Era lo más tierno que yo había visto alguna vez. Tenía el espíritu de una luchadora y su pelaje entre amarillo y rosado la hacía parecer de la realeza. Merecía un nombre mejor pero Mariana le dijo a Manuel que si las gatas anaranjadas fueran mujeres serían stripers y él estuvo de acuerdo. Mona fue el nombre menos vulgar de una lista de nombres infames que elaboraron durante una tarde entera. Manuel dice que estar con Mariana es como pasar tiempo con otro hombre, que es su versión del best man. Lo dice como si fuera una cosa de la que yo no debiera de preocuparme, como si no hubiéramos vistos, los tres, La boda de mi mejor amigo y las cosas no se hubieran puesto tensas.
Como si Mariana no hubiera dicho: “Al final, la novia se queda con él”.
Manuel está haciendo abdomen y Mariana trata de ligarse al instructor de pilates. Cuando el instructor está distraído voltea a vernos con una amplia sonrisa triunfal. Manuel no necesita ejercitarse, nunca lo ha necesitado. Tiene lo que mi mamá conoce como buenos genes. Trabaja para una empresa que desarrolla software y le han ofrecido una promoción en otro estado. No es necesario que se mude, puede trabajar desde la oficina local o ir y venir, pero él ha decidido marcharse. Ni Mona ni yo iremos con él.
Un nuevo comienzo, una vida distinta. Eso había dicho Mariana, que estaba feliz y orgullosa de su mejor amigo. Ella también se irá pronto. La aceptaron en un posgrado en Barcelona y todo el asunto de la dieta y el gimnasio es una suerte de preparación para sus vidas nuevas. Mariana está acostada bocabajo y el instructor de pilates le sostiene los brazos hacia atrás, apoyado en su cintura con una rodilla. Parece que están en un round de lucha.
Yo me he estado haciendo tonta en la caminadora, porque no hay algo que me interese menos que la tonificación cardiovascular. Manuel se estira y se acerca mientras doy pasitos en el nivel más lento. Miramos a Mariana y al instructor. Manuel me toma de la mano y camina junto a mí en el piso. Nuestras manos están entrelazadas en el aire, a la altura de nuestras cabezas, con los brazos doblados en un ángulo exacto, como si fuéramos a bailar minué. Nos imagino con pelucas blancas y esa imagen me lleva a la de nuestros cabellos canos, pero no envejeceremos juntos. Se me humedecen los ojos y para disimularlo suelto a Manuel y subo la velocidad del aparato.
—Pero no se lo pediste —me dijo Miranda, mi propia mejor amiga y la cuarta eme de mi atribulada existencia.
—Cómo vas a saber si no se lo pides —parecía que iba a continuar pero simplemente se quedó callada del otro lado del teléfono.
—No se supone que yo se lo pida, él debería querer quedarse conmigo —dije sin mucha convicción.
—¿Estás leyendo Cosmopolitan otra vez, como en la secundaria?
Nos reímos. Tal vez tenía razón y yo debía pedirle a Manuel que se quedara. O tal vez quien tenía razón era yo, pero de cualquier modo la decisión no me correspondía.
Manuel se va.
Manuel se va y está poniéndose en forma para irse más hermoso y perfecto que ahora.
Quince minutos de carrera y siento que voy a tener un paro cardiaco. Busco a Manuel con la vista y lo encuentro en las bicicletas estacionarias con Mariana. Ahora busco al instructor de pilates. Que regrese, que se la lleve a dar vueltas en la lona.
Llega una mujer mayor, casi anciana, vestida como Jane Fonda en los setenta. Con mallones lilas, calentadores morados, leotardo rosa y púrpura con el corte de la pierna hasta la cintura y banda en la frente a juego. Es algo que Mariana usaría para una fiesta de disfraces. Sonrío por haber pensado eso y la mujer me regresa sonrisa. Yo inclino la cabeza en un saludo y me siento en una banca para deltoides que está desocupada. La mujer hace una rutina de estiramientos que parece muy profesional.
