundo para no estar allí. Unos segundos podrían haber hecho la diferencia entre estar en el hospital o estar en una entrevista para trabajar en Spotify. También me dije a mí misma que si no hubiese venido a vivir a México, esto no me habría pasado, y si no hubiese entrado a trabajar en Google, no estaría ahí. Invertí muchos minutos en vano jugando a las realidades alternativas que estaría viviendo si hubiese tomado decisiones diferentes a lo largo de mi vida. Es un ejercicio insalubre que estoy segura de que todos practicamos de tanto en tanto, algunos más profesionalmente que otros. Inútil, contraproducente pero inevitable. De todos modos, nunca pero nunca “¿Por qué a mí?”.

No paraba de pensar en el hecho de que había perdido la memoria. ¿Y si de repente no podía hablar? ¿Si de un minuto a otro me desaparecía la memoria nuevamente pero esta vez no regresaba? ¿Y si de repente no podía mover el cuerpo? ¿Y si de repente cambiaba mi personalidad de manera irreversible? “¿Y si…?” fue un gran enemigo durante muchos días.

Pensando en lo peor, me acordé de una charla TED que había visto algunos años atrás acerca de un hombre que había quedado cuadripléjico y no podía comunicarse de ninguna forma. Durante mucho tiempo habían pensado que tenía muerte cerebral. Su mente funcionaba a la perfección, pero nadie lo sabía. Estaba atrapado dentro de su propio cuerpo. En el video contaba cómo habían abusado de él muchas veces, y él carecía de maneras de expresarse o defenderse frente a esos actos de deshumanizante violencia. No recuerdo bien el video ni los detalles de su historia, y no estoy lista para verlo de nuevo, pero si este hombre estaba dando una charla TED, es porque finalmente había encontrado la manera de comunicarse y hoy puede contar su historia. Pero yo no pensaba en su posibilidad de expresarse, sino en su desgarradora tragedia. No dejaba de cruzarse por mi mente la idea de que eso podía pasarme a mí. Si me sucediese, ¿habría manera de que mi mamá o Juan vieran a través de mis ojos que yo estaba encerrada dentro de mí misma, que seguía ahí?

—Si le pasa algo a mi cerebro, matame —le dije a Juan. Me dolía llorar y el médico me había recomendado no hacerlo.

—No le va a pasar nada a tu cerebro —dijo Juan sin fundamento alguno, en el intento de desdramatizar mi reacción.

—Si le pasa algo a mi cerebro, matame —lo dije muy en serio.

De paseo por el hospital, entre estudio y estudio, fui viendo caras conocidas que esperaban el veredicto en la sala de espera. La primera vez que vi a Jorge y a Patri, rompí en llanto mientras se alejaba mi camilla. Lo mismo me pasó cuando vi a Juli. Como si fuese un botón que alguien apretaba cuando veía los ojos de lamento de una cara familiar, me caían las lágrimas. Era automático e incontrolable. Aprovecho este espacio para otra disculpa pública: Jorge, Patri, les arruiné el viaje a Ciudad de México. Vinieron unos días a recorrer la ciudad y lo que más recorrieron fue el Hospital Español.

Por suerte teníamos la ayuda, el amor y el apoyo de la familia de Juan. El día después del accidente, Jorge y Patri tenían pasajes para volver a Mendoza. Intentaron cambiarlos y no pudieron, pero eso no los detuvo: se compraron nuevos. Lo más temprano que podía llegar mi mamá desde Punta del Este era el lunes al mediodía. La familia de Juan se aseguró de no dejarnos solos ni un minuto. Mi mamá llegó el 4 de marzo en la mañana y ese mismo día se fueron ellos. Me sentí la chica más afortunada del mundo y estuve tremendamente agradecida. Estoy tremendamente agradecida.

Dentro de toda la suerte que tuve, el personal del hospital que se cruzó por mi camino no fue la excepción. Uno de los estudios de rayos X que tenían que hacerme requería que me parase y pegase mi mentón sobre una placa. Me costaba mucho pararme y aún más mantenerme en pie. Además, acercar mi cara a cualquier persona u objeto me generaba un pánico indescriptible. Es de público conocimiento que recibir rayos de manera constante es perjudicial para la salud y el personal que realiza este tipo de estudios se supone que no debe estar expuesto a ellos, deberían estar del otro lado de la puerta, resguardados. La asistente de rayos se quedó conmigo en la sala en todo momento, me ayudó a levantarme, me sostuvo para que no me cayera y me asistió, con toda la gentileza posible, para posicionar mi cara de la mejor manera sobre la placa. Este es solo un ejemplo de muchos.

Ya en mi sala de siempre, ingresó el doctor Puente después de analizar todos los estudios.

—Tienes fractura malar y maxilar derecha, orbitaria —dijo el doctor con firmeza. Necesitaba que me hablara en español—. Tienes varias fracturas y fisuras en la cara. Lo más alarmante es que se fracturó en varios pedazos el hueso que sostiene al ojo. Si te miras, estás hinchada, pero eso únicamente se debe al golpe. En realidad, la pared orbitaria se rompió en varios pedazos y se hundió.

No fue fácil digerir el hecho de que tenía la cara fracturada. Y en ese momento, solo sabía con total exactitud que tenía un problema serio con el hueso que sostenía al ojo. No tenía el detalle geográfico ni cuantitativo exacto del significado de tener varias fracturas y fisuras. De hecho, lo tuve varios días después.

Luego, el doctor Puente estableció las prioridades muy claramente:

1. Vida

2. Función

3. Estética

Con los análisis habíamos descartado preocuparnos por el primer punto. Los neurólogos aseguraron que no había nada por qué alarmarse en esa área. A pesar del diagnóstico de los expertos, porque el miedo hace oídos sordos a la razón, mi inseguridad persistió. De todos modos, lo que sí estaba en peligro era la función de mi ojo, así que ahora tenía una preocupación real en la cual enfocarme, además de las imaginarias. El doctor Puente me explicó que en estos casos hay que tratar de operar lo antes posible, porque puede ser peligroso para el ojo que su sostén esté dañado. Podía quedar ciega o ver doble para toda la vida, para lo cual no existe solución. Me lo materializó con un gran ejemplo: imaginemos un vaso con agua. El agua representa mi ojo y el vaso es el hueso que lo sostiene. ¿Qué pasa cuando se rompe el vaso? Había que reconstruirlo para evitar perder el agua.

—El procedimiento consiste en poner una placa de titanio y tornillos debajo de tu ojo para reconstruir el sector —dejéde respirar—. Se aplica anestesia general. Para realizar la intervención se debe ingresar a la zona afectada desde el ojo o el interior de la boca.

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