Es esta la resolución de mi futuro. Yo también puedo diseñar y ejecutar planes y proyectos. No son Manuel y Mariana quienes se deshacen de mí, soy yo la que elige quedarse y comer lo que me dé la gana cuando me dé la gana. No más lechugas ni almendras en mi cocina. No me doy cuenta de que estoy hablando en voz alta hasta que Mónica me toca el hombro y veo sus ojos llenos de pena y condescendencia. Cómo se atreve, señora, por lo menos yo no voy disfrazada a la calle y todavía tengo los dos pechos. Me muerdo la lengua. Mónica se empequeñece y las arrugas de su frente se acentúan, no con beligerancia, más bien con una pregunta que me hace huir de ella porque no le quiero contestar.
Camino entre las chicas que pasaron de brincar la cuerda a una rutina con pelotas para yoga. Ya no me importa dónde está Manuel o Mariana, decido que por mí, como si ya se hubieran ido, pero me siento atrapada entre las máquinas y las personas sudorosas. Es como estar en un laberinto o una casa de los espejos.
Las chicas sonríen y mueven las pelotas con fiereza y vigor, endureciendo unos músculos que nacieron firmes. Tengo ganas de ponchar las enormes bolas plásticas que se levantan como globos aerostáticos sostenidos por sus deditos largos, como de bailarinas, para luego bajar hasta el suelo con una gracilidad dolorosa. En una exhibición de ese equilibro y flexibilidad que a mí me han sido negados. También es como estar secuestrada en un videoclip indie.
A lo lejos, veo a Mariana intercambiando su número con el instructor de pilates y a Manuel conversando con una mujer bellísima. El tipo de mujer que, exactamente igual que las niñas y el mismo Manuel, no tiene nada que hacer en un gimnasio. Una de las muchachitas me roza con su pelota. Volteo a verla y tengo el logo de la marca en cara. MPlus. Doy unos pasos para alejarme de ella y choco con otra bola. MountainFit. Max. MamboGym. MyHealth.
Las emes gigantes, deformadas por las curvas de las pelotas, van y vienen y creo que estoy a punto de gritar. La muchacha me habla, se disculpa por haberme tocado con la pelota, pero yo se la arrebato y la lanzo con todas mis fuerzas contra Mónica, que sigue bebiendo en la banca. Tengo mala puntería y la pelota, además de ligera, viaja con una lentitud ingrata, así que no la golpeo, pero todas las chicas se dan cuenta de lo abusivo de mi acción.
Atacar de ese modo a una abuelita y ponerme con una joven menor que yo. Me siento como una acosadora escolar y quiero explicarme, pero antes de que me dé cuenta soy rodeada por las adolescentes que blanden las bolas infladas, amenazantes.
Tartamudeo algo, trato de llamar la atención de Manuel.
La entrenadora no las detiene, de hecho, sube la música para que no se escuche lo que digo.
Las pelotas rebotan en mi cuerpo, me escudo con los brazos y cuando estoy lista para enfrentarlas, una nueva acometida de pelotazos me retiene en el centro de la ronda. Me comporto como si no tuviera importancia y les sostengo la mirada hasta que los pelotazos me hacen caer. Trato de incorporarme pero los golpes me mantienen doblada. Las chicas van cerrando el perímetro y cada vez me dan más fuerte. Veo las emes enormes venir hacia mí y siento que con cada golpe se quedan marcadas en mi cuerpo, como si estuvieran hechas de hierro candente.
Marcada, como las reses.
Propiedad de.
Miembro de un ganado.
Dejo de luchar contra los pelotazos, contra mí misma y me río. Me carcajeo y me retuerzo en el piso. Me río y es como si alimentara la ira adolescente que tira las pelotas con más ganas.
Cierro los ojos y cuando los vuelvo a abrir, Manuel, Mariana, el instructor de pilates y la mujer hermosa observan la escena con una mezcla de pasmo y curiosidad. Es probable que también con algo de miedo.