Trato de no ver demasiado a Manuel y a Mariana, pero no puedo evitarlo. Jadeantes, competitivos, sonrientes, pedaleando sin descanso. La mujer me descubre fisgoneando y hace un gesto de disgusto hacia la pareja. Debe creer que son unos recién casados de esos que planean actividades para cada momento del día. Yo también lo pensaría si no los conociera. La mujer termina de estirarse y parece que va a dar inicio a una sesión aeróbica de antología, pero en lugar de eso se sienta a mi lado y bebe un gran trago de su termo. Me ofrece.
—Es proteína —dice.
Limpio la boca del termo con la orilla de mi camiseta y tomo un poco.
Es algún tipo de licor mezclado con jugo que no puedo reconocer. La mujer me anima a beber más. Lo hago.
Me cuenta que si fuera por ella estaría en el bar de un hotel tomando cocteles, hace la especificación de que sería en el bar de un hotel y no simplemente en un bar, porque los bares de los hoteles no cierran nunca. Que el médico recomendó que se ejercitara después de su última cirugía y que sus hijos no entienden que recomendar no es lo mismo que ordenar. Entonces los deja pagar la suscripción y llevarla y recogerla, pero que no les va a permitir salirse con la suya sin un poco de vergüenza. Abre los brazos mostrándome su outfit. Entiendo.
Al principio, cuando Manuel no esté, será más o menos como ahora: yo pasaré más horas de las que debería revisando sus redes sociales, yendo de un perfil a otro cada vez que vea algún like que me provoque suspicacia y gastaré días en el intenso desarrollo de la más pulcra autoconmisceración. Es probable que durante algunas semanas me anime a cosas que nunca he querido hacer, como el sexting o el intercambio de nudes. Pero será sin convicción, sin ánimo, y Manuel se aburrirá y simplemente dejaremos de comunicarnos.
La mujer mayor se llama Mónica, pero no tengo energía para decirle sobre las emes y la coincidencia. La verdad es que pienso “curiosa coincidencia” y de pronto me siento de su edad. Ella termina el brebaje del termo en un trago largo y me informa que irá al baño para el refill. Yo nunca bebo tan temprano y siento el sonrojo del alcohol colorearme la cara, pero está bien, porque las personas creerán que es por el ejercicio.
Un grupo de adolescentes irrumpe con gritos y risas y ponen música muy ruidosa. Una entrenadora habla por un micrófono de diadema y les pide atención. Baja un poco el volumen para darles instrucciones. Me levanto de la banca para buscar a Manuel, pero no me muevo de mi sitio, solo alargo un poco el cuello y veo por encima de las cabezas y las extensiones de los aparatos que por un segundo parecen las ramas retorcidas de un bosque encantado. Perdida, lo busco y como no lo encuentro busco a Mónica y su termo mágico. Tampoco está. Quizá también haya caído rendida ante el embrujo del hada mala y si doy un paso me toparé con Mariana abrazada de Manuel y Mónica, los tres borrachos, cantando una canción.
Me siento otra vez y veo la coreografía de las niñas. ¿Por qué vendrían chicas tan jovencitas a hacer ejercicio? Pienso en lo que yo estaba haciendo a su edad y después me veo las caderas gruesas y dejó de pensar.
Las chicas saltan, suben los brazos, arquean la espalda. Son la apoteosis de la mocedad y la primavera. No recuerdo haberme visto así jamás. Me esfuerzo pero solo logro recordarme hasta hace tres años. Como si hubiera empezado a existir cuando Manuel decidió mirarme en aquella fiesta. Quisiera ser buena feminista y alzar los brazos al cielo clamando por haberme convertido en este contenedor de codependencia, pero siempre fui así, solo estuve agazapada dentro de mí misma esperando que Manuel me trajera a la superficie.
Cuando Manuel no esté y Mariana pasee por la Rambla como una verdadera cosmopolita, yo pasaré mis mañanas con Mónica, Miranda y Mona. Aprenderé a preparar mojitos, martinis y daiquiris, y en lugar de ejercitarnos beberemos tanto que me volveré alcohólica funcional. Cada mediodía llamaré a Manuel al número fijo de su oficina y cuando conteste, colgaré. No adoptaré más gatos pero compraré plantas que irremediablemente se secaran, aunque llore sobre ellas cada noche. O quizá por eso sea que se sequen.
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