La Shivi y yo dormimos juntas en la sala.
En el altarcito de Jeoffrey solo hay una mancha de cera roja derretida, de lo demás, ni rastro.
* * *
Desde temprano he tratado de localizar a Jeoffrey. No responde mis mensajes y su teléfono me manda a buzón. Carola ya se fue a trabajar y la Shivi, antes de irse, me dice que no lo deje así, que lo mande a ghostear a su haitana madre en creole. Quedamos en que voy a darme una vuelta por el Latinos para armarle un numerito de novia desesperada, pero lo único que quiero es comprobar que no tuvo nada que ver en lo de Carola. Me siento mal de sospechar de Jeoffrey, pero también es que desaparecer así es una cosa que no se hace. Qué va una a creer.
Pienso en seguir pistas en el cuarto de Carola, pero no sé qué palpitaciones me empujan a la habitación de la Shivi. Será que con tanto chisme esotérico me estoy volviendo clarividente. Le rebusco los cajones. Nada. Ni debajo de la cama ni en el clóset ni en el tocador. Nada. Me acuesto en el colchón de la Shivi para sentir sus energías y me acuerdo que en “Más negro que la noche” le desbaratan la almohada al personaje de Susana Dosamantes para encontrarle quién sabe qué. Meto la mano en la funda y siento el bulto. Es un atado que adentro tiene una foto de Jeoffrey amarrada con hilo rojo y listón dorado, una especie de talismán hecho con una piedrita enredada en hierbas y un escapulario envuelto en post its rayoneados con la letra de Carola.
Le tomo una foto y le pido a Siri que me explique qué carajos. La voz de mi Iphone dice que es una hechicería michoacana, ancestral. Sikuákua, dice. Tecleo Sikuákua con las manos sudorosas. Google, voy a tener suerte. Aquellas personas que arreglan y deshacen matrimonios, separan y reúnen parejas y personas, atontan a la gente, saben secar cualquier planta, se transforman en tecolotes, cuervos y otros animales, se vuelven invisibles y pueden volar si lo desean, penetran en tiendas y casas cerradas, cambian de lugar a las personas que están dormidas, dominan a los espíritus malos y se dan cuenta cuando alguien trama algo contra ellas.
Pinchi Shivi.
Me tardo poquito en comprender, pero cada vez se va volviendo más claro: a la Shivi también le gusta Jeoffrey y sabe de lo suyo con Carola. Me da mucha lástima que vaya a romperle el corazón a la María José.
Estos haitianos nomás vinieron a alborotar el gallinero mexa. Por eso, la Shivi anda armando su versión de “Tres mujeres en la hoguera” en una onda muy del Caribe purépecha.
Siguiendo las instrucciones de Siri deshago el amarre y lo reorganizo. En una mesita hay una foto de la hermana de la Shivi con su familia. Sale el cachorro de su sobrino. Ni modo. Quito el marco con cuidado, recorto al perrito y lo anudo con los hilos y listones que tenía la foto de Jeoffrey. Cambio las hierbas de la piedrita por orégano y albahaca. Reemplazo el post it usado por Carola por un pedazo de papel en blanco. Pongo el atado en su lugar y me guardo las cosas que quité para tirarlas de camino al trabajo. Para ganar tiempo, encuentro un perro en una revista y lo acomodo en el marco. Muy apenas pero sí da el gatazo.
Me siento como una detective investigadora científica de lo paranormal.
Estoy realmente orgullosa de mi proeza, checo que todo esté en orden y apago la luz. Despreocupada, relajada, por fin sin el peso del agobio, salgo del cuarto solo para chocar con la Shivi, que ha estado parada aquí no sé desde hace cuánto.
Me fulmina un pensamiento. Los Sikuákuas lo saben.
Cuando alguien conspira contra ellos, lo saben.
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