Victoria Forcher - Rota

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Recién mudada a Ciudad de México, Victoria se despertó, con veinticinco años, arriba de una ambulancia sin saber qué año era. Mucho más por necesidad que por gusto, escribió veinte capítulos para relatar su experiencia, minuto a minuto, tras haber sufrido un accidente.
Rota es una muestra panorámica y crudamente sincera de una realidad que se altera en un instante, contada como quien habla con un amigo. Con una abrumadora incertidumbre por delante, la protagonista narra un subibaja de sucesos y emociones que oscilan entre el dolor, el humor y la ironía. Un diario íntimo transformado en un relato simple, llevadero y atrapante que detalla las vivencias en un hospital y las reflexiones desencadenadas por lo inesperado.

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El 1.º de marzo de 2019 a las 15:40 fui hospitalizada. Ese mismo día a las 17 tenía mi segunda entrevista en Spotify para el puesto de producer and partner manager, en el área de contenido. Después de recordar qué día era, saber que me perdía esa entrevista me rompió lo poco que todavía me quedaba entero.

¿Cómo podía ser que, después de haber tenido un accidente, sin saber qué tenía, qué me pasó y qué me iba a pasar, el hecho de saber que me perdía esa entrevista me resultó tan desgarrador? Para mí significaba tanto esa oportunidad que incluso en esa situación no era algo para nada secundario. Automáticamente le pedí a Juan mi teléfono y ahí, en la sala de emergencias, con sangre escurriéndose por mis cachetes, le escribí a Braden, de recursos humanos, con el único ojo con el que podía ver, un correo electrónico para avisarle que no iba a poder asistir a la entrevista. Segundo momento hollywoodense del accidente.

Después de eso a Juan le tocó un trabajo muy difícil, le tocaron muchos y muy complejos, pero al que me refiero ahora es a que había llegado el momento de avisarle a mi familia que había tenido un accidente. Mis papás, en Uruguay, iban a recibir un llamado en el que les dirían que su hija, la más chica, a miles de kilómetros de distancia, había tenido un accidente del cual no teníamos claras las consecuencias, los próximos pasos o las secuelas.

No sé cómo habrá sido esa conversación ni qué se habrán dicho a lo largo de ese llamado, pero mi papá, un hombre muy imponente y complicado (ya lo sabés, pa), no debe haber facilitado que la conversación se desenvolviera con calma. Tendrás que esperar a ver si Juan saca un libro para despejar esa duda.

CAPÍTULO 2

La sutura

Canciones recomendadas para escuchar durante este capítulo:

«Georgia», Vance Joy

«Para qué sufrir», Natalia Lafourcade

—Hola, soy el doctor Ángel Puente y voy a revisarte. ¿Qué te pasó?

Por Dios, la cantidad de metáforas y chistes que podría hacer con ese nombre en ese contexto…

Mi novio le contó lo que había pasado y charlaron unos minutos. En algunos momentos me encontraba en shock y no escuchaba lo que sucedía a mi alrededor o simplemente prefería no decir nada. Los sonidos pasaban a un segundo plano, como si los percibiese estando debajo del agua. Siempre que me encuentro absorbida por información contundente, pesada y transformadora, percibo lo que sucede a mi alrededor como si estuviera bajo el agua. Mi campo visual se reduce, se difuminan los alrededores, se distorsionan y se alejan los sonidos, mi cuerpo se siente más denso y tengo que acordarme de respirar. A veces dudo si acaso tenía la mente en blanco o estaba pensando demasiadas cosas. Quizás en esos momentos de silencio estaba repitiendo internamente mi famoso monólogo con mi nombre, los integrantes de mi familia y la dirección de mi casa. Me acuerdo de que mi abuelo, en las etapas finales de su Alzheimer, tenía las mismas cuatro o cinco historias, momentos o datos de su vida que recordaba y repetía constantemente. En ese momento pensé que si algún día llegase al estado en el que estaba Teodoro al final de su enfermedad, ya ambos sabemos qué es lo que repetiría.

