Total que allá fue Carola a meterse sus pases y la María José cantó las de Daniela Romo, las de María del Sol, las de Pimpinela y todas las que ponen loca a la audiencia del Latinos y nada que regresaba Carola. Esa vez la María José dio un showsazo. Era una noche particularmente alegre, hasta parecía que todos andaban en tachas. Luego siguió la que hace de Paulina Rubio y se me hizo raro que Carola no llegara corriendo a cantar que tu mirada me hipnotiza y siento pau, pau, pau, pau, pero cuando de verdad me preocupé fue cuando salió Jenni Rivera. Ahí sí me puse a repartir codazos para que me dejaran pasar y mientras caminaba empujando gente, pensé que primero hubiera ido a ver si Jeoffrey estaba en la puerta principal, porque si los encontraba juntos en el baño ya no iba a tener manera de hacerme la desentendida, y lo último que yo quería, era avergonzar a Carola.
Pero ya casi llegaba y mi inquietud honesta era que no fuera estar Carola con la lengua torcida, echando espumarajos y con la nariz de moño como Carmen Campuzano. Cuando di con el pasillo, me acuerdo que lo que se me hizo más extraño fue que no hubiera fila. Ni un alma. Abrí la puerta muy despacio y entonces lo vi todo. Carola estaba parada delante del espejo iluminada por una mancha verde que flotaba encima de ella. Como soy muy dispersa me vino a la mente una escena de “El Santo contra la invasión de los marcianos” y también tuve chance de pensar que qué guapo Wolf Ruvinskis.
Ahí estaba yo pensando esas babosadas en un microsegundo y Carola siendo abducida por sabrá qué outsider espacial, o más bien, siendo poseída y reemplazada por esa presencia, así que sin detenerme a averiguar entré haciendo un escándalo, saqué mi body spray de cherry vainilla y empecé a disparar con el aspersor como si en ello me fuera la vida, como si el perfume fuera insecticida y la mancha verde un enjambre de cucarachas. Cuando el sitio se volvió irrespirable, Carola, la nueva Carola, me miró con unos ojos envolventes durante varios minutos que se me hicieron eternos. Hasta parecía como si la Carola de antes intentara decirme algo, pero en lugar de lograr salir a la superficie de sus pupilas, se despeñara por un precipicio.
En eso, un montón de cacatúas entraron como si nada estuviera pasando y Carola y yo salimos de nuestro trance y regresamos a la mesa.
Desde entonces trae esa cara de Ana Patricia Rojo a los nueve años y yo no quiero terminar achicharrada. Hace rato, en la cocina, en nuestra reunión semanal para asignarnos tareas, le dijo de cosas a la Shivi porque no había ido a la lavandería y la Shivi, que es muy sentida, se puso a llorar. Yo sé que la Carola original nunca habría sido tan cruel, pero esta Carola no tiene sentimientos. Me dan ganas de preguntarle a Jeoffrey si nota algo raro cuando están juntos, pero me voy a ver muy mal. A los hombres lo que les gusta es vernos la cara de mensas, si una sale con que se entera de que están con otras y no le preocupa, no lo soportan, piensan que algo nos falla en el seso o que nos merecemos que nos traten fatal. Prefiero que Jeoffrey y Carola crean que tienen su secreto muy bien escondido.
Desde el cuarto de la Shivi se escucha que Jeoffrey prende sus velas. Casi puedo verlo colgando las pulseritas de los niños con las manos resplandecientes. Luego le habla en su francés criollo a Carola. Tengo ganas de ir con él, pero se lo voy a dejar a Carola porque la Shivi sigue muy triste. Le prometo que mañana voy a acompañarla a lavar y la arrullo hasta que se queda dormida.
* * *
Estamos separando la ropa y la Shivi no ha parado de maldecir a Carola, yo le digo que no se fije, pero la Shivi dice que nunca la va a perdonar. En la lavandería ya nos conocen y la señora nos deja usar varias lavadoras al mismo tiempo. La Shivi es vengativa. Mete la blusa favorita de Carola en una máquina y le echa cloro. Yo hago como que no veo pero sé que en el departamento va a arder Troya. Entonces llega la María José y la Shivi me encarga las secadoras para irse a seguir hablando mal de Carola con su novio. La María José es hermosa, tiene una de esas auras imponentes, como de aparición, como de ponerle su propia iglesia nomás para irla a adorar. Y cuando no anda de vestida es guapo de veras. La Shivi se le cuelga del brazo y se van.
