Victoria Forcher - Rota

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Recién mudada a Ciudad de México, Victoria se despertó, con veinticinco años, arriba de una ambulancia sin saber qué año era. Mucho más por necesidad que por gusto, escribió veinte capítulos para relatar su experiencia, minuto a minuto, tras haber sufrido un accidente.
Rota es una muestra panorámica y crudamente sincera de una realidad que se altera en un instante, contada como quien habla con un amigo. Con una abrumadora incertidumbre por delante, la protagonista narra un subibaja de sucesos y emociones que oscilan entre el dolor, el humor y la ironía. Un diario íntimo transformado en un relato simple, llevadero y atrapante que detalla las vivencias en un hospital y las reflexiones desencadenadas por lo inesperado.

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—Juan ¿querés salir? No pasa nada —sugerí.

—No, estoy bien —dijo con voz firme y mano temblorosa. Parecía que estábamos bailando de lo que temblaba. No estaba bien.

—En serio, no pasa nada —quise hacerlo sentir libre con el tono de voz con el que pronuncié el “no pasa nada”.

—No necesito salir, estoy bien.

Ahí entonces intervino el doctor Puente:

—Puedes salir unos minutos, todo va a estar bien.

Le hizo caso al doctor Puente y salió de la sala. No pasaron más de dos minutos cuando volvió a entrar y, con esa misma mano bailarina, agarró fuerte la mía y seguimos temblando juntos.

—Señor, ¿me podría contar un chiste? Para alivianar un poco el momento —qué buena idea tuve porque, claro, todos queremos reírnos con una aguja en la cara.

—No me sé ningún chiste —tardó unos segundos en responder. Creo que le dio pena decirme que no.

Era la primera cosa que pedía desde que me había accidentado. Quería algo tan simple como que me contaran un chiste, a ver si podía reírme aunque fuera mentalmente. Pedido denegado.

—¿Cómo que no se sabe ningún chiste, señor? Vive en constante drama ajeno, con personas que están sufriendo ¿y no se sabe ningún chiste? Deberían enseñárselos en la carrera. Debería ser parte de alguna materia —¡bien, Vicky, criticá al hombre que sostiene una aguja sobre tu frente, eso es muy astuto de tu parte!

Realmente estaba indignada. Te parecerá estúpido, pero lo único que necesitaba era un simple chistecito para sobrellevar mejor esa situación y sentí que el médico tenía la obligación de saberse uno.

—Había una vez un doctor que no se sabía ningún chiste… —dijo entre risas—. Prometo aprenderme uno para la próxima. De nada, futuros pacientes del doctor Puente.

—Si me deja bien la cara, entonces le voy a regalar un libro de chistes, señor, para que no le vuelva a pasar esto y pueda esparcir más humor en situaciones difíciles.

Y así fue. A los pocos días, mientras estuve internada, le compré por Amazon un libro de chistes sobre médicos, tamaño bolsillo, para que pueda tenerlo siempre en su guardapolvo. En realidad técnicamente no lo compré yo, lo compró Juan, pero yo se lo pedí. También le regalé una caja de Havannets, mi golosina argentina favorita. No se venden en México, solo tenía en casa porque suelo pedirles a los que viajan desde Argentina que me traigan. Podría haberle comprado cualquier chocolate, pero quise expresar mi gratitud de una forma íntima, personal y significativa.

Me terminó de coser. Sacó la tela que me cubría la cara. Juan recuperó su estabilidad corporal y acariciaba mi mano intentando calmarme. Por un segundo disfruté al pensar “ya está, se terminó”, pero se arruinó mi pequeño instante de alivio cuando me di cuenta de que todavía estábamos lejos del final. Muy lejos.

—Listo. Te puse unos puntos internos que se absorben solos, pero luego tendré que sacarte los externos.

—¿Cuántos puntos tengo en total, señor? Porque una vez mi hermano, cuando era chico, se abrió la frente en un barco y se le veía el hueso. Lo tuvieron que coser y le pusieron muchísimos puntos. ¿Cuántos me puso? A ver quién tiene más… —la competitividad entre hermanos no la quita ni un accidente.

—No sé, no los conté —se rio… Strike dos, doctor, strike dos—. Te voy a colocar una venda alrededor de la cabeza para cubrir la herida.

—Sí, señor.