Volviendo al doctor Puente, ¿viste que hay personas que sin conocerlas te inspiran confianza? Por suerte eso me sucedió esa tarde y, creeme, si ha habido un momento de mi vida en el que necesitaba sentir seguridad, era ese. Entró con mucha calma, algo que faltaba en esa sala de emergencias. No soy buena para adivinar estaturas, pero medía más de un metro ochenta seguro y tenía cara de ser buen padre. Su cabello canoso, su forma pacífica de hablar y sus facciones suaves me hicieron pensar que, si dios existiera, probablemente serían buenos amigos. Ese era el tipo de razonamientos y de conclusiones al que llegaban mis conexiones neuronales en un contexto tan turbulento. A veces, en la propia mente llueve más que en la tierra. Qué curiosa mi relación con respecto a la existencia o no de dios en esos días posteriores, repletos de desconcierto. Creo que Dios se escribe con mayúscula, ¿puede ser?

—Te voy a coser esa herida de seis centímetros que tenés en la ceja y voy a limpiarte un poquito la cara para que estés más cómoda —dijo el doctor con calma.

OK, no sabía que tenía una herida abierta en la ceja, tampoco sabía que dicha herida medía centímetros (en plural). Tampoco sé si necesitaba saber que eran seis, pero al menos empezábamos a tener un poco más de claridad. Y, como comentario adicional, la palabra comodidad y esa situación no parecerían ser muy compatibles, pero gracias por el intento, doctor.

—Sí, señor —respondí tensa. ¿Por qué le estaba diciendo “Sí, señor”? No soy general ni él mi comandante en jefe.

—Te voy a dar varios pinchazos que te van a doler, ¿sí? —me gustaba el “¿sí?” al final de sus preguntas, como si acaso yo tuviese la capacidad de responder “no”.

—Sí, señor —por algún motivo no podía parar de responder así.

—Me avisas si te duele mucho pero necesito hacerlo para poder coser —quién sabe qué será “mucho”, ¿no?

—Sí, señor —¿es en serio?, ¿por qué no podía parar?

Me dolieron muchísimo esos pinchazos en la frente y alrededor del ojo. Fueron cuatro. Juan agarraba mi mano izquierda mientras yo arañaba la camilla con la mano derecha. Trataba de respirar hondo pero el dolor me cortaba la respiración cuando quería inhalar o exhalar profundamente. Se me empezó a dormir la zona alrededor de la ceja y ahí me di cuenta de que esos pinchazos eran para que no sintiera algo probablemente más doloroso que se vendría luego, así que junté ovarios para no llorar.

—¿Cómo vienes, Vicky? —preguntó con una calidez como si nos conociéramos de antes.

—Estoy bien, señor. Gracias, señor.

Recordé entonces que mi abuelo, cuando estaba hospitalizado, siempre trataba de “señor” y “señora” al personal del hospital. No solía tratar de “usted” o “señor/a” en su vida cotidiana, pero con ellos, en contextos delicados, hablaba como si estuviera nuevamente en la Fuerza Aérea. Entendí entonces que viven en mí varias cosas de él, además de la costumbre de hacer chistes malos y bromas pesadas, como sacarle la toalla a quien se está bañando y apagarle la luz.

No sufrí mientras me cosía. El dolor ya había pasado luego del par de pinchazos, pero sí tenía la suficiente sensibilidad como para sentir el hilo que pasaba a través de mi piel y darme cuenta de cómo esta se estiraba cuando tiraban del extremo del hilo. Por suerte el doctor Puente me había tapado la cara con una tela celeste y había dejado solo un espacio en mi frente para poder tener un campo visual suficiente para realizar la sutura en mi ceja. Traté de imaginarme que estaba mirando el cielo.

Para distraerme, intenté escuchar la conversación de la paciente que estaba del otro lado de la cortina. Estaba en una de esas salas compartidas. Mi compañera de habitación se había roto una pierna. “Qué suertuda”, pensé. Seguramente ella no se sentía así. Cuando estaba, muy chismosamente, tratando de escuchar cómo se había fracturado, me interrumpió el doctor:

—¿Vives aquí en México? ¿A qué te dedicas? —claro, la típica conversación casual de cuando te están suturando la cara.

—Trabajo en tecnología, señor, trabajo en Google —ya está, ya para este punto asumí que nunca iba a dejar de decir “señor”.

En ese momento me di cuenta de algo muy importante: quien estaba temblando no era yo, era Juan. Me había olvidado por completo de su pánico a las agujas. Le suele bajar la presión cuando le sacan sangre y con el simple hecho de nombrar agujas penetrando piel, incluso aunque no esté sucediendo físicamente frente a él, siente mareo y malestar. A pesar de todo, ahí estaba él, sosteniéndome la mano mientras me clavaban agujas en la frente y me cosían la ceja. No sé qué sabrás vos del compañerismo, pero wow .

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