Las miro alejarse pensando cómo se puede ser una criatura tan perfecta: bellísima como mujer y bellísima como hombre. La señora de las lavadoras tampoco puede dejar de verla. Platicamos. Me pregunta por mi moreno y le presumo de sus chamacos y su altar. La señora me dice que tenga cuidado, que los zombis vienen de Haití y no sé qué del vudú y los muñecos con alfileres y la santería. Trato de no hacerle mucho caso. Saco la blusa echada a perder de Carola y la pongo hasta abajo en la canasta. Antes de irme al depa la señora me alcanza y me entrega una estampita de la Santa Muerte, que para que nos proteja de las fuerzas oscuras. Si no supiera lo de Carola me hubiera dado risa, pero en estas circunstancias hago como las abuelitas con el monedero: me guardo la imagen en el brasier procurando que sea en el lado del corazón.
Más tarde, en el trabajo, entro a la sala y están proyectando “Los misterios de la magia negra”. Casi me caigo encima de un espectador. Le piso los juanetes. Para disculparme le regalo unas palomitas que compro con mi descuento de empleado. No puede ser coincidencia. Es una señal. No lo de haberle pisado los callos a uno de nuestros espectadores asiduos, sino lo de la magia negra. Trato de concentrarme y pensar. No sé si ahora imagino cosas, pero se me hace que anoche una de las pulseras de Jeoffrey se veía más clara, como si le hubieran trenzado unos cabellos güeros, güeros L’Oréal, como los de Carola.
Me persigno y como hace siglos que no lo hago me persigno mal. Me pone nerviosa que persignarme con la mano equivocada o desde un lado que no es vaya a resultar en una cosa diabólica. La señora de las lavadoras dijo que el maligno está en todas partes buscando donde meter la cola. Esa vieja perra me dejó paranoica. Voy al baño y leo la parte de atrás de la estampita. Poderosa Santísima, escucha mis ruegos para que venga a mí tu ayuda, solicito tu protección en esta situación tan difícil por la que atravieso, conoces el dolor por el que estoy padeciendo. No puedo terminar el rezo porque dan ganas de orinar del miedo.
Hago lo mío y me quedo sentada un rato en el cubículo con el pantalón arrugado en los tobillos. A lo lejos se escucha que la permanencia voluntaria va a dar otra vuelta. Siguen “El extraño hijo del Sheriff” y luego “La noche de los mil gatos”. El programador me tira la onda y yo me hago la que sí, pero no le digo cuándo, como la negrita de los pesares, nomás para que me ponga las pelis que yo quiero. Cómo me gustaría vivir para siempre en el Omnimax mirando cine. No tener que regresar al depa a enfrentar a la Carola poseída. Escucho los balazos del western y me acuerdo de lo buena que está esa escena. Beso la estampita y me acomodo la ropa para ir a ver la película.
Cuando llego al depa Carola está fúrica. Amenaza con romperle los dientes a la Shivi. La pinchi Shivi se encierra en su cuarto y me deja con la posesa. Como estoy muy estresada no se me ocurre nada para tranquilizar a Carola. Parece que echa lumbre. Cuando agarra la escoba para darle a la puerta de la Shivi le digo que voy a llamar al 911 y entonces se vuelve contra mí, le grito a la Shivi que me deje entrar con ella, pero esa de bruta nomás la cara tiene. Carola da un paso, me saco la imagen de la Santa Muerte del pecho y se la pongo en la frente como si fuera una bala de plata. Carola reacciona, mira la estampa, se ríe a carcajadas y sin dejar de reírse suelta la escoba. Se sigue riendo fácil una media hora. Al ratito la Shivi se asoma, le hago una seña y nos sentamos a ver reírse a Carola. No hablamos. Carola se harta de reír y tan campante agarra la blusa inservible y la tira a la basura. Jeoffrey no se aparece.
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