Una pelota me da en la frente y sale volando. Mis carcajadas se van volviendo roncas, mi garganta hace un ruido que suena similar a un rebuzno. Nadie interviene. Otra pelota me da en el hombro, y otra más, en el tobillo. Es extraño pero empiezo a sentirme liberada. Pienso en cómo voy a contarle esto a Miranda. Pienso en Mona lamiéndose las patitas. En Manuel alejándose con la mujer hermosa, pretendiendo que no me conoce. En Mariana tomando video con su celular.
Mi risa ya es solo un hipo, un sonido irritante como una serie de eructos discontinuos. Veo a las chicas, mis verdugos. Me dan ganas de abrazarlas, de agradecerles, de decirles que las quiero. Cierro los ojos otra vez y me abandono a la golpiza.
The Curse of the Sikuaka Heart
Somos tres morras hacinadas en un departamento diminuto que nos cobran en dólares. Por lo menos está en el centro y tiene renta congelada. Una suerte que muy pocos tienen en Tijuana. ¿Ya dije que somos tres morras? No podemos pagar una ayudante así que nos repartimos las tareas domésticas. Carola es la Jefa de Grupo. Le decimos así porque es neurótica y nos controla, porque nos hace funcionar con sus reglas y reprimendas. La otra es la Shivi, Silvia, que antes era Silvano allá en su Michoacán natal. Nos conocimos en el Dragón Rojo antes de que lo convirtieran en bar norteño, cuando era alternativo y lo frecuentaban los intelectuales de la ciudad. La city, como le decían en esa época porque todavía era cool hablar en spanglish.
Las tres detestábamos a Nortec. Nos caímos bien de inmediato.
Yo trabajo en el Omnimax de La Bola, el cine planetario, y ahorita estamos pasando un ciclo de películas de subgénero mexicanas con las que estoy obsesionada. Tengo un novio haitiano que era arquitecto antes del terremoto allá en la isla, pero luego hizo de constructor en Brasil y de chichifo en Cancún. Aquí trabaja como guardia de seguridad en el Latinos. Tiene esposa y cuatro hijos en Canadá. Les manda exactamente el ochenta y tres por ciento de su sueldo y yo sé que cualquiera que se fije en nuestra relación dirá que me dejo padrotear, pero no me molesta. Yo siempre he creído que una de novia tiene que saber apoyar a su pareja. Además, no soporto a los hombres desobligados. Jeoffrey es muy buen papá. Tiene varias pulseritas hechas con cuerda y cabello de sus niños y en las noches las pone en un altar. Cosas haitianas.
Nosotras vamos mucho al Latinos, las tres, a ver el show, porque la Shivi anda dándose cariño con una que imita a María José. Y Carola, mustia, mustia, regañona, regañona como tía quedada, pero bien que se enreda con mi haitiano a veces. Por eso tarda años en arreglarse cuando vamos a ir al Latinos y cuando Jeoffrey me visita se pasea por el depa en menos ropa que un niñito Dios de pesebre. No me molesta. Ni que esa que le gusta de mi moreno se acabara. Tiene para todas, hasta para la Shivi. Yo siempre he creído que una de amiga tiene que saber ser comprensiva y compartida. Y la verdad es que últimamente Carola me da miedo. Me recuerda a la mocosa horrible de “Veneno para las hadas”, la que se cree bruja y termina quemando viva a su amiguita.
Esa es la cosa importante de contar. Que Carola, mi roomie, mi amiga de hace casi diez años, la que se tira a mi novio pensando que no me doy cuenta y administra nuestra casa con nada más que un pintarrón, plumones y post its de colores, no es la Carola de verdad.
Es una copia, estoy segura.
La semana pasada se tardó mucho en el baño del Latinos. Ese baño es terrorífico. Bueno, no tanto como terrorífico, aunque sí es una batalla abrirse paso entre los fiesteros un sábado en la madrugada, para llegar al almacén que hace de baño unisex en el lugar. El asunto es que Carola se fue a dar unas puntitas de esa coca que le gusta comprar en el Green Recreational de San Diego, porque dice que la coca barata de los gringos está más buena que la coca cara de los mexicanos y porque esos dispensarios de mariguana son como las tienditas de las cinco esquinas: todo hay.
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