Ahora sí que me veía como una chica que tuvo un accidente. Sentía el ojo derecho casi totalmente cerrado, y ahora, con una venda blanca cubriendo mi cabeza, parecía una paciente dramática de algún capítulo de Grey’s Anatomy . Instantáneamente recuperé los nervios por mi salud cerebral y la ansiedad volvió a manifestarse en mi ritmo cardíaco. Los huesos y las heridas sanan, pero ¿qué pasa si hay algo mal dentro de la cabeza? Quería que me viese un neurólogo lo antes posible.

CAPÍTULO 3

Los análisis

Canciones recomendadas para escuchar durante este capítulo:

«This Feeling», Alabama Shakes

«Angel», Jack Johnson

«Down in The Valley», The Head and The Heart

—Te voy a tocar la cara despacito, ¿sí? —dijo el doctor.

—Sí, señor —por favor, alguien que me frene.

En ese momento me di cuenta de que no sentía el lado derecho de mi cara. Veía las manos del doctor sobre mis cachetes, pero los sentidos no acompañaban sus movimientos. ¿Viste cuando vas al dentista y no sentís la boca por un rato? Así me sentía yo, pero en la mitad de la cara.

—Doctor, no siento que me esté tocando, como si tuviera la cara anestesiada. Siento todo dormido —le dije extremadamente preocupada.

—Es normal. Puede ser por el shock o que esté dañado el nervio. Te diste un golpazo, puede que el nervio esté afectado, pero en la gran mayoría de los casos con el tiempo se recupera —“la gran mayoría de los casos” no me sonaba suficiente.

El doctor Puente les indicó a las enfermeras que me realizaran una serie de estudios, entre ellos, rayos y tomografías.

—Te voy a llevar primero a rayos —me avisó una de ellas.

Yo seguía preocupada por mi cabeza, quería la tomografía primero, pero te imaginarás que en un hospital no les voy a indicar yo a los médicos el orden en el que se tienen que hacer los estudios.

Y comenzó el desfile. Atravesé todo el hospital en esa camilla, de análisis en análisis. Creo que para ese entonces ya tenía puesta la bata de internación. Imposible olvidar qué llevaba puesto ese día: un jean roto que jamás volví a usar, unos borcegos negros con plataforma y una blusa blanca en conjunto con una chaqueta azul decorada con flores rojas y naranjas en la espalda. Pasamos infinitas veces por la recepción, iluminada por esas luces blancas que me hacían sentir que estaba a punto de recibir un Grammy. Juan me acompañaba hasta el último centímetro que podía.

Había dos salas de espera previas a la realización de los estudios: la de los acompañantes y la de los pacientes. Vi la cara de Juan desvanecerse a través de la puerta corrediza cuando estábamos ingresando en mi sector. Allí me hicieron esperar unos breves minutos hasta que me recogió otra enfermera para llevarme al estudio correspondiente. Una vez finalizado el análisis, me volvieron a colocar en el mismo lugar y llamaron por teléfono a otra enfermera para que me regresara a la sala de emergencias. Había un pequeño televisor sintonizado en un canal de noticias. Nunca lo vi porque me quedaba en un ángulo incómodo teniendo en cuenta mis heridas, pero lo escuchaba. Recuerdo que me parecía muy curioso que cuando llamaban a las enfermeras para pedir que me devolvieran a mi sala, repetían exactamente lo mismo cada vez: “Para recoger a la paciente Victoria Forcher”, y automáticamente cortaban la comunicación. No decían ni “hola”. Es muy extraño, nunca esperás que hagan referencia a vos misma como “la paciente”. En este mundo de etiquetas, siempre me había sentido identificada con “la que canta”, “la que trabaja en Google”, pero nunca, jamás, “la paciente”. Siempre fui de ese tipo de personas poco saludables que construyen su seguridad sobre las bases erróneas y le atribuyen un peso considerablemente alto a la comparación con los demás. Uno de mis tantos principios disfuncionales.

En esa sala de espera sonreí por primera vez desde que toda esta novela comenzó. Colocaron una camilla al lado de la mía. Allí se encontraba una persona mayor, un abuelo, y también se lo veía bastante roto. Digo “también” porque las miradas de la gente hicieron que me diera cuenta de que probablemente no era mi mejor momento para una sesión de fotos. No nos dijimos nada, pero me miró con sus ojos penetrantes, decorados con arrugas, y me sonrió. Lo sentí como un abrazo. Me sentí comprendida. Estábamos en esa cagada juntos y en mi cabeza, siempre tan ilusamente poética, esa sonrisa quiso expresar que incluso encontrándonos en una situación delicada, dolorosa y repleta de preguntas, de todos modos había motivos para sonreír. Le devolví el gesto. En ese momento me di cuenta de que solo podía sonreír con la mitad de la cara